Luz y oscuridad de las TIC’s en tiempos de la posverdad

No cabe duda de que vivimos en una época que presenta una singularidad social muy específica. Gracias al internet contamos hoy con posibilidades casi infinitas para accesar al esfuerzo colectivo que busca la verdad sobre el mundo y nuestra condición humana. Engolosinados con tan amplias expectativas, nos sentimos impulsados por la idealista convicción que presume la neutralidad en la red y que quiere convertirla en la fragua donde se templa la verdad. Pues bien, si bien esto se va cumpliendo en cierta medida y grandes sectores sociales del universo del internet, también es cierto que hemos venido a descubrir otro gran sector que parece ir en la dirección contraria. Un sector que se regodea en la producción de confusión y engaño con propósitos muy variados, desde la aparentemente inocua broma que se viraliza al punto de convertirse en tendencia y detonador de confusiones, hasta el engaño deliberado motivado por la codicia o sentimientos más oscuros. Debido a la enorme facilidad para acceder a internet y a su muy extenso alcance, la producción de información es fruto de muy diversos intereses, de modo que la información que se expone públicamente a la comunidad mundial compite sin árbitro y de igual a igual, con la también, y sorpresivamente muy amplia producción de desinformación. Es a través de este enfrentamiento que hemos llegado a lo que se ha venido a proponer como la era de la posverdad.

Esta posverdad surge con nuestra muy natural tendencia para hacer tribu, de modo que fraccionamos el territorio de internet en comunidades cibernéticas. Como individuos buscamos lo que resulte afín a nuestro modo de pensar y ver el mundo, por ello buscamos pertenencia a grupos de personas que sean “como nosotros” y participar así, cómodamente, en ámbitos que nos resulten cercanos; creamos con ello burbujas de información que tienen como consecuencia el terminar por convertirse en una suerte de paradigma del conocimiento, con su propio marco teórico, convicciones y modos de relación. Con el trampolín de las redes sociales, el territorio de la posverdad se puebla rápidamente de política ficción, salud ficción, educación ficción, espiritualidad y religión ficción y así tantos rubros como podamos imaginar, con la constante de que se trata en todos los casos de información y conocimiento ficción.

El impacto de la muy determinada malicia de algunas de las comunidades cibernéticas ha resultado ser grande puesto que sus “contribuciones” se multiplican a la velocidad del rayo con la entusiasta ayuda de la gente por vía de las herramientas de las redes sociales. Esto pone de relieve dos cosas, por un lado el enorme atractivo de la información ficción, que nos genera la ilusión de saber de modo fácil o simplemente por el morbo que puede involucrar. Por otro lado, se devela la dificultad para abrazar el esfuerzo crítico de muchas personas así como la necesidad afectiva -reconocimiento y aceptación- de formar parte de las comunidades cibernéticas. Como consecuencia de la rapidísima propagación de la información ficción y su creciente proliferación, aunadas al rechazo por realizar un esfuerzo crítico de grandes sectores de la sociedad, hemos llegado a un punto en el que se nos aparece como admisible abrazar una actitud de ignorancia deliberada, cobijada en la posverdad.

Esta actitud -ignorancia deliberada- se ha convertido en pandemia y no parece que su erradicación vaya a ser fácil o siquiera posible, dada la necesidad que tenemos por mantener vigente la libertad de expresión y su difusión a través del internet. El problema es que no se trata de un asunto técnico, no se debe en sí a nuestras tecnologías sino al uso que les damos, por lo que la cuestión es de orden social. Es allí, en lo social, donde se puede luchar contra la ignorancia deliberada aún en tiempos de posverdad. El ámbito de la educación se convierte así en un escenario privilegiado para intentar desfondar tanto el subjetivismo como el relativismo que campean a sus anchas en la posverdad. Puede contribuir a ayudar a trasladar las actitudes de las personas hacia la intención por proponer flujos de información y contenidos de verdad relativa.

Es con las ventajas del terreno de la educación donde se puede ayudar a fortalecer el sentido que le damos al uso de las TIC’s para crear contenidos o para usarlos y, con ello, participar en la modulación de actitudes de grandes sectores de la población. Sin duda hay mucho que revisar y replantear en torno a las competencias necesarias en el uso de las TIC’s en sus aspectos críticos y técnicos, pero, y por derecho propio, se hace imperativo enfatizar con fuerza la inclusión de competencias morales de las personas como preparación para utilizar estas herramientas, la solidez moral resulta ser un eje actitudinal que atraviesa el uso de las TIC’s, y puesto que deseamos invitar a la gente a que se desprenda de una actitud de ignorancia deliberada, entonces el esfuerzo se debe centrar en coadyuvar a integrar a la persona, darle las habilidades necesarias para que logren asignar valor y relevancia a su motivación interna. Es esta motivación la que les ayuda a equilibrar el sentido con el que le dan uso a las herramientas de internet, sentido en sus búsquedas de información, sentido en su participación activa en comunidades cibernéticas y que no dependan tanto de la motivación externa -ignorancia deliberada basada en la gratificación inmediata o el reconocimiento y popularidad facilones- para tomar sus decisiones.

De este modo la neutralidad en la red se ha visto desequilibrada por cuestiones de orden moral más que por las condiciones técnicas propias de la red o por las tecnologías que utilizamos para para su acceso, neutralidad que mostró que uno de los lados flacos de la sociedad es la debilidad moral de las personas, y que en la fragilidad que acompaña esa debilidad los sentimientos de desamparo y necesidad de aceptación llevan a buscar la pertenencia, a como dé lugar, a las comunidades cibernéticas en busca de reconocimiento, popularidad y finalmente identidad. Si, vemos sobretodo en los más jóvenes la disposición a que su identidad sea conformada desde afuera, a través de las motivaciones externas provenientes de las comunidades cibernéticas, antes que por un equilibrio entre esas motivaciones con sus propias motivaciones internas -que no han sido desarrolladas y fortalecidas-, de ahí la sorprendente fragilidad emocional de muchos. Esta carencia predispone a la aceptación de la ignorancia deliberada y facilita una actitud que abrace la información ficción. Si hoy es necesario favorecer el uso de TIC’s en la educación por sus obvias ventajas, se ha de considerar también como relevante preparar a las personas en una serie de competencias morales con las que podrán dar sentido y perspectiva a sus incursiones en el mundo de la información y el conocimiento y poder sacar así el mayor provecho de ello.

 

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Competencias en el manejo de información con TIC’s y trabajo colaborativo

El uso de internet a través de las TIC’s como recurso para el ejercicio docente ha puesto sobre la mesa la necesidad de revisar el modo con el que se relacionan tres grandes contextos comunes en el ámbito de la educación. Me refiero a que los profesores hemos presupuesto que los alumnos son capaces de integrar las herramientas de las TIC’s como una ayuda para su aprendizaje, pero, lo que vemos en la práctica es que existen dos problemas con ese presupuesto. El primero tiene que ver con el contexto social y el mundo del internet, y el segundo con las habilidades de los alumnos para manejar eficaz y eficientemente la información. Abordemos brevemente cada uno de estos problemas.

Internet ha sido una herramienta invaluable para la educación contemporánea al ofrecer la posibilidad de buscar información, compartir recursos y ofrecer medios y plataformas de aprendizaje. Sin embargo, se convirtió también en el escenario donde el flujo de información es tan libre -lo cual es muy positivo- que se utiliza con fines y propósitos muy variados y ello no sólo matiza el carácter de la información sino que además nos ha puesto frente al dilema de valorar apropiadamente la validez de la información, su veracidad y el grado de autoridad conferido a los conceptos y datos que contiene. Es claro que actualmente una notable proporción de la información expuesta en el siempre dinámico territorio de internet es de veracidad cuestionable y nos lleva a preguntarnos sobre un fenómeno que es fácil de observar en redes sociales como Facebook, donde encontramos personas o grupos que intencionalmente distorsionan la información, mienten en ocasiones y hasta inventan datos o esgrimen fantasías u opiniones que parecen convincentes a modo de argumentos. Ahora bien, cuando se trata de personas muy persuasivas y convincentes logran una gran aceptación y penetración en los medios hasta convertir esos datos en lo que podríamos llamar una “verdad común” por el hecho de que un grueso de la sociedad ha sido convencida de que se trata de información verdadera. Esto ha hecho que se ponga en la balanza el tema de la verdad y obliga a reflexionar en lo que algunos llaman la vivencia de la post-verdad o la enunciación de “verdades” que operan socialmente por el convencimiento de una buena parte de la sociedad y que sirven a un contexto específico pero que no necesariamente están respaldadas por hechos o por quienes tradicionalmente han sido considerados como autoridades en la materia. Bien, pues en este contexto resulta que la búsqueda e identificación de información veraz implica el dominio de algunas competencias que han de ser inducidas y que no cabe esperar que, en automático, los alumnos posean.

El segundo problema tiene que ver con la falacia del “nativo digital” que supone que los jóvenes, por el hecho de haber nacido en un mundo altamente tecnificado son capaces de operar los dispositivos de comunicación eficazmente y manejar la abundancia de información con propósito y sentido. Nuestros alumnos son en realidad huérfanos digitales en la medida de que si bien nacieron en un mundo lleno de tecnología, no contaron con la experiencia de sus antecesores ( nativos no digitales) a modo de ayuda para darle un sentido provechoso y propositivo a la información aunque sea cierto que por el hecho de haber nacido rodeados de dispositivos no poseen el miedo de andarles picoteando hasta dominar el uso de los mismos y les resulten extensiones conaturales. Es claro que, en su orfandad, pueden gozar de la habilidad técnica para manejar los dispositivos pero, resultaría demasiado esperar que poseyeran la habilidad para identificar y evaluar la veracidad de la información que reciben. Nuevamente, el problema para identificar la autoridad asociada al conocimiento.

Es por estos dos grandes problemas que ha parecido necesario centrar la mirada primero en el problema de la habilidad que deseamos incentivar cuando se incorporan las TIC’s al mundo de la educación y, luego, identificar las competencias que nos pueden ayudar a desarrollar dicha habilidad. Esta habilidad ha sido ya identificada y expresada en el artículo de The Conversation, The challenge facing libraries in an era of fake news, donde se plantea el resultado de la propuesta hecha por ‘the Association of College and Research Libraries (ACRL)’ para identificar la habilidad y que es nombrada como habilidad para descubrir reflexivamente la información o ‘Information literacy’. Esta habilidad, me parece, requiere de la estrecha relación de tres elementos que son muy específicos y necesarios cuando deseamos que nuestros alumnos produzcan conocimiento dentro de un entorno de aprendizaje colaborativo e inmersos en el mar de información. Muestro estos elementos en el siguiente esquema

Los conceptos clave son aquellos que se asumen verdaderos para el procesamiento de los datos de la información y con los que se elaboran argumentos de verdad. Se trata de los conceptos que deseamos que se apropien nuestros alumnos para que sean capaces de elaborar con ellos, explicar, y que usen como basamento de autoridad para generar sus propuestas de conocimiento dentro del marco de la verdad. Para lograr esto, se requiere de dos competencias específicas que hemos de buscar trabajar constantemente con ellos y que se sugieren en el ‘Framework for Information Literacy Appendices

  1. Identificación de las fuentes y su clasificación en primarias y secundarias. Por ejemplo, si los conceptos que se utilizan en la materia requiere ser situados en una época o en un contexto específico, se debe ser capaz de indagar en una multitud de fuentes donde el reconocimiento de autoridades en la materia se torna relevante para poder hablar de veracidad.
  2. Identificar, accesar y procesar grandes grupos de datos emitidos por asociaciones, universidades o instituciones con equipos de científicos que sean socialmente considerados como autoridad en sus respectivos campos, como es común en el caso de las ciencias.

Con el trabajo colaborativo utilizando recursos tecnológicos nos referimos no sólo al esfuerzo por facilitar el entorno técnico para que nuestros alumnos aprendan y formulen nueva información que se traduzca en conocimiento significativo sino que se adquieran las habilidades personales y de uso de tecnología que faciliten 1) la comunicación, 2) el flujo de la información y 3) su proceso para “hacer” conocimiento con los demás. Una competencia así puede formularse como

  1. Interactuar, evaluar, producir y compartir información en varios formatos y de distintos modos con los recursos tecnológicos disponibles.

Con las TIC’s se requiere no solamente que estén al alcance de la mano dentro del entorno educativo sino que además el uso de laptops, tabletas, celulares y computadoras fijas así como de aplicaciones multimedia posibiliten, en conjunto, expresar el nuevo conocimiento de un modo ordenado y claro. Finalmente se trata de incidir en el internet como fuente confiable y veraz, de compartir hallazgos de un modo en el que las personas interesadas puedan encontrar dicha información, entenderla y compartirla. Esto requiere de una competencia tal como

  1. Desarrollo multimedia, que implica diseño y producción, con la finalidad de expresar y compartir públicamente el conocimiento que se ha producido.

Me parece que trabajar sobre estas 4 competencias en cualquier asignatura a modo de ejes transversales puede contribuir a que los alumnos alcancen la habilidad de descubrir reflexivamente información. Esto lograría una serie de aprendizajes que resultan necesarios en la actualidad tanto en los ámbitos educativos de cualquier nivel como en los de formación profesional. La generación de conocimiento producido por estos ámbitos puede ser así insertada en el mar de información del internet y contribuir al conocimiento general y quizá a la “verdad común” que opera en la sociedad respecto de ciertos temas. Esto es, ayudaría a reestructurar y rescatar en cierta forma la autoridad de la verdad en el mundo de la información.

 

 

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La desaparición de la ausencia

Muchos de nosotros seremos, con toda seguridad, la última generación de personas que nacimos y crecimos en un mundo desconectado de internet. Somos actualmente, y seremos para futuras generaciones, el último testimonio vivo del gigantesco bloque histórico de la humanidad pre-internet, somos aquellos seres humanos que sabemos de facto aún lo que significa vivir, construir nuestra identidad y socializar sin estar entramados en la red.

Después de nosotros, los siguientes seres humanos podrán saber lo que era vivir desconectados del internet solamente como un deporte extremo, abrazando tendencias místicas o mediante esforzados ejercicios de imaginación. Y si quisieran imprimirle matices de seriedad entonces será a través de agudas intelecciones de cafetería, grupos de discusión en la red o sesudas reflexiones cabalmente argumentadas. Quizá nuestra generación llegue a ser materia de investigación científica donde antropólogos sociales, biólogos y doctores en ciencias cognitivas se interesen por intentar develar, mediante la aplicación de complejas metodologías cualitativas y cuantitativas, nuestra forma de vida y la manera en la que solventábamos la angustia de la soledad, el desconcierto de la presencia en el mundo sin más herramientas que nuestro carácter, ingenio y las metas que nos propusiéramos como individuos y grupo social.

Aprendíamos a despertar en las mañanas teniendo que asegurarnos a nosotros mismos el valor que como personas teníamos, sin la ayuda de nadie. Vinculábamos los sueños que teníamos con nuestras habilidades y los convertíamos en metas personales; deseábamos pues, ser “alguien” en la vida. Pero no teníamos más camino que convertirnos en un “alguien” forjado por sí mismo, con nuestro propio carácter e identidad y nuestra vida se guiaba por la manera en que lo lográbamos. Fuimos capaces de ponderar nuestra propia autenticidad. Aprendimos a asignar valor a lo dicho y estábamos seguros de que quedaba fijo en la mente de quien escuchara, y sobre lo escrito pensábamos que se volvía una suerte de compromiso eterno de nuestras palabras.

Un rasgo común de las generaciones pre-internet es que podíamos estar ausentes para los demás y, quizá más importante aún, los demás eran por lo general fuertemente ausentes para nosotros, de modo que teníamos muy claro que si algo habríamos de hacer con nuestras vidas lo haríamos básicamente solos y nuestras acciones estarían sometidas a nuestro propio juicio y valoración. No es este un asunto menor pues marca una notable diferencia que nos separa de las generaciones que nos siguen. Por supuesto que había otras personas en nuestras vidas pero eran tan pocas que podíamos identificar con claridad la influencia que cada una de ellas tenía en nuestro decidir y hacer. Esta circunstancia hacía que nuestra identidad se fuera modelando más por la motivación interna que viviera y fuera capaz de desarrollar cada uno de nosotros, por los sueños sobre nosotros mismos que pudiéramos tener y nuestros deseos por incidir en el mundo y la memoria de los demás. Nuestros sueños y deseos se veían mediados en menor manera por motivaciones externas a menos que así lo decidiéramos, pero al menos era una opción personal.

El internet ha venido a ser, en este sentido, un gran cambio porque representa la irrupción de los demás en nosotros mismos de un modo tan avasallador que podría aparecernos como una fuerza irresistible. El internet no sólo ha abierto con su conectividad las puertas del mundo exterior para ponerlo a nuestro alcance, cosa que vemos con un cierto deleite; así parece que lo vemos y disfrutamos la última generación de personas crecidas en condiciones pre-internet puesto que para nosotros esto fue un avance notable a partir de una vida de carencia de información donde cualquier bit de información era valorado cuidadosamente. Nos asustó que aspectos de nuestra vida privada se pudieran hacer públicos, y en el pensamiento de las personas pre-internet esto continúa siendo un problema a resolver y sobre el cual hay que discutir muchas cosas y ajustar marcos de legalidad que hagan respetar la privacidad de los individuos. Sin embargo, lo que nos ha costado mucho trabajo de ver es un problema mucho más delicado aún y es que el internet ha abierto también las puertas del interior de los individuos para que otros puedan incidir en ellos. La cuestión es que los individuos pre-internet podemos ver, por comparación, que lo público interviene la esfera de lo privado con una facilidad tan notoria que sacude no sólo nuestra idea de privacidad sino que pone entre comillas lo que entendemos y valoramos como la conformación de un individuo y sus aspiraciones por una identidad auto motivada, su solidez en cuanto que persona. Vino a causarnos verdadero terror el percatarnos de que todo un modo de vida que concedía valor al individuo como sujeto auténtico y monolítico desaparecía a favor de un individuo colectivizado.

La ausencia de los demás en nosotros permitió hacernos más a gusto y modo, identificarnos a nosotros mismos con ciertas claridades y valorarnos por nosotros mismos. Pero, al desaparecer esa ausencia de los demás en nosotros para convertirse en presencia obligada dentro de nosotros mismos gracias a nuestro estar “en red”, por estar conectados todo el tiempo con los demás, ha cambiado radicalmente la idea de identidad y quizá con ello la noción de individuo. Es por ello que quienes somos la última generación humana pre-internet echamos tanto de menos la ausencia, ese cierto grado de soledad que concebimos como necesaria para el crecimiento del corazón y la mente y que permite, a nuestro entender, la conformación de una identidad que se basa más en los propios deseos por aventurarse en el mundo con un propósito particular y que le confiere a cada individuo su carácter único. Buscar ser auténticos fue una bandera importante, autenticidad como detonadora de aspectos creativos y pensamientos únicos que se compartían como arte o ciencia después de alcanzar un cierto grado de maduración interior y que hasta entonces se abría a diálogo para su depuración.

Hoy, por el contrario, en las primeras generaciones de humanos en red interconectados por el internet, vemos que la entrada de los otros en nosotros mismos, es una presencia constante que ha modificado el modo no sólo de socializar sino de de hacernos a nosotros mismos como individuos. Por eso es que señalo que ahora tenemos individuos colectivizados puesto que la omnipresente mirada de esa enorme cantidad de “contactos” está siempre allí para “corregir y enderezar” cada una de nuestras decisiones y acciones, que son inmediatamente calificadas por los demás sin dar tiempo siquiera a que el individuo haga su propia valoración. De esto, nos percatamos solamente nosotros, los de la última generación pre-internet. Para los jóvenes de hoy, el que sea así es concebido como “normalidad”, sin darse cuenta de que están cediendo algo que la humanidad ha construido a lo largo de los siglos con mucho esfuerzo, las identidades únicas.

El dilema de lo público y lo privado deviene así en la confrontación entre el valor y la autenticidad de un individuo versus el valor del individuo que se construye como un colectivo. Naturalmente, no hay cómo saber hacia dónde nos llevará esto en cuanto que humanidad, pero lo que sí podemos poner de relieve es el hecho de que cambiamos, y que este cambio inicia un modo de vivirse mucho muy diferente cuyos alcances son un misterio aún. Me parece que, por lo pronto, no es posible soltar lo ya ganado como humanidad y que comienzan a aparecer los rebotes, en psicología infantil, en ver los grados emocionales de maduración de los adultos jóvenes. En fin, mucho hemos de hacer para poder rehacernos como humanidad y decidir si incorporamos el internet y su red a nuestras vidas o si nos vamos de boca y nos incorporamos nosotros a la red para formar parte de ella. Se trata de una opción muy específica, de si optamos por expandir nuestra identidad partiendo de rasgos auténticos gracias a la ausencia de los demás -o de su intervención parcial- y usar la red como presencia moderada o de si nos sacrificamos para formar una especie de todo homogéneo y omnipresente, cómodo y cálido pero moralmente un juez implacable, que nos disuelve como presencias sólidas para convertirnos en las ausencias anónimas que se hacen presencia constante en los demás en el abstracto “me gusta” y que en parte dirige la vida e identidad de los demás, a modo de aspirar a ser sólo la sonrisa del gato de Cheshire, sin gato alguno.

 

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Necesidad de “hackear” la educación universitaria, moralidad vs transgresión

hoja A todas luces la educación universitaria contemporánea sufre de un descarrilamiento que la ha puesto en un camino de servidumbre que no le corresponde. Es indudable que el mundo de las instituciones universitarias se ve sometido a grandes presiones para mantener su vigencia no sólo en cuanto que instituciones valiosas por su ímpetu para crear nuevos conocimientos, metodologías, teorías y tecnologías, sino que, y a la par de lo anterior, permanezcan como fuente válida de formación de profesionales que puedan insertarse eficazmente en algún nicho laboral. Este nudo entre la formación profesional, la creación de nuevo conocimiento y la formación de personas éticas es un problema que no hemos podido resolver cabalmente.

La primera meta a lograr en la educación universitaria es la profesionalización, que obliga a instruir. Instrucción como ejercicio que busca habilitar a los alumnos en competencias laborales específicas que, hemos de entender, por sí mismas son moralmente conservadoras dado que la pretensión es que el futuro profesionista logre insertarse con éxito en el mundo del trabajo. Campo profesional que opera ya bajo ciertas normas, estándares y hábitos, asumiendo que la sociedad necesita de esas competencias específicas para mantener el rumbo en cuanto que sociedad. Esto, me parece, es necesario y nada desdeñable puesto que es un modo de vinculación directa que tienen las universidades con la sociedad y que a su vez les asigna un valor social particular. Además, le da sentido al esfuerzo realizado por los estudiantes que desean habilitarse en un cuerpo de conocimientos y prácticas que les faciliten su inserción social como profesionistas y asegurarse con ello un modo de sustento, prestigio o lo que sea que persigan.

La segunda meta obliga a educar, ejercicio bastante más complejo que instruir. Cuando se pretende educar, las competencias a favorecer tienen que ver más con la formación de personas que mantengan con vida las expectativas de cambio en la sociedad y que ello las impulse a investigar, proponer, crear, y cambiar. Para ello, la persona debe buscar no sólo integrar los conocimientos aprendidos en la escuela a su ejercicio profesional sino que además ha de integrar esos conocimientos a su bagaje de experiencias personales, con los que se construirá una visión del mundo, de la sociedad y dará sentido a su vida.

El problema nace cuando las universidades optan, con la finalidad de mantener su vigencia en el mercado de la educación, por privilegiar el camino de la profesionalización técnica con el propósito de inserción laboral por encima de un camino que aspire más a educar personas que sean capaces de poner en práctica conocimientos profesionales como vía de participación social. Puesto en otros términos, se invita a personas a convertirse en ingenieros, licenciados, etc. en lugar de invitarlas a formarse como personas que saben de ingeniería, o derecho o comunicación, etc. Esta elección en la meta parece ser un mecanismo de supervivencia institucional, pero, que tiene como consecuencia el colisionar moralmente con el camino de la educación en cuanto que formación de personas y que es una cuestión de carácter ético. Veamos por qué.

Casi todos los ejercicios profesionales, salvo la investigación y las profesiones de carácter más estético, persiguen apegarse a una serie de conocimientos y prácticas conforme a un paradigma normativo del ejercicio profesional. Dicho de otro modo, el ejercicio profesional por sí mismo difícilmente innovará o modificará la sociedad precisamente porque ha de apegarse a esas condiciones morales como si fueran barreras infranqueables y, más bien, perpetúa el statu quo social puesto que tienden a mantener la funcionalidad del estado actual de la sociedad con su ejercicio y así evade los riesgos de un cambio. Condición que parece ser moralmente aceptable y deseable por parte de la sociedad misma.

Por otro lado, educar en la ética con la pretensión de contribuir a formar individuos capaces de transformar la sociedad, implica formar en el riesgo más que en la seguridad, lo cual a su vez ha de llevarnos a privilegiar cierto tipo de conocimientos, habilidades y actitudes. Esto es así porque para lograr cambiar la sociedad las personas deben primero atreverse a pensarla de un modo diferente, lo cual transgrede la idea de mantener fijo el status quo social. Educar, entonces, abre necesariamente la puerta que conduce a formar profesionales que conozcan la moral de su profesión así como el valor moral que tiene en la sociedad el ejercicio de dicha profesión, pero, a la vez, esperar que por su formación, nuestros profesionales sean capaces también de transgredir algunas de esas condiciones morales tan propias de su profesión y de su ejercicio con la finalidad de modificar aspectos sociales que aparezcan como indeseables y contribuir con ello a un cambio social.

Mantener el orden moral mediante la instrucción que lleva a la profesionalización es relevante porque construye nuestra seguridad personal en un paradigma social que nos aglutina a quienes lo compartimos como miembros de la sociedad. Y en ello se han enfocado muchas de nuestras instituciones universitarias. Sin embargo, es también tarea de las mismas instituciones formar transgresores de ese orden que puedan ser capaces de proponer, innovar y crear nuevos esquemas de conocimientos y modelos de sociedad, nuevas normativas y paradigmas. Profesionales que, por saber navegar en el riesgo sin tanto temor, valoren no sólo la seguridad que provee una sociedad sino que valoren también su potencial como agentes de cambio a pesar de los riesgos.

Es por ello que, si la tendencia en las instituciones universitarias pareciera inclinarse en nuestros días hacia la moralidad profesional y la seguridad que ello implica, es trabajo de los docentes y la comunidad universitaria “hackear éticamente” nuestras universidades -programas y trabajo en el aula- con la finalidad de volver a equilibrar la balanza y que puedan así recuperarse como espacios donde se legitima el experimentar, sea con el riesgo, con las propuestas críticas de cambio, con la vinculación en el armazón social y con el sentido de vida de las personas, además de, por supuesto, cubrir la profesionalización de calidad.

 

 

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Educación como batalla entre el saber vs la ignorancia erudita

gato2 Es justamente en los tiempos donde el flujo de información es tan amplio y tan gratuito, que el valor de los docentes aumenta y no al revés como suele creerse hoy por muchos. Esta aparente pérdida de valor social del profesorado tiene que ver con un hecho sin precedentes: la existencia del internet y la masificación de los dispositivos inteligentes con utilidades que facilitan el acceso a la información, que han provocado una ilusoria convicción de erudición en las personas y, consecuentemente, un cambio en la valoración de la relevancia de los docentes en los procesos de educación. Esta condición ha generado inquietud y desconcierto en gran parte del profesorado en cualquiera de los niveles educativos puesto que hoy se cuestiona duramente el lugar que tradicionalmente han ocupado los maestros en la sociedad. Y este cuestionamiento se debe en parte al poder que nos habilita la tecnología para tener al alcance de la mano un acceso al universo de información. Es indudablemente cierto que gozar de ese acceso directo a la información es, por sí mismo, un gran avance respecto de las posibilidades de autonomía de las personas y es sumamente importante tener esa claridad. Sin embargo, el problema surge al perder de vista el hecho de que accesar y hasta coleccionar información no es equivalente a saber; y es justamente la confusión social en torno a esta diferencia lo que causa tanto conflicto.

El profesorado, en su esfuerzo de enseñanza, se ve en la necesidad de incorporar nuevas estrategias al estrenar un nuevo y poderoso adversario que, por si fuera poco, pareciera ser ampliamente respaldado por el grueso de la sociedad. Me refiero a la ignorancia erudita, que sería la apariencia, o peor aún el autoengaño, de creer saber algo por el hecho de poseer información relativa a ese algo y ser capaces de esgrimir con elocuencia un par de argumentos convincentes aunque no necesariamente verdaderos. Esta celebración social de la ignorancia erudita cambia el terreno sobre el cual trabajan los docentes puesto que deben primero ayudar a vencer una serie de actitudes erróneas en torno a la información y al conocimiento, y es que si los procesos de enseñanza-aprendizaje tienen de por sí ya notables retos a vencer cuando se pretende educar, hasta ahora el ejercicio educativo había trabajado con personas que asumían no saber algo y que por eso buscaban aprenderlo. El problema se agudiza cuando se quiere trabajar con alguien que no sabe pero que cree que sabe o que está convencido de que con unos cuantos clicks en su dispositivo descargará información que le hará saber en automático en voz de otros.

La sociedad en su conjunto se ve impactada por el enorme poder que se adquiere al tener acceso a una prácticamente ilimitada fuente de información, hecho que nos tiene aún seriamente deslumbrados. Y deslumbrados es quizá la palabra adecuada para describir lo que nos pasa porque implica la condición de permanecer momentáneamente ciegos frente a luz tan intensa. Esta situación se convierte en una terrible ironía, pues nos basta abrir la puerta del flujo de información que puede iluminar para que podamos terminar, por el contrario, sin poder ver con claridad. Como si tanta información congelara nuestra mente que, abrumada por una variedad interminable de opciones a elegir, se torna incapaz de procesar, de elegir, de ajustar y discernir lo necesario para que la incorporación de información a nuestro problema pueda ser apropiada y útil para solventar el asunto que nos exige la realidad inmediata. De este modo, nuestra búsqueda en esa fuente infinita de riqueza que aglutina el conocimiento mundialmente compartido termina por ofrecernos tantos caminos que nos perdemos, o peor aún, nuestra atención pierde la brújula y olvida lo que en un principio buscaba y quedamos como Alicia en su diálogo con el gato de Cheshire, sólo que ahora le llamamos perderse en los hiperlinks:

¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

– Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.

– No me importa mucho el sitio… – dijo Alicia.

– Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.

Es esta una extraña condición derivada de nuestro acceso a internet, la de andar deslumbrados y perdidos con tanta información pero, a la vez, con el imaginario de que al ser capaces de poseer una infinidad de conocimientos ello se traduce en la apropiación de los mismos como parte de nuestro equipaje cognitivo. Esto ha despertado una extraña convicción en muchas personas, la de creer que se sabe mucho sobre cualquier cosa por el hecho de poder acceder o descargar información sobre dicha cosa. Es un asumir que de alguna manera el conocimiento humano coleccionado colectivamente en internet forma parte de nuestra memoria personal por el hecho de que podemos acceder a esa información a voluntad en el momento en que lo deseamos. Las víctimas de una tal convicción se convierten, sin embargo, en ignorantes eruditos que no comprenden el conocimiento que poseen aunque lo usen, porque tenerlo no equivale a integrarlo a nuestra mente, apropiárselo y hacerlo dialogar con nuestros otros conocimientos y hasta significarlo en la experiencia. No es fácil resistirse a tal seducción, vencer el alud de información, y poder mantener el foco de atención en contexto pues, quién no ha caído en lo atractivo de creer ser a veces nutriólogo de blog, médico de Google, chef de Pinterest, politólogo de Facebook, economista de Twitter, artista de Instagram o algo por el estilo. En suma, deslumbrados a ratos aunque muy entretenidos eso si.

sombra Con este cuadro cabe preguntarse entonces por la función de los docentes en un mundo inundado de información pero de conocimientos sólo para algunos.

Me parece que el primer paso es comprender que la tarea de un docente en nuestros días no es la de proveedor información que resuelva, función que antaño se tenía, sino la de proveer información que detone la inquietud por saber más, profundizar, precisar lo que buscamos y hasta ayudarnos a reformular nuestras preguntas. Educar implica acompañar a los alumnos en el ejercicio de apropiarse la información para convertirla en conocimiento significativo. Dicho metafóricamente, enseñar a surfear las olas en lugar de quedarse pasmado y ser revolcado por ellas.

El segundo paso consiste en caer en cuenta de que cuando existe ya un cúmulo de conocimientos respecto a algo, existen también una infinidad de respuestas dadas -por otros- y que si bien tener respuestas es útil para solventar muchas tareas diarias, lograr ser capaces de despertar en nosotros nuevas preguntas a partir del universo de respuestas es lo que nos pone en camino para nuevos descubrimientos, nuevas perspectivas o proposiciones creativas. Descubrirnos como posibles contribuyentes a esa fuente de información, y no sólo como consumidores de la misma, nos convierte en agentes activos y valiosos para la sociedad que nos cobija. Enseñar a los alumnos a convertirse en participantes activos de la sociedad y ser con ello motor de cambios tiene que ver más con promover actitudes, para lo cual se trabaja con la construcción moral -en sentido de identidad- de las personas, tarea hoy ineludible y mucho muy importante de los docentes contemporáneos. Para ello, el docente no sólo ha de esforzarse en invitar a buscar los detalles en la información y enseñar a utilizar herramientas críticas para cuestionar sino que además ha de ser capaz de mostrarse más como una persona que aglutina un extenso bagaje de conocimientos y experiencias integrados en armazón singular y que le confiere así una perspectiva específica de sí mismo y de su relación con el entorno y los demás. El docente se vuelve un modelo a seguir, o a no seguir, pero un modelo sólido a fin de cuentas y es esa solidez lo que resulta valioso y significativo para el alumnado, buscar ser un referente claro respecto de algo alejándose de las veleidades y relativismos hace identidad además de ser la antesala de la ética.

El tercer paso tiene que ver con contribuir a utilizar y apropiarse herramientas mentales para buscar, extraer, organizar, clasificar y analizar información con una meta particular. Si deseamos que el esfuerzo de enseñar lo anterior tenga sentido para nuestros alumnos, no es suficiente con hacerlos trabajar en el para qué hacemos las cosas, que si bien es útil tener esa claridad, lo es para resolver lo inmediato en el trabajo y aunque es un paso necesario en el aprendizaje se trata de un aspecto puramente técnico y herramental. No, para que la inmersión en la información y el conocimiento tenga sentido, a la insuficiencia del para qué se le debe completar con el esfuerzo de hacer transitar también a los alumnos por un camino más espinoso y que consiste en abordar la pregunta del por qué hacemos lo que hacemos. Es esta pregunta la que los ayudará a significar los conocimientos no sólo con la tarea que se traen entre manos sino a significarlos como parte del cuerpo de conocimientos con los que ellos se dan sentido a sí mismos como personas. Este paso es bastante más ambicioso que la pura transferencia de información a los alumnos -instruir- o el ejercicio de fortalecer habilidades en ellos, e involucra al docente en el ejercicio de contribuir a desarrollar personas, educar.

El cuarto paso se relaciona con enfrentar un aspecto que se interpreta erróneamente en la sociedad actual y que tiene que ver con ese estar deslumbrados por la avalancha de conocimientos e información y que favorece a la actitud que asigna valor social a la ignorancia erudita. Me refiero a la convicción existente de que para vencer a nuestra ignorancia hemos de verter cuanto conocimiento sea posible en nuestra mente, la ignorancia erudita. Como si el hecho de deslumbrarnos con conocimiento ahuyentara nuestra oscuridad interior. Pues nada puede ser más errado que eso. Para vencer nuestra oscuridad la vía apropiada parece ser mirarla de frente, convertir porciones de esa oscuridad en preguntas, nuestras preguntas. Convertirla en motivación antes que en terror, con los saberes que hemos logrado integrar en nosotros. Los docentes tienen aquí, me parece, su tarea más fundamental, que es la de enseñar a no temerle a nuestra propia oscuridad puesto que ella no es motivo de vergüenza sino que, por el contrario, es justamente el motivo que nos fuerza a descubrirnos a nosotros mismos y que es, propiamente dicho, lo que nos despierta a la capacidad de llenar nuestros huecos a gusto y modo; expresado sintéticamente, es la puerta para hacernos a nosotros mismos. Reconocernos ignorantes de tantas cosas es precisamente lo que nos pone en movimiento hacia el deseo de proponernos a nosotros, como nosotros mismos, descubriendo al mundo y arrojando luz sobre nuestra propia oscuridad.

Los docentes entonces tienen ahora, paradójicamente, una tarea aún más ambiciosa y ardua en este mundo tan inundado de conocimientos, y que es, en suma, la tarea de contribuir a forjar personas no sólo críticas sino auténticas, mucho más que operadores de información.

 

 

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Educación como batalla entre el saber vs la ignorancia erudita por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Experiencia de los recursos TIC que uso en mis cursos universitarios

Pensamiento abstracto Ahora que estoy por iniciar mis nuevos cursos en el semestre de otoño en la universidad, deseo recapitular mi experiencia con la incorporación de tecnologías de la información (TIC’s) para el trabajo en aula. Hago esto no porque considere que ya goce de una comprensión honda del uso de TIC’s para mejorar el entramado enseñanza-aprendizaje, sino porque creo que la experiencia ganada hasta ahora me arroja ciertas luces que valen la pena ser puestas sobre la mesa y compartirlas con colegas en el mismo camino.

El contexto de las aulas contemporáneas se inscribe en una lógica que facilita y promueve la educación para la diversidad -al menos en el ITESO-, lo cual está a la altura de la vivencia y expectativas actuales, y conlleva esfuerzos y exploraciones académicas por parte de la institución y de los docentes. Las TIC’s se incorporan como parte de ese esfuerzo. Pues bien, la mayoría de las reflexiones y análisis en torno a las TIC’s que he visto tienen que ver con la adecuación de las metodologías para cubrir las necesidades académicas en el esfuerzo por educar para la diversidad.

Ahora bien, en cuanto que docente, lo que a mi me ha causado más dificultad, es considerar lo que debe ser hecho en un aula de carácter interdisciplinar cuando el alumnado en mis grupos puede considerarse ya como diverso y fuertemente heterogéneo. Esto es, alumnos que poseen metas, valores, trayectoria académica y habilidades de aprendizaje ya diversos. Para mi, una vía ha sido centrarme en la comunicación, elemento clave para la discusión, y el flujo, la organización y presentación de información con ayuda de recursos como TIC’s. Es por ello que recupero esta mirada basada en la conexión entre recursos informáticos y la comunicación en mis grupos.

Recurso institucional.-

Utilizo una plataforma LMS (Learning Management System), que en mi universidad es el Moodle. Y allí, en perspectiva particular, observo que se impulsa la organización de la información, sea en archivos o en enlaces externos, lo cual permite la incorporación de una gran cantidad de información. A su vez, se ofrece una mirada de conjunto del curso y, en sí mismo y por el modo en el que es estructurado por el docente, se convierte en una guía de estudio que contiene los recursos utilizados para fomentar el aprendizaje a través de actividades. Ofrece también recursos de comunicación, aunque limitados; y esto, es justamente lo que me ha causado tanto conflicto, dificultad que comparto con Jeremy Bradbury cuyo escrito inspira el mío. Para un aula donde existe tanta diversidad en los alumnos y donde el planteamiento de mi curso ha sido bajo una metodología constructivista orientada desde competencias, el basamento teórico sirve para que los alumnos desarrollen proyectos de su propio interés utilizando, por supuesto, la perspectiva temática o metodológica del curso. El resultado ha sido siempre una enorme variedad temática en los proyectos, lo cual asumo positivo, pero que demanda en primera instancia, un constante diálogo con los equipos de trabajo, comunicación entre ellos y conmigo. Además de comunicación entre equipos por el flujo de información que resulta común y que se convierte en elementos vinculantes entre temas tan aparentemente dispares. En segunda instancia, comunicación que permita regresar a los equipos al eje temático del curso y poder, posteriormente, dialogar las peculiaridades, características y resonancias que se encuentran con otros temas desarrollados para encontrar la conexión entre los temas trabajados como parte de un gran mosaico cultural.

Pues bien, Una plataforma LMS como la utilizada, no facilita toda esa comunicación necesaria. Es por ello que he utilizado, a modo de experimento, un recurso extra. Una aplicación que es un gestor de comunicaciones, me refiero a Slack. En dos grupos he utilizado este recurso con resultados que aún me resulta difícil de precisar, pero que permite por lo menos identificar algunas constantes.

Comunicación con los grupos en los que no he usado Slack.-

  • Comunicación verbal para proveer de información, discutir, clarificar y precisar durante el tiempo de clases y en momentos de asesoría.
  • Correo electrónico, para cuestiones de retroalimentación y precisiones en torno a la clase. Los alumnos lo utilizan casi con exclusividad para pedir información sobre calificaciones, cuestiones de asistencia y clarificaciones sobre fechas de tareas o solicitud de extensiones.
  • Moodle institucional (LMS), los alumnos lo utilizan raramente y solamente porque el profesor ha de convencerlos de que deben utilizarlo y se usa como repositorio de información o como la fuente para informarse, obtener los recursos y entrega de las actividades programadas. En mi experiencia esta actitud de los alumnos tiene que ver poco con el diseño que haga el profesorado de sus cursos, los estudiantes simplemente lo utilizan porque así ha sido dispuesto, esto es, lo usan de modo mínimo y difícilmente como recurso comunicativo. Quizá tenga esto que ver con mi modo particular de impartir mis cursos y con los modos particulares de los alumnos para aprender, pero lo cierto es que se sienten mucho más cómodos trabajando con recursos variados en la nube y aplicaciones de mensajería instantánea.

Comunicación a través de Slack.-

Al incorporar Slack en mis cursos para concentrar y facilitar la comunicación, la utilización de recursos se modificó y el flujo de información fue notablemente mayor, aumentó no sólo la discusión sino se profundizó el nivel de discusión, entre ellos y de ellos conmigo, aspecto que considero notable. Lo sintetizo así:

  1. Canales públicos. Uso varios canales públicos para separar lo que es el material del curso, los apoyos de información y avisos generales a todos los equipos. Buena parte de los mensajes son en lógica de preguntas-respuestas para conmigo. Lo interesante es que se popularizó el diálogo público entre ellos respecto de contenidos de clase y de sus proyectos, a la vez que se creaba una visión de conjunto que aglutinaba todos los proyectos y se dejaron ver señalamientos, comentarios y preguntas que tocaban aspecto éticos y de metacognición.
  2. Canales privados. Cada equipo abría su canal privado para compartir información, revisar o comentar algún documento o reorientar su investigación. Preguntas específicas sobre su tema de investigación eran dirigidas por ese medio. La separación entre los canales públicos y privados facilitó la identificación de problemas locales o ámbito de su investigación y los distinguió de las preguntas generales o colectivas respecto del tema del curso. Los alumnos valoraron esas diferencias y suscitó algunas charlas al respecto.
  3. Mensajes directos. Los mensajes directos los utilizaron especialmente para hacerme preguntas con las que no se sentían muy cómodos si eran puestas en los canales públicos o privados, preguntas más reservadas.
  4. Integración con otras aplicaciones. Slack permite integrar otros servicios que resultan útiles, como Dropbox y otros sistemas de nube. No he encontrado la manera de integrar el Moodle con Slack, lo cual es una lástima, pero uso de modo alternativo Asana, a veces Trello, que son gestores de administración de proyectos y que se integran bien con Slack. Me gusta este tipo de conexión de aplicaciones porque los alumnos se interesan por ellos ya que son aplicaciones que se utilizan efectivamente en el mundo del trabajo, lo cual es una ventaja en sí misma, pues aprenden a utilizarlas por ellos mismos.
  5. Estadísticas. Es una incorporación reciente en Slack y permite mostrar las estadísticas de los flujos de información que se dan a lo largo del curso con lo cual se pueden detectar puntos de conflicto o de interés sobre los temas que se trabajan.

Como un balance un tanto informal, puedo decir que al incorporar Slack como gestor de comunicación en mis cursos ha sucedido lo siguiente: Disminuyó notablemente el uso de correo electrónico y se abandonaron los mecanismos de comunicación del Moodle que eran usados pobremente. Aumentaron las evidencias de comunicación gracias al uso de canales en Slack, aumentaron muchísimo las consultas que se me hicieron en términos de claridad, precisión y comprensión y, finalmente, pude dar seguimiento más cercano y directo sobre trabajo en progreso, literalmente en tiempo real con Google Docs.

No quiero con este escrito que se piense que he resuelto algo o que favorezco alguna aplicación o recurso de TIC’s, es simplemente compartir el camino que he seguido y que, naturalmente, es un camino inconcluso. Es el camino que, frente a la diversidad de alumnos con la que trabajo, me ha hecho explorar el uso de las TIC’s para favorecer un aspecto que me ha aparecido como especialmente necesario cuando se trabaja con alumnado tan heterogéneo, la comunicación.

El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad

pasillo3 Se han hecho muy populares en el medio de cuidados paliativos y atención a los ancianos expresiones que tienen que ver tanto con el deseo de replantear la manera en la que enfrentaremos nuestra propia muerte, como con la inquietud por comprender mejor ese período de tiempo en el que al acompañado se le llama moribundo. Ambas cuestiones se refieren a la necesidad muy contemporánea de tener que aprender a irnos de la vida, a saber cerrar el capítulo de nuestro tránsito por este mundo y poder así alcanzar un estado de paz en nuestro morir. Puede resultar extraño a muchos tenernos que plantear siquiera como una necesidad humana el que “tenemos que a aprender a morir”. Esto se debe a que, al parecer, la sociedad actual ha preferido apostar por la ilusión de inmortalidad y fundar sus esperanzas en los fabulosos avances tecnológicos de nuestra época para lograrla. Sin embargo, desterrar la muerte de nuestro horizonte vital puede no ser algo tan deseable en última instancia puesto que es precisamente el saber la necesidad de nuestra muerte lo que contribuye a que le demos sentido a nuestra vida.

Aprender a morir tiene que ver con clarificarnos dos conceptos que por lo general son asumidos como el mismo pero que son aspectos diferentes del vivir y el morir. Se asume en el lenguaje común que al expresar el concepto de muerte digna nos estamos refiriendo al proceso de morir con dignidad, pero esto es un error, y tiene que ver con la oscuridad que suele envolver nuestras actitudes frente al hecho de morir, porque existe un tabú en nuestra cultura en torno al fenómeno de la transición de la vida a la muerte y al cual evitamos asomarnos para conocerlo mejor. Y es que en realidad muerte digna y el morir con dignidad son dos conceptos diferentes que se entrelazan en el acontecimiento del morir en paz.

La muerte digna es un fenómeno cultural, exterior al moribundo y no siempre controlable por quien se encuentra en fase terminal. Tiene que ver más con el entorno, familiares y amigos o quienes guardan alguna relación afectiva con el moribundo. El concepto se refiere a las condiciones que puedan contribuir a la apacibilidad en el tránsito entre vida y muerte. Para ello, la cercanía de los seres queridos se torna importante, el acompañamiento cálido en la despedida. Por supuesto que aparece el dolor de la cercana pérdida de un ser querido y donde las lágrimas del adiós se entremezclan con la alegría de los recuerdos compartidos. El dolor que aparece en la muerte digna es el dolor de quienes se quedan, el dolor de los vivos y donde la tanatología se convierte en el campo de saber y ayuda. La muerte digna es el espacio de los vivos que despiden a su ser querido, es un acoger al moribundo, donde los vivos proveen de sus objetos personales, su cama, su ropa, todos aquellos elementos que resultan cercanos y significativos para el que se va; un proveer del entorno afectivo que ofrece la máxima calidad de vida hasta el último momento. Es acusar de recibido respecto de la vivencia de pérdida, de la despedida. En suma, los que sobreviven proveen del bienestar necesario para procesar su propia pérdida, inician los rituales que conocen y aprecian para el tránsito y el cierre del capítulo vital, ofrecen los elementos que refrendan la pertenencia de quien se va a un grupo -familia y sociedad- lo que contribuye a generar consuelo a los dolientes al buscar hacer trascender a quien se va o ha ido, y reconocer esa trascendencia en ellos mismos.

En otra perspectiva, morir con dignidad es un proceso individual que conlleva la aceptación de que la muerte es un asunto enteramente personal y que significa nuestra despedida de lo conocido. Nadie puede morir por uno y se trata de una vivencia que sucede en parte, en solitario. Morir con dignidad es prepararnos en alcanzar un estado de paz para irnos, un saber desprendernos del equipaje acumulado a lo largo de la vida y dejarla seguir su propia ruta sin nosotros. Alcanzar el estado de paz interior no resulta ser tan sencillo pues no se trata de una decisión, de un esfuerzo racional, sino de aceptación, esto es, de un movimiento emotivo que nos predispone a saber que nuestro tiempo en la vida se ha terminado y que si bien antes formamos parte del tejido de la vida y que de algún modo alteramos un poco ese paisaje vital con nuestras pisadas, ahora formaremos parte del tejido de los recuerdos en aquellos que nos conocieron y que en lo sucesivo nos convertiremos en huellas. Morir con dignidad nos implica entonces aprender a morir, y se traduce entonces como un esfuerzo de vida, no de muerte. Ese aprender se manifiesta en el ejercicio de valorar lo hecho en nuestro andar, revalorar lo que hemos hecho de nosotros mismos con el tiempo de nuestra estadía en la vida, alcanzar algo tan difícil como el perdón, que nos libera de cargas muy pesadas y aligera nuestro equipaje, agradecer la gratuidad que nos puso en el escenario de la vida y nos permitió personificarnos en la obra, desprendernos del miedo al cambio pues si bien fuimos dueños de nuestra vida por algún tiempo no somos dueños de la vida. Lograr todo lo anterior requiere preparación y aprendizaje. Un aprendizaje que se torna hoy en día necesario en virtud de que parece que hemos olvidado nuestra transitoriedad en la vida y donde la sociedad nos invita a evadir, aunque sea en la imaginación, nuestra propia caducidad. Es solamente cuando nos preparamos para nuestra muerte que comprendemos que morir con dignidad significa simplemente vivir sin miedo pues sabemos que moriremos, y al vivirnos sin miedo podemos aspirar a ser personas auténticas con el deseo de que nuestras huellas sean hondas. Morir con dignidad, entonces, se traduce en vivir dignamente nuestra propia muerte. Se trata de una actitud que respete nuestra propia vida aún en sus últimos momentos y poder despedirnos al modo como hemos vivido saboreando hasta nuestro último aliento. Lograr partir sin equipaje y aspirar a la paz del descanso vital, a la quietud, es algo que ha de lograrse por amor propio, por dignidad. Morir con dignidad se sintetiza entonces como vivir con dignidad, crear nuestra propia trascendencia y no otra cosa. Y resulta que al recorrer el camino de aprender a morir terminamos por aprender a vivir, aprendemos así a darle un significado especial a nuestra vida y, con ello, a darle sentido.

Aspirar a una muerte digna y a morir con dignidad se convierte en un proceso que matiza nuestra vida, donde vivir con dignidad significa ir construyendo nuestro inevitable camino hacia la muerte. Aprender a morir nos involucra de modo personal por pensar nuestra propia muerte y entonces nos impulsa a modular nuestra vida con aquello que la llene de sentido. Esto perfila nuestro carácter de autenticidad frente a nosotros mismos y frente a los demás y nos posibilita morir con dignidad, es decir, vivir con dignidad hasta nuestro último aliento. Los otros, no obstante, formarán parte de nosotros mismos, de lo que logramos hacer de nosotros mismos y llamamos nuestro ser, y serán no sólo contribuyentes sino testigos además de esos en quienes nos hemos convertido. Hacernos a nosotros mismos será siempre también un hacernos con los demás y a través de los demás, y al consolidar nuestra pertenencia a un “nosotros” construido con los otros formaremos parte de lo que colectivamente construimos como un pensar lo que la vida humana debe de ser, y de allí a compartir lo que entenderemos como una muerte digna, que en su momento, nos será ofrecida por aquellos con los que hemos vivido.

Se establece una reciprocidad entonces entre la muerte digna y el morir con dignidad pues se alimentan mutuamente, una se logra a través de la otra y viceversa, son movimientos mutuos donde uno genera la necesidad del otro y entre ambas contribuyan a resolver el deseado camino para lograr esa paz tan buscada a la hora de transitar por el camino de nuestra muerte. De este modo, la articulación entre lo que concebimos como muerte digna y morir con dignidad nos ponen en vía de reconocer lo que a nosotros nos aparece como vivir dignamente para que así, en el aprender a morir, aprendamos a realmente vivir.

 

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El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

El sentido del final de nuestra vida

vida Desde que nacemos nos encaminamos sin escapatoria hacia nuestro final. Pareciera esto un destino amargo, tener que atravesar por eso que llamamos nuestra vida y que contiene de modo inevitable su buena carga de sufrimiento para que, al final, nos convirtamos en una historia de vida que desaparece lentamente en la memoria y el recuerdo de los demás. La vida está, sin embargo, llena también de encuentros fabulosos, eso es indudablemente cierto, pero de igual modo contiene sus desencuentros y despedidas. Y estas pérdidas se hacen irremediablemente más frecuentes conforme avanzamos en edad. Pocas cosas ensombrecen tanto nuestros encuentros como saber que eventualmente nos despediremos. Y no es que haya un por qué o un para qué de tanta rudeza y dolor en la vida, es simple y llanamente así nos guste o no.

Sin embargo, y a pesar de lo desconcertante de nuestra situación de vida, contamos con sólo dos caminos a elegir cuando intentamos aproximarnos a la verdad desnuda de la vida humana, así, cara a cara, y nos preguntamos por el sentido que puede tener nuestra vida dado el hecho de nuestra caducidad.

Por un lado, y para poder conferirle algún sentido a nuestra vida, podemos elegir intentar negar nuestro destino y luchar para aumentar nuestra fortaleza frente a la vida, con la quizá soñadora esperanza de vencerla. Pero, para qué desearíamos vencer a la vida si no hemos sido capaces de asignarle un sentido a nuestra estancia aquí. Es decir, cuál es el caso de simplemente “permanecer” e irnos llenando de experiencias así como se llena un contenedor si no le atribuimos un sentido a nuestro tránsito por la vida. Me parece que sería un verdadero infierno de sufrimiento y aburrimiento que nos iría socavando el espíritu hasta alcanzar un estado de completa indiferencia vital tanto para el mundo como de nosotros mismos, un abandono al amor por la vitalidad que implica un cierto riesgo. Las caprichosas aspiraciones de inmortalidad que tenemos no parecen reflejar un deseo de movimiento y continuidad, el cambio constante, sino que parecen expresar el terror que sentimos al caer en cuenta de que tenemos fecha de caducidad y de allí es que nace el deseo de “congelar” el movimiento de la vida para continuar aquí, permanecer, así porque si, aún sin propósito, lo cual lleva al estancamiento y la inmovilidad. Con este camino no veo la manera de escapar de la vulgarización y trivialización de la propia vida por el miedo a morir, la caída en la desesperanza y la desolación de la muerte en vida.

Por otro lado, la segunda opción que tenemos para enfrentar nuestra caducidad es aceptar la fragilidad inherente que conlleva el estar vivos y que tenemos por ser seres humanos. Afirmar que la fragilidad es quizá el mejor camino para darle sentido a nuestra vida y en contraposición a la fortaleza, parecería un absurdo cuando es mirado desde el imaginario contemporáneo de nuestras aspiraciones y ese vanidoso valor autoasignado, que algunos confunden con la autoestima. Sin embargo, es posible pensar que la fragilidad se termina por convertir en nuestra mayor fortaleza cuando se traduce en el impulso de nuestro movimiento vital. Es la necesidad generada desde nuestra fragilidad la que nos moviliza y nos mantiene vigentes no sólo como seres vivos sino también como humanos que se miran distintos a quienes carecen de sueños. Esto es, precisamente porque somos concientes de ser tan frágiles y nos resulta tan abrumador oponernos al mundo para continuar vivos y porque queremos develarnos al modo en el que nos hemos soñado, es que nos descubrimos como seres que hacen nacer la esperanza dentro de si. Aún si se trata de la esperanza de los bobos, es tan fuerte ese empuje que nos motiva a enfrentar hasta lo racionalmente imposible. Y resulta que es justamente ahí donde encontramos nuestro valor, el sentido de nuestra vida y la puerta a nuestras propuestas de espiritualidad. Saber que nuestro recorrido en la vida tendrá fin nos impulsa hacia lo vital, al movimiento y a postularnos a nosotros mismos de un modo determinado.

Racionalizar nuestra caducidad, como lo han hecho grandes autores, ofrece algunas claridades sin duda, pero esa claridad no alivia el dolor de nuestra fragilidad. Tal vez, y sólo tal vez, sea la poesía la que revela con más éxito nuestra deseo de vida y de lo que oculta esa añoranza de paz que habita en nosotros.

Fragilidad

¿Quién dijo que la vida es frágil?
Más bien la fragilidad, como las trepadoras,
se enraiza en el tronco de la muerte,
vive de ella
se alimenta de su sábila
hasta el punto de dejarla inmóvil,
estática
condenada a contemplar la vida.
Lo humano, que se cree un simple espectador de esta escena,
se convierte, sin darse cuenta, en un campo de batalla
en donde la vida se reproduce a sí misma,
en donde la muerte lucha por mantenerse muerte
abrazada hasta la asfixia.
Sin más, la vida reclama para sí lo humano
mientras que lo humano
secretamente anhela algo más
quizá por ello, y a hurtadillas como un roedor,
de a poco, troza las guías de la fragilidad
aunque se contamine por su esencia.
Pobre humano, infectado hasta la médula
por la fragilidad, se entiende al fin
como lo que es:
un arrebato de vida
un anhelo de muerte.
Pero… no fueron la vida, la muerte
o la fragilidad quienes lo hicieron ser
lo que es.
El amor, tal vez… de ser así
no habrá descanso
hasta fundirse con él en un abrazo
y, más allá de la vida, la muerte y la fragilidad
se convertirá en el rabillo de esperanza
que se cuela en todo suspiro.
Y… mientras la vida reclama lo humano,
lo humano no se conforma con la vida
quiere acaso tocar lo divino
quiere acaso saber que lo humano
nunca muere.
Y… mientras lo humano reclama para sí la muerte,
ve en la fragilidad la posibilidad de reencontrarse
con quien despertó lo humano en él.
                                                                       -Marcel Salles-
 Sin importar la dirección de nuestros pasos, caminamos hacia nuestra muerte, eso es un hecho. Y aunque aceptemos que nos inclinamos a rechazar la muerte porque nos gana el hambre de experiencias vitales, lo cierto es que serán estas experiencias las que nos irán consumiendo a nosotros hasta no dejar ni los huesos. Conforme el tiempo avanza y la vida nos ofrece el mundo, al mismo tiempo nos devora. Es aquí donde nuestra fragilidad se hace más notoria, cuando nuestra muerte se hace presente en cada latido con una promesa de paz en medio de la explosión vital. Es entonces que nuestra fragilidad hace que nos preguntemos por la meta de la esperanza, pues deseamos vivir pero queremos también alcanzar la paz. No puedo imaginar el valor de la vida sin necesidad de la muerte. La vida exige su muerte, de otro modo no cabrían siquiera las valoraciones en torno a la fragilidad o a la vida y, con ello, se esfumaría la posibilidad de otorgarle cualquier sentido a nuestra vida. Es pues el sabernos con fecha de expiración y en condiciones de fragilidad lo que, finalmente, nos pone en el umbral de poder soñar en alcanzar un estado en el que seamos capaces de recordar y quizá revivir en paz lo recorrido en la vida, vernos esperanzados en…

 

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El internet del pensamiento

Reflejos  En alusión al “internet de las cosas”, cabe preguntarnos por lo que la costumbre de goglear el internet en búsqueda de conocimientos hace a nuestro pensamiento y condición humana. Dicho de otro modo, preguntarnos por las implicaciones que para el aprendizaje y la comprensión sobre nosotros mismos tiene la incorporación del acceso a internet como fuente de conocimientos en el ámbito de la educación.

Somos herederos de la tradición ilustrada, donde la afirmación en torno a la veracidad de un hecho se basa en la observación, cuestionamiento, experimentación y reflexión como elementos metodológicos de investigación. Nos importa especialmente poder enraizar nuestros discursos de verdad en hechos, con lo cual asumimos que la experiencia ganada con el contacto con el mundo, o lo “otro”, es la fuente que nos posibilita hablar de verdades. Sean tendencias objetivas, subjetivas o relativas -como privilegia el pensamiento científico contemporáneo-, el discurso de verdad se ha basado en un anclaje común que involucra la caracterización de hechos a través de una doctrina -científica- de la evidencia y un método para formular nuestras preguntas, es decir, la adopción de un sesgo y perspectiva específicos a través de los cuales el juicio en torno a la verdad sobre algo se opera en el pensamiento de quien indaga y se pone a prueba bajo discusión para establecer una verdad arbitrada, resultado del juicio a partir de las evidencias. Partir de hechos para formular la verdad traslada el juicio de verdad sobre algo al pensamiento. Desde un Descartes y su duda metódica se modelaron socialmente nuestras capacidades para diseñar métodos empíricos o la formulación y uso de estructuras lógicas para teorizar y relacionar la información, condición que ha exigido formalidades específicas al sujeto que se pregunta en torno a ciertos hechos. Es gracias a esta ruta que se fue fortaleciendo el pensamiento científico hasta como lo conocemos hoy, vía que ha producido innumerables avances en el conocimiento.

Pero algo ha cambiado desde entonces, me refiero a nuestras fuentes del conocimiento, como ya ha sido señalado por algunos pensadores -resulta inspirador el escrito After de Fact de Jill Lepore a modo de primera incursión en estos cuestionamientos-. Aunque la investigación científica continúa su propia ruta para la generación de conocimientos y verdades científicas, el ejercicio de las profesiones que operan con esos conocimientos científicos ha cambiado su sistema de validación del conocimiento y de la verdad. Este cambio responde en gran medida a la incorporación de los recursos de internet como elemento de socialización de la verdad. Se ha hecho una traslación que parece ser relevante, se ha cambiado el centro que fundamenta el juicio de verdad, de hechos, como lo hacen las ciencias básicas, a datos.

Y por supuesto podemos preguntarnos por lo que sucede en nuestra mente cuando sustituimos hechos por datos, pregunta que no resulta de ninguna manera ociosa. Esto es, hemos asumido en ciencias que sabemos cómo saber, asunto que implica aceptar que nuestras ciencias a) validan los hechos como evidencias y que b) hemos de aplicar un método específico a esos hechos para posteriormente realizar el juicio de verdad con el que formularemos el discurso de verdad. Aprendemos así una doctrina del conocimiento y la verdad que se basa en hechos y la formulación de preguntas específicas que serán exploradas mediante la aplicación de métodos sobre esos hechos. Pues bien, ¿qué pasa si substituimos los hechos por datos provenientes de internet?

Como primer acercamiento a esta cuestión, exploraremos lo que acontece cuando tomamos datos como si fueran hechos, lo que nos pone en una ruta en la que asumimos la veracidad de esos datos como válidos en nuestra propia experiencia. Esto es todo un cambio de actitud respecto de lo que significa el manejo de la verdad. Es decir, y bajo esta lógica, que nuestras búsquedas en Google convierten a este sistema de búsqueda en una suerte de extensión de nuestra memoria personal. Si bien sabemos que los datos que nos ofrece Google no fueron generados por nuestra experiencia sino por otras personas, esto no parece impedir que se asuman como verdaderos en la esfera personal, ¿por qué?, porque damos por hecho que Google filtra la información y procesa nuestras exploraciones seleccionando bajo su propia inteligencia los conocimientos que concibe que deseamos alcanzar. En otras palabras, piensa por nosotros respecto de la selección de conocimientos y verdades a ofrecer y a nosotros nos toca entonces aceptar que el sistema con el que Google selecciona es una suerte de incorporación o extensión de nuestra propia inteligencia por lo que a nosotros nos correspondería saber formular las preguntas apropiadas. Hemos de adaptarnos al sistema de inteligencia de Google para adoptar así su sistema como parte integral de nuestra propia inteligencia.

Lo que ha cambiado aquí, a diferencia de leer un journal o un libro que contiene información que nos parece pertinente a la indagación que nos traemos entre manos, es que cuando leemos un documento hemos sido nosotros quienes lo han buscado y seleccionado de entre muchos otros y que sabemos a la perfección que no pertenece a nuestra propia mente aunque deseamos inteligir sus contenidos. Pero, cuando delegamos al sistema de búsqueda los criterios de búsqueda y dejamos se sea el sistema quien elija el material dentro del cual nosotros seleccionaremos en segunda instancia, hemos hecho un ejercicio de aceptación de que el sistema de búsqueda de algún modo sabe lo que queremos. Esta valoración es algo que comúnmente hacemos cuando escarbamos en nuestra propia mente en búsqueda de información, es decir, la confianza que tenemos en nuestra propia experiencia y conocimientos así como la veracidad de éstos la depositamos por igual en el sistema de búsqueda de Google como si fuera nuestra propia memoria y sistema de inteligencia. Cuando así lo hacemos, podríamos parafrasear a Descartes y decir: gogleo, luego soy.

Educacion humanista Esta condición de la inteligencia de Google como primera instancia en la búsqueda del conocimiento presenta un problema, nos convierte en incapaces para saber la verdad sobre un hecho. Dado que la información que existe en internet es muy variada y de fuentes tan diversas es claro que los resultados de nuestras búsquedas son de veracidad heterogénea. Pero, si hemos asumido que la inteligencia del buscador es el operador en primera instancia de nuestra búsqueda mental, los hechos desaparecen para obligarnos a asumir la veracidad de los datos y ahí nuestro juicio de verdad se obscurece. Finalmente es el sistema de inteligencia de Google el que arbitra sobre la verdad de los datos por su manejo del consenso social de la verdad a nivel global, y bajo sus propios criterios siendo nuestra mente la segunda instancia aunque operamos con los resultados de la primera. Nosotros operaremos exclusivamente con datos, no con hechos. Puesto así, hemos delegado al sistema de búsqueda el saber conocer. Este es el verdadero desorden epistemológico que hemos creado. Corremos el enorme riesgo de olvidar y caer en una situación en la que podríamos decir que sabíamos cómo conocer pero que ahora ya no. Riesgo que enfrentan nuestros estudiantes. Es decir, operar como primera instancia sobre hechos nos obliga a valorar esos hechos con investigación, discernimiento, juicios de valor y juicios de verdad, pero al convertirnos en segunda instancia y delegar en Google la primera instancia de nuestro pensamiento podemos afirmar ahora que nuestros conocimientos ya no son un saber, sino un Google-saber. Es muy posible que la mayor parte de nuestros conocimientos, o el de nuestros escolares, sea un conocimiento “descargado”, adquirido en línea y no producto de su propia experiencia, equipaje de conocimientos y esfuerzo mental con los hechos que se presentan en su vida. Esta diferencia no es poca cosa puesto que nos convierte en vulnerables en cuanto a nuestro propio pensamiento al llevarnos por propia decisión de delegar al buscador la condición de saber cómo saber. Hoy en día, los estudiantes y muchos profesionales ya no se preocupan por indagar y descubrir nuevos hechos, no les aparece como necesario pues suponen que alguien más lo hizo, subió la información a internet y ahora ellos simplemente los “descargan”. Personalmente, me parece inquietante esta situación en el mundo académico y profesional. Parece irse perdiendo el valor que asignamos al saber cómo saber para dedicarnos a ser operadores de conocimientos más que buscadores de los mismos.

Si nos dejamos arrastrar a la especulación por un momento, o un párrafo al menos, podríamos vislumbrar un futuro cercano en el que las personas ya no saben cómo conocer y confían ciegamente en esa mega-mente de Google y mega-memoria del internet como fuente casi inagotable de datos. Casi como un escenario de ciencia ficción, un tanto terrorífico, en el que llegaríamos a una situación en la que afirmaríamos: gogleo, luego no soy, puesto que más bien habría una sola mente enorme, la del Internet y nosotros como seres humanos seríamos operadores solamente para esa mente. Un sometimiento así, incluso voluntario, sería un desastre. Pero más asusta que lo que vemos hoy es que las personas parecen asumir este camino casi con alegría, y que prefieren ser operadores de la verdad que vive en los datos de internet antes que saber cómo conocer y buscar la generación de nuevos hechos a ser enjuiciados por nuestra propia mente en búsqueda de la verdad.

En suma, queda sobre la mesa una opción relevante y necesaria frente a la enorme riqueza de datos que hay en internet, la obligada decisión de utilizar esa fuente de recursos de datos como un anexo a nuestra memoria pero siendo nosotros mismos quienes operen los criterios bajo el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y con nuestra propia inteligencia como primera instancia y no olvidar así el saber cómo saber o, abandonarnos y dejar que sea el internet quien a modo de mega-inteligencia nos sustituya en ese saber cómo saber y olvidarnos de ese saber para convertirnos en… algo distinto a lo que somos actualmente.

Si bien se trata de una decisión, me parece que el motivo que impulsa esa necesaria decisión es la actitud que tengamos frente a nuestros deseos por investigar, ensuciarnos las manos y echar a andar nuestra mente. Por ello creo que mucho del trabajo en el medio educativo tiene que centrarse en favorecer ciertas actitudes frente al conocimiento, a la verdad y a los modos con los que perseguimos y formulamos nuestros discursos de verdad. Eso, tendrá que resultar en un modo de asumir la necesidad de saber cómo saber como parte inherente de la condición humana.

 

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El internet del pensamiento por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

Educación Infoxicada

infoxicacion Aprecio notablemente el uso de las TIC’s en los entornos educativos por varias razones. El sólo hecho de acercar la información requerida por estudiantes y maestros en el momento en el que se desea consultarla es ya una ventaja. Poder comparar lo que otros han hecho con esa misma información, compartirla de modo inmediato y convertirla en puente para el trabajo colaborativo en redes no es poca cosa. Indudablemente todo esto representa grandes ventajas en los procesos de enseñanza-aprendizaje.

Hay, sin embargo, dos problemas que hemos de resolver antes de celebrar la incorporación de tecnologías tan poderosas en la educación. La primera tiene que ver con nuestra capacidad para apropiarnos del conocimiento, ese ejercicio de interiorizarlo y hacerlo formar parte no sólo de nuestro equipaje cultural sino del herramiental disponible cuando realizamos nuestras tareas. La segunda tiene que ver con nuestro ejercicio de valoración del conocimiento aprendido cuando hemos de situarlo dentro de un contexto y horizonte específico que le de sentido. Reflexionemos en torno a estos dos problemas.

La información, por sí misma, puede no convertirse en conocimiento, aunque lo represente, y es aquí donde encontramos el meollo del asunto. Para que se convierta en conocimiento, la información ha de ser procesada por quien pretende aprender algo de ella. Este proceso de interiorización de la información no es otra cosa más que darle significado, esto es, integrarla de algún modo como parte de nuestra experiencia vital y convertirla en recurso, en mirada, en operación metodológica, etc. Con ello, podemos decir que nos hemos apropiado de un conocimiento.

Ahora bien, apropiarnos del conocimiento requiere tiempo puesto que nuestros procesos mentales ordenan, significan, clasifican y realizan todavía más operaciones con la información que estamos procesando para convertirla así en conocimiento. Esto nos fuerza a pensar que si bien nuestra capacidad para aprender es muy amplia, tiene límites, puesto que no podemos aprender todo de golpe sin mediación de tiempo. No me refiero aquí al cuánto nos sea posible aprender sino a nuestra capacidad para integrar la información como conocimiento en un determinado tiempo.

Con las nuevas tecnologías hemos puesto a nuestro alcance de modo casi inmediato una cantidad de información que nos aparece como infinita y esto nos ha resultado un problema. Disponer de tanta información en torno al tema en el que nos encontremos inmersos puede resultar abrumador. Y es aquí donde me apoyo en el término utilizado por D. Innerarity para ilustrar esta sensación de sentir nuestra capacidad de procesamiento sobrepasada por la abundancia de información. Podemos decir que un riesgo inherente a las TIC’s es la facilidad de perder el control en nuestros accesos y uso de la información para quedar, literalmente, infoxicados. Esto es, intoxicados por la información. Tener al alcance de la mano tanta información de modo inmediato nos obliga a clarificarnos dos cosas, la manera en la que hemos de filtrar la información para recuperar aquella que sea pertinente a nuestra tarea y la actitud con la que enfrentamos esa marejada de información para no resultar ahogados por ella. Fallar en ello propicia la infoxicación. Respecto del filtrado, indudablemente requerimos de habilidades críticas que nos permitan clasificar, relacionar y jerarquizar la información, de otro modo tendremos un cúmulo de información aglutinada en nuestra mente pero sin encontrarse interconectada ni ordenada. En suma, datos sueltos que corren el riesgo de convertirse en una carga al conocimiento en vez de fuente del mismo por la posibilidad de sumarlos a nuestra confusión en lugar de que contribuyan a nuestro esfuerzo de esclarecimiento: infoxicación. A su vez, la actitud dependerá de la claridad que tengamos sobre nuestras preguntas en torno al tema que abordamos. Esto es, si bien buscamos respuestas al buscar información, ninguna respuesta es significativa o útil si no tenemos claro lo que preguntamos. De otro modo, nuestra actitud al recabar la información será ambigua, lo que genera dificultades para discriminar la información interesante de la información pertinente. Nuevamente, teniendo como resultado una infoxicación. Para realmente aprovechar al máximo las bondades que nos ofrecen las TIC’s y lograr con su utilización una mejor apropiación del conocimiento hemos de educar en el fortalecimiento tanto de nuestros recursos críticos como en las actitudes que tomamos frente a la información antes de exponer a nuestros alumnos, y a nosotros mismos, a la sobreabundancia de información. Si algo hemos de enseñar entonces, es a sumergirse en la información sin ahogarse y convertir aquella que sea pertinente en conocimiento.

incertidumbre Abordemos ahora el tema del ejercicio de valoración en torno al conocimiento aprendido. Podemos decir que en el contexto de la sociedad actual, donde existe gran abundancia de información y en donde proliferan nuevos conocimientos cada día, asignarle valor a los conocimientos se ha vuelto un reto específico difícil de afrontar. Nos encontramos en una situación en la que hay muchos conocimientos nuevos que se hacen vigentes y otros que se convierten en obsoletos y parte del la historia del conocimiento, todo ello con una rapidez que nos dificulta mantener actualizado nuestro bagaje de información. En la práctica, la sociedad actualiza y deshecha conocimientos a tal velocidad que las dinámicas sociales cambian vertiginosamente y con la consecuencia de que es fácil terminar por asignarle mayor peso a las relaciones entre conocimientos que a los conocimientos mismos. Esto, con la finalidad de encontrar una suerte de estabilidad o al menos condiciones que nos permitan hablar de un estado estable entre los conocimientos a pesar que de que los conocimientos en sí varíen en esa relación, por lo que su valor, el de los conocimientos, fluctúa como en una especie de “bolsa de valores cognitivos” sujetos al deseo y capricho social. Si a esta volatilidad en el valor de los conocimientos le añadimos esta fuertísima tendencia que tenemos de favorecer los conocimientos técnicos especializados, tendremos lo que se señala en el escrito Educar para las incertidubres, donde se pone sobre la mesa que

“La especialización y la fragmentación del conocimiento han producido un incremento de la información que va acompañado de un avance muy modesto por lo que respecta a nuestra comprensión del mundo”

En otras palabras, hemos logrado una magnífica confusión informada, por llamar a este fenómeno de alguna manera. Estamos infoxicados. Si aceptamos este hecho, podemos decir que el primero momento de la incorporación de las TIC’s a la educación, con todo y el gran entusiasmo con el que han sido recibidas, nos dio en cara. Sin embargo, nos resulta claro también su enorme potencial y que debemos superar esta etapa de infoxicación colectiva para convertir a estas herramientas en verdaderas impulsoras hacia horizontes nuevos en la educación, profesionalización y hasta en la vivencia social que sean capaces de propiciar. Son varios los retos que se nos presentan y aquí pongo de relieve solamente uno, la necesidad de poder asignar valor a nuestros conocimientos para, si fuera necesario, resignificarlos. Es entonces que, más allá del ejercicio de jerarquización de nuestros conocimientos por su utilidad práctica, enfrentamos la necesidad de valorarlos respecto del sentido que le queremos dar a nuestra condición humana y situarlos en nuestras comprensiones en torno al mundo en que vivimos.

sillas Esto nos pone en un umbral singular, parece que primero hemos de preguntarnos sobre lo que debemos enseñar más que en el cómo hacerlo. Y para que tenga sentido aquello que debamos enseñar nos vemos obligados a plantarnos con una visión de seres humanos concreta. Esto es, responder a la pregunta sobre quiénes queremos ser. Si podemos suponer que finalmente perseguimos el bienestar en cuanto que los humanos que deseamos ser, se entiende el por qué se ha planteado que es la ética la línea a seguir en el siglo XXI. De modo que, para asignar valor a nuestros conocimientos hemos de rebasar el valor utilitario directo que les hemos dado para revalorarlos desde una perspectiva mucho más amplia, el sentido que le damos a nuestra existencia como personas. Es así que, al menos uno de los elementos que debe ser prioritario en aquello que elegimos enseñar dadas las condiciones actuales, es el pensamiento ético. Puesto en términos de enseñanza, centrar la formación en la persona antes que en la profesión, con lo que cambia el énfasis en las habilidades a fomentar.

Un acercamiento en lógica de la ética que nos permita abordar tanto el problema de la apropiación del conocimiento vs la infoxicación, como el de una valoración de nuestros conocimientos que nos permita asignar lo que debe ser enseñado para educar, es la convergencia de tres miradas éticas: lo que debemos hacer, lo que queremos hacer y lo que podemos hacer. Explorar estas tres miradas, sus relaciones y oposiciones nos puede poner en ruta para esbozar lo que hemos de educar.

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Conciliar estas tres miradas es un reto nada sencillo. No obstante, entusiasma pensar que intentarlo puede derivar en nuevos planteamientos educativos, en pistas para integrar las TIC’s de modo que nos ayuden a replantear el interjuego entre conocimientos y competencias para facilitar aquello que hemos de enseñar en una educación que forme a la persona y la habilite además en la navegación eficaz y eficiente del conocimiento, valorarlo y generar una apropiación que tenga sentido dado un modo de entender nuestra condición humana y las vías con las que perseguimos comprender nuestro mundo.

 

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