La desaparición de la ausencia

Muchos de nosotros seremos, con toda seguridad, la última generación de personas que nacimos y crecimos en un mundo desconectado de internet. Somos actualmente, y seremos para futuras generaciones, el último testimonio vivo del gigantesco bloque histórico de la humanidad pre-internet, somos aquellos seres humanos que sabemos de facto aún lo que significa vivir, construir nuestra identidad y socializar sin estar entramados en la red.

Después de nosotros, los siguientes seres humanos podrán saber lo que era vivir desconectados del internet solamente como un deporte extremo, abrazando tendencias místicas o mediante esforzados ejercicios de imaginación. Y si quisieran imprimirle matices de seriedad entonces será a través de agudas intelecciones de cafetería, grupos de discusión en la red o sesudas reflexiones cabalmente argumentadas. Quizá nuestra generación llegue a ser materia de investigación científica donde antropólogos sociales, biólogos y doctores en ciencias cognitivas se interesen por intentar develar, mediante la aplicación de complejas metodologías cualitativas y cuantitativas, nuestra forma de vida y la manera en la que solventábamos la angustia de la soledad, el desconcierto de la presencia en el mundo sin más herramientas que nuestro carácter, ingenio y las metas que nos propusiéramos como individuos y grupo social.

Aprendíamos a despertar en las mañanas teniendo que asegurarnos a nosotros mismos el valor que como personas teníamos, sin la ayuda de nadie. Vinculábamos los sueños que teníamos con nuestras habilidades y los convertíamos en metas personales; deseábamos pues, ser “alguien” en la vida. Pero no teníamos más camino que convertirnos en un “alguien” forjado por sí mismo, con nuestro propio carácter e identidad y nuestra vida se guiaba por la manera en que lo lográbamos. Fuimos capaces de ponderar nuestra propia autenticidad. Aprendimos a asignar valor a lo dicho y estábamos seguros de que quedaba fijo en la mente de quien escuchara, y sobre lo escrito pensábamos que se volvía una suerte de compromiso eterno de nuestras palabras.

Un rasgo común de las generaciones pre-internet es que podíamos estar ausentes para los demás y, quizá más importante aún, los demás eran por lo general fuertemente ausentes para nosotros, de modo que teníamos muy claro que si algo habríamos de hacer con nuestras vidas lo haríamos básicamente solos y nuestras acciones estarían sometidas a nuestro propio juicio y valoración. No es este un asunto menor pues marca una notable diferencia que nos separa de las generaciones que nos siguen. Por supuesto que había otras personas en nuestras vidas pero eran tan pocas que podíamos identificar con claridad la influencia que cada una de ellas tenía en nuestro decidir y hacer. Esta circunstancia hacía que nuestra identidad se fuera modelando más por la motivación interna que viviera y fuera capaz de desarrollar cada uno de nosotros, por los sueños sobre nosotros mismos que pudiéramos tener y nuestros deseos por incidir en el mundo y la memoria de los demás. Nuestros sueños y deseos se veían mediados en menor manera por motivaciones externas a menos que así lo decidiéramos, pero al menos era una opción personal.

El internet ha venido a ser, en este sentido, un gran cambio porque representa la irrupción de los demás en nosotros mismos de un modo tan avasallador que podría aparecernos como una fuerza irresistible. El internet no sólo ha abierto con su conectividad las puertas del mundo exterior para ponerlo a nuestro alcance, cosa que vemos con un cierto deleite; así parece que lo vemos y disfrutamos la última generación de personas crecidas en condiciones pre-internet puesto que para nosotros esto fue un avance notable a partir de una vida de carencia de información donde cualquier bit de información era valorado cuidadosamente. Nos asustó que aspectos de nuestra vida privada se pudieran hacer públicos, y en el pensamiento de las personas pre-internet esto continúa siendo un problema a resolver y sobre el cual hay que discutir muchas cosas y ajustar marcos de legalidad que hagan respetar la privacidad de los individuos. Sin embargo, lo que nos ha costado mucho trabajo de ver es un problema mucho más delicado aún y es que el internet ha abierto también las puertas del interior de los individuos para que otros puedan incidir en ellos. La cuestión es que los individuos pre-internet podemos ver, por comparación, que lo público interviene la esfera de lo privado con una facilidad tan notoria que sacude no sólo nuestra idea de privacidad sino que pone entre comillas lo que entendemos y valoramos como la conformación de un individuo y sus aspiraciones por una identidad auto motivada, su solidez en cuanto que persona. Vino a causarnos verdadero terror el percatarnos de que todo un modo de vida que concedía valor al individuo como sujeto auténtico y monolítico desaparecía a favor de un individuo colectivizado.

La ausencia de los demás en nosotros permitió hacernos más a gusto y modo, identificarnos a nosotros mismos con ciertas claridades y valorarnos por nosotros mismos. Pero, al desaparecer esa ausencia de los demás en nosotros para convertirse en presencia obligada dentro de nosotros mismos gracias a nuestro estar “en red”, por estar conectados todo el tiempo con los demás, ha cambiado radicalmente la idea de identidad y quizá con ello la noción de individuo. Es por ello que quienes somos la última generación humana pre-internet echamos tanto de menos la ausencia, ese cierto grado de soledad que concebimos como necesaria para el crecimiento del corazón y la mente y que permite, a nuestro entender, la conformación de una identidad que se basa más en los propios deseos por aventurarse en el mundo con un propósito particular y que le confiere a cada individuo su carácter único. Buscar ser auténticos fue una bandera importante, autenticidad como detonadora de aspectos creativos y pensamientos únicos que se compartían como arte o ciencia después de alcanzar un cierto grado de maduración interior y que hasta entonces se abría a diálogo para su depuración.

Hoy, por el contrario, en las primeras generaciones de humanos en red interconectados por el internet, vemos que la entrada de los otros en nosotros mismos, es una presencia constante que ha modificado el modo no sólo de socializar sino de de hacernos a nosotros mismos como individuos. Por eso es que señalo que ahora tenemos individuos colectivizados puesto que la omnipresente mirada de esa enorme cantidad de “contactos” está siempre allí para “corregir y enderezar” cada una de nuestras decisiones y acciones, que son inmediatamente calificadas por los demás sin dar tiempo siquiera a que el individuo haga su propia valoración. De esto, nos percatamos solamente nosotros, los de la última generación pre-internet. Para los jóvenes de hoy, el que sea así es concebido como “normalidad”, sin darse cuenta de que están cediendo algo que la humanidad ha construido a lo largo de los siglos con mucho esfuerzo, las identidades únicas.

El dilema de lo público y lo privado deviene así en la confrontación entre el valor y la autenticidad de un individuo versus el valor del individuo que se construye como un colectivo. Naturalmente, no hay cómo saber hacia dónde nos llevará esto en cuanto que humanidad, pero lo que sí podemos poner de relieve es el hecho de que cambiamos, y que este cambio inicia un modo de vivirse mucho muy diferente cuyos alcances son un misterio aún. Me parece que, por lo pronto, no es posible soltar lo ya ganado como humanidad y que comienzan a aparecer los rebotes, en psicología infantil, en ver los grados emocionales de maduración de los adultos jóvenes. En fin, mucho hemos de hacer para poder rehacernos como humanidad y decidir si incorporamos el internet y su red a nuestras vidas o si nos vamos de boca y nos incorporamos nosotros a la red para formar parte de ella. Se trata de una opción muy específica, de si optamos por expandir nuestra identidad partiendo de rasgos auténticos gracias a la ausencia de los demás -o de su intervención parcial- y usar la red como presencia moderada o de si nos sacrificamos para formar una especie de todo homogéneo y omnipresente, cómodo y cálido pero moralmente un juez implacable, que nos disuelve como presencias sólidas para convertirnos en las ausencias anónimas que se hacen presencia constante en los demás en el abstracto “me gusta” y que en parte dirige la vida e identidad de los demás, a modo de aspirar a ser sólo la sonrisa del gato de Cheshire, sin gato alguno.

 

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La desaparicion de la ausencia por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.