La desaparición de la ausencia

Muchos de nosotros seremos, con toda seguridad, la última generación de personas que nacimos y crecimos en un mundo desconectado de internet. Somos actualmente, y seremos para futuras generaciones, el último testimonio vivo del gigantesco bloque histórico de la humanidad pre-internet, somos aquellos seres humanos que sabemos de facto aún lo que significa vivir, construir nuestra identidad y socializar sin estar entramados en la red.

Después de nosotros, los siguientes seres humanos podrán saber lo que era vivir desconectados del internet solamente como un deporte extremo, abrazando tendencias místicas o mediante esforzados ejercicios de imaginación. Y si quisieran imprimirle matices de seriedad entonces será a través de agudas intelecciones de cafetería, grupos de discusión en la red o sesudas reflexiones cabalmente argumentadas. Quizá nuestra generación llegue a ser materia de investigación científica donde antropólogos sociales, biólogos y doctores en ciencias cognitivas se interesen por intentar develar, mediante la aplicación de complejas metodologías cualitativas y cuantitativas, nuestra forma de vida y la manera en la que solventábamos la angustia de la soledad, el desconcierto de la presencia en el mundo sin más herramientas que nuestro carácter, ingenio y las metas que nos propusiéramos como individuos y grupo social.

Aprendíamos a despertar en las mañanas teniendo que asegurarnos a nosotros mismos el valor que como personas teníamos, sin la ayuda de nadie. Vinculábamos los sueños que teníamos con nuestras habilidades y los convertíamos en metas personales; deseábamos pues, ser “alguien” en la vida. Pero no teníamos más camino que convertirnos en un “alguien” forjado por sí mismo, con nuestro propio carácter e identidad y nuestra vida se guiaba por la manera en que lo lográbamos. Fuimos capaces de ponderar nuestra propia autenticidad. Aprendimos a asignar valor a lo dicho y estábamos seguros de que quedaba fijo en la mente de quien escuchara, y sobre lo escrito pensábamos que se volvía una suerte de compromiso eterno de nuestras palabras.

Un rasgo común de las generaciones pre-internet es que podíamos estar ausentes para los demás y, quizá más importante aún, los demás eran por lo general fuertemente ausentes para nosotros, de modo que teníamos muy claro que si algo habríamos de hacer con nuestras vidas lo haríamos básicamente solos y nuestras acciones estarían sometidas a nuestro propio juicio y valoración. No es este un asunto menor pues marca una notable diferencia que nos separa de las generaciones que nos siguen. Por supuesto que había otras personas en nuestras vidas pero eran tan pocas que podíamos identificar con claridad la influencia que cada una de ellas tenía en nuestro decidir y hacer. Esta circunstancia hacía que nuestra identidad se fuera modelando más por la motivación interna que viviera y fuera capaz de desarrollar cada uno de nosotros, por los sueños sobre nosotros mismos que pudiéramos tener y nuestros deseos por incidir en el mundo y la memoria de los demás. Nuestros sueños y deseos se veían mediados en menor manera por motivaciones externas a menos que así lo decidiéramos, pero al menos era una opción personal.

El internet ha venido a ser, en este sentido, un gran cambio porque representa la irrupción de los demás en nosotros mismos de un modo tan avasallador que podría aparecernos como una fuerza irresistible. El internet no sólo ha abierto con su conectividad las puertas del mundo exterior para ponerlo a nuestro alcance, cosa que vemos con un cierto deleite; así parece que lo vemos y disfrutamos la última generación de personas crecidas en condiciones pre-internet puesto que para nosotros esto fue un avance notable a partir de una vida de carencia de información donde cualquier bit de información era valorado cuidadosamente. Nos asustó que aspectos de nuestra vida privada se pudieran hacer públicos, y en el pensamiento de las personas pre-internet esto continúa siendo un problema a resolver y sobre el cual hay que discutir muchas cosas y ajustar marcos de legalidad que hagan respetar la privacidad de los individuos. Sin embargo, lo que nos ha costado mucho trabajo de ver es un problema mucho más delicado aún y es que el internet ha abierto también las puertas del interior de los individuos para que otros puedan incidir en ellos. La cuestión es que los individuos pre-internet podemos ver, por comparación, que lo público interviene la esfera de lo privado con una facilidad tan notoria que sacude no sólo nuestra idea de privacidad sino que pone entre comillas lo que entendemos y valoramos como la conformación de un individuo y sus aspiraciones por una identidad auto motivada, su solidez en cuanto que persona. Vino a causarnos verdadero terror el percatarnos de que todo un modo de vida que concedía valor al individuo como sujeto auténtico y monolítico desaparecía a favor de un individuo colectivizado.

La ausencia de los demás en nosotros permitió hacernos más a gusto y modo, identificarnos a nosotros mismos con ciertas claridades y valorarnos por nosotros mismos. Pero, al desaparecer esa ausencia de los demás en nosotros para convertirse en presencia obligada dentro de nosotros mismos gracias a nuestro estar “en red”, por estar conectados todo el tiempo con los demás, ha cambiado radicalmente la idea de identidad y quizá con ello la noción de individuo. Es por ello que quienes somos la última generación humana pre-internet echamos tanto de menos la ausencia, ese cierto grado de soledad que concebimos como necesaria para el crecimiento del corazón y la mente y que permite, a nuestro entender, la conformación de una identidad que se basa más en los propios deseos por aventurarse en el mundo con un propósito particular y que le confiere a cada individuo su carácter único. Buscar ser auténticos fue una bandera importante, autenticidad como detonadora de aspectos creativos y pensamientos únicos que se compartían como arte o ciencia después de alcanzar un cierto grado de maduración interior y que hasta entonces se abría a diálogo para su depuración.

Hoy, por el contrario, en las primeras generaciones de humanos en red interconectados por el internet, vemos que la entrada de los otros en nosotros mismos, es una presencia constante que ha modificado el modo no sólo de socializar sino de de hacernos a nosotros mismos como individuos. Por eso es que señalo que ahora tenemos individuos colectivizados puesto que la omnipresente mirada de esa enorme cantidad de “contactos” está siempre allí para “corregir y enderezar” cada una de nuestras decisiones y acciones, que son inmediatamente calificadas por los demás sin dar tiempo siquiera a que el individuo haga su propia valoración. De esto, nos percatamos solamente nosotros, los de la última generación pre-internet. Para los jóvenes de hoy, el que sea así es concebido como “normalidad”, sin darse cuenta de que están cediendo algo que la humanidad ha construido a lo largo de los siglos con mucho esfuerzo, las identidades únicas.

El dilema de lo público y lo privado deviene así en la confrontación entre el valor y la autenticidad de un individuo versus el valor del individuo que se construye como un colectivo. Naturalmente, no hay cómo saber hacia dónde nos llevará esto en cuanto que humanidad, pero lo que sí podemos poner de relieve es el hecho de que cambiamos, y que este cambio inicia un modo de vivirse mucho muy diferente cuyos alcances son un misterio aún. Me parece que, por lo pronto, no es posible soltar lo ya ganado como humanidad y que comienzan a aparecer los rebotes, en psicología infantil, en ver los grados emocionales de maduración de los adultos jóvenes. En fin, mucho hemos de hacer para poder rehacernos como humanidad y decidir si incorporamos el internet y su red a nuestras vidas o si nos vamos de boca y nos incorporamos nosotros a la red para formar parte de ella. Se trata de una opción muy específica, de si optamos por expandir nuestra identidad partiendo de rasgos auténticos gracias a la ausencia de los demás -o de su intervención parcial- y usar la red como presencia moderada o de si nos sacrificamos para formar una especie de todo homogéneo y omnipresente, cómodo y cálido pero moralmente un juez implacable, que nos disuelve como presencias sólidas para convertirnos en las ausencias anónimas que se hacen presencia constante en los demás en el abstracto “me gusta” y que en parte dirige la vida e identidad de los demás, a modo de aspirar a ser sólo la sonrisa del gato de Cheshire, sin gato alguno.

 

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El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad

pasillo3 Se han hecho muy populares en el medio de cuidados paliativos y atención a los ancianos expresiones que tienen que ver tanto con el deseo de replantear la manera en la que enfrentaremos nuestra propia muerte, como con la inquietud por comprender mejor ese período de tiempo en el que al acompañado se le llama moribundo. Ambas cuestiones se refieren a la necesidad muy contemporánea de tener que aprender a irnos de la vida, a saber cerrar el capítulo de nuestro tránsito por este mundo y poder así alcanzar un estado de paz en nuestro morir. Puede resultar extraño a muchos tenernos que plantear siquiera como una necesidad humana el que “tenemos que a aprender a morir”. Esto se debe a que, al parecer, la sociedad actual ha preferido apostar por la ilusión de inmortalidad y fundar sus esperanzas en los fabulosos avances tecnológicos de nuestra época para lograrla. Sin embargo, desterrar la muerte de nuestro horizonte vital puede no ser algo tan deseable en última instancia puesto que es precisamente el saber la necesidad de nuestra muerte lo que contribuye a que le demos sentido a nuestra vida.

Aprender a morir tiene que ver con clarificarnos dos conceptos que por lo general son asumidos como el mismo pero que son aspectos diferentes del vivir y el morir. Se asume en el lenguaje común que al expresar el concepto de muerte digna nos estamos refiriendo al proceso de morir con dignidad, pero esto es un error, y tiene que ver con la oscuridad que suele envolver nuestras actitudes frente al hecho de morir, porque existe un tabú en nuestra cultura en torno al fenómeno de la transición de la vida a la muerte y al cual evitamos asomarnos para conocerlo mejor. Y es que en realidad muerte digna y el morir con dignidad son dos conceptos diferentes que se entrelazan en el acontecimiento del morir en paz.

La muerte digna es un fenómeno cultural, exterior al moribundo y no siempre controlable por quien se encuentra en fase terminal. Tiene que ver más con el entorno, familiares y amigos o quienes guardan alguna relación afectiva con el moribundo. El concepto se refiere a las condiciones que puedan contribuir a la apacibilidad en el tránsito entre vida y muerte. Para ello, la cercanía de los seres queridos se torna importante, el acompañamiento cálido en la despedida. Por supuesto que aparece el dolor de la cercana pérdida de un ser querido y donde las lágrimas del adiós se entremezclan con la alegría de los recuerdos compartidos. El dolor que aparece en la muerte digna es el dolor de quienes se quedan, el dolor de los vivos y donde la tanatología se convierte en el campo de saber y ayuda. La muerte digna es el espacio de los vivos que despiden a su ser querido, es un acoger al moribundo, donde los vivos proveen de sus objetos personales, su cama, su ropa, todos aquellos elementos que resultan cercanos y significativos para el que se va; un proveer del entorno afectivo que ofrece la máxima calidad de vida hasta el último momento. Es acusar de recibido respecto de la vivencia de pérdida, de la despedida. En suma, los que sobreviven proveen del bienestar necesario para procesar su propia pérdida, inician los rituales que conocen y aprecian para el tránsito y el cierre del capítulo vital, ofrecen los elementos que refrendan la pertenencia de quien se va a un grupo -familia y sociedad- lo que contribuye a generar consuelo a los dolientes al buscar hacer trascender a quien se va o ha ido, y reconocer esa trascendencia en ellos mismos.

En otra perspectiva, morir con dignidad es un proceso individual que conlleva la aceptación de que la muerte es un asunto enteramente personal y que significa nuestra despedida de lo conocido. Nadie puede morir por uno y se trata de una vivencia que sucede en parte, en solitario. Morir con dignidad es prepararnos en alcanzar un estado de paz para irnos, un saber desprendernos del equipaje acumulado a lo largo de la vida y dejarla seguir su propia ruta sin nosotros. Alcanzar el estado de paz interior no resulta ser tan sencillo pues no se trata de una decisión, de un esfuerzo racional, sino de aceptación, esto es, de un movimiento emotivo que nos predispone a saber que nuestro tiempo en la vida se ha terminado y que si bien antes formamos parte del tejido de la vida y que de algún modo alteramos un poco ese paisaje vital con nuestras pisadas, ahora formaremos parte del tejido de los recuerdos en aquellos que nos conocieron y que en lo sucesivo nos convertiremos en huellas. Morir con dignidad nos implica entonces aprender a morir, y se traduce entonces como un esfuerzo de vida, no de muerte. Ese aprender se manifiesta en el ejercicio de valorar lo hecho en nuestro andar, revalorar lo que hemos hecho de nosotros mismos con el tiempo de nuestra estadía en la vida, alcanzar algo tan difícil como el perdón, que nos libera de cargas muy pesadas y aligera nuestro equipaje, agradecer la gratuidad que nos puso en el escenario de la vida y nos permitió personificarnos en la obra, desprendernos del miedo al cambio pues si bien fuimos dueños de nuestra vida por algún tiempo no somos dueños de la vida. Lograr todo lo anterior requiere preparación y aprendizaje. Un aprendizaje que se torna hoy en día necesario en virtud de que parece que hemos olvidado nuestra transitoriedad en la vida y donde la sociedad nos invita a evadir, aunque sea en la imaginación, nuestra propia caducidad. Es solamente cuando nos preparamos para nuestra muerte que comprendemos que morir con dignidad significa simplemente vivir sin miedo pues sabemos que moriremos, y al vivirnos sin miedo podemos aspirar a ser personas auténticas con el deseo de que nuestras huellas sean hondas. Morir con dignidad, entonces, se traduce en vivir dignamente nuestra propia muerte. Se trata de una actitud que respete nuestra propia vida aún en sus últimos momentos y poder despedirnos al modo como hemos vivido saboreando hasta nuestro último aliento. Lograr partir sin equipaje y aspirar a la paz del descanso vital, a la quietud, es algo que ha de lograrse por amor propio, por dignidad. Morir con dignidad se sintetiza entonces como vivir con dignidad, crear nuestra propia trascendencia y no otra cosa. Y resulta que al recorrer el camino de aprender a morir terminamos por aprender a vivir, aprendemos así a darle un significado especial a nuestra vida y, con ello, a darle sentido.

Aspirar a una muerte digna y a morir con dignidad se convierte en un proceso que matiza nuestra vida, donde vivir con dignidad significa ir construyendo nuestro inevitable camino hacia la muerte. Aprender a morir nos involucra de modo personal por pensar nuestra propia muerte y entonces nos impulsa a modular nuestra vida con aquello que la llene de sentido. Esto perfila nuestro carácter de autenticidad frente a nosotros mismos y frente a los demás y nos posibilita morir con dignidad, es decir, vivir con dignidad hasta nuestro último aliento. Los otros, no obstante, formarán parte de nosotros mismos, de lo que logramos hacer de nosotros mismos y llamamos nuestro ser, y serán no sólo contribuyentes sino testigos además de esos en quienes nos hemos convertido. Hacernos a nosotros mismos será siempre también un hacernos con los demás y a través de los demás, y al consolidar nuestra pertenencia a un “nosotros” construido con los otros formaremos parte de lo que colectivamente construimos como un pensar lo que la vida humana debe de ser, y de allí a compartir lo que entenderemos como una muerte digna, que en su momento, nos será ofrecida por aquellos con los que hemos vivido.

Se establece una reciprocidad entonces entre la muerte digna y el morir con dignidad pues se alimentan mutuamente, una se logra a través de la otra y viceversa, son movimientos mutuos donde uno genera la necesidad del otro y entre ambas contribuyan a resolver el deseado camino para lograr esa paz tan buscada a la hora de transitar por el camino de nuestra muerte. De este modo, la articulación entre lo que concebimos como muerte digna y morir con dignidad nos ponen en vía de reconocer lo que a nosotros nos aparece como vivir dignamente para que así, en el aprender a morir, aprendamos a realmente vivir.

 

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El sentido del final de nuestra vida

vida Desde que nacemos nos encaminamos sin escapatoria hacia nuestro final. Pareciera esto un destino amargo, tener que atravesar por eso que llamamos nuestra vida y que contiene de modo inevitable su buena carga de sufrimiento para que, al final, nos convirtamos en una historia de vida que desaparece lentamente en la memoria y el recuerdo de los demás. La vida está, sin embargo, llena también de encuentros fabulosos, eso es indudablemente cierto, pero de igual modo contiene sus desencuentros y despedidas. Y estas pérdidas se hacen irremediablemente más frecuentes conforme avanzamos en edad. Pocas cosas ensombrecen tanto nuestros encuentros como saber que eventualmente nos despediremos. Y no es que haya un por qué o un para qué de tanta rudeza y dolor en la vida, es simple y llanamente así nos guste o no.

Sin embargo, y a pesar de lo desconcertante de nuestra situación de vida, contamos con sólo dos caminos a elegir cuando intentamos aproximarnos a la verdad desnuda de la vida humana, así, cara a cara, y nos preguntamos por el sentido que puede tener nuestra vida dado el hecho de nuestra caducidad.

Por un lado, y para poder conferirle algún sentido a nuestra vida, podemos elegir intentar negar nuestro destino y luchar para aumentar nuestra fortaleza frente a la vida, con la quizá soñadora esperanza de vencerla. Pero, para qué desearíamos vencer a la vida si no hemos sido capaces de asignarle un sentido a nuestra estancia aquí. Es decir, cuál es el caso de simplemente “permanecer” e irnos llenando de experiencias así como se llena un contenedor si no le atribuimos un sentido a nuestro tránsito por la vida. Me parece que sería un verdadero infierno de sufrimiento y aburrimiento que nos iría socavando el espíritu hasta alcanzar un estado de completa indiferencia vital tanto para el mundo como de nosotros mismos, un abandono al amor por la vitalidad que implica un cierto riesgo. Las caprichosas aspiraciones de inmortalidad que tenemos no parecen reflejar un deseo de movimiento y continuidad, el cambio constante, sino que parecen expresar el terror que sentimos al caer en cuenta de que tenemos fecha de caducidad y de allí es que nace el deseo de “congelar” el movimiento de la vida para continuar aquí, permanecer, así porque si, aún sin propósito, lo cual lleva al estancamiento y la inmovilidad. Con este camino no veo la manera de escapar de la vulgarización y trivialización de la propia vida por el miedo a morir, la caída en la desesperanza y la desolación de la muerte en vida.

Por otro lado, la segunda opción que tenemos para enfrentar nuestra caducidad es aceptar la fragilidad inherente que conlleva el estar vivos y que tenemos por ser seres humanos. Afirmar que la fragilidad es quizá el mejor camino para darle sentido a nuestra vida y en contraposición a la fortaleza, parecería un absurdo cuando es mirado desde el imaginario contemporáneo de nuestras aspiraciones y ese vanidoso valor autoasignado, que algunos confunden con la autoestima. Sin embargo, es posible pensar que la fragilidad se termina por convertir en nuestra mayor fortaleza cuando se traduce en el impulso de nuestro movimiento vital. Es la necesidad generada desde nuestra fragilidad la que nos moviliza y nos mantiene vigentes no sólo como seres vivos sino también como humanos que se miran distintos a quienes carecen de sueños. Esto es, precisamente porque somos concientes de ser tan frágiles y nos resulta tan abrumador oponernos al mundo para continuar vivos y porque queremos develarnos al modo en el que nos hemos soñado, es que nos descubrimos como seres que hacen nacer la esperanza dentro de si. Aún si se trata de la esperanza de los bobos, es tan fuerte ese empuje que nos motiva a enfrentar hasta lo racionalmente imposible. Y resulta que es justamente ahí donde encontramos nuestro valor, el sentido de nuestra vida y la puerta a nuestras propuestas de espiritualidad. Saber que nuestro recorrido en la vida tendrá fin nos impulsa hacia lo vital, al movimiento y a postularnos a nosotros mismos de un modo determinado.

Racionalizar nuestra caducidad, como lo han hecho grandes autores, ofrece algunas claridades sin duda, pero esa claridad no alivia el dolor de nuestra fragilidad. Tal vez, y sólo tal vez, sea la poesía la que revela con más éxito nuestra deseo de vida y de lo que oculta esa añoranza de paz que habita en nosotros.

Fragilidad

¿Quién dijo que la vida es frágil?
Más bien la fragilidad, como las trepadoras,
se enraiza en el tronco de la muerte,
vive de ella
se alimenta de su sábila
hasta el punto de dejarla inmóvil,
estática
condenada a contemplar la vida.
Lo humano, que se cree un simple espectador de esta escena,
se convierte, sin darse cuenta, en un campo de batalla
en donde la vida se reproduce a sí misma,
en donde la muerte lucha por mantenerse muerte
abrazada hasta la asfixia.
Sin más, la vida reclama para sí lo humano
mientras que lo humano
secretamente anhela algo más
quizá por ello, y a hurtadillas como un roedor,
de a poco, troza las guías de la fragilidad
aunque se contamine por su esencia.
Pobre humano, infectado hasta la médula
por la fragilidad, se entiende al fin
como lo que es:
un arrebato de vida
un anhelo de muerte.
Pero… no fueron la vida, la muerte
o la fragilidad quienes lo hicieron ser
lo que es.
El amor, tal vez… de ser así
no habrá descanso
hasta fundirse con él en un abrazo
y, más allá de la vida, la muerte y la fragilidad
se convertirá en el rabillo de esperanza
que se cuela en todo suspiro.
Y… mientras la vida reclama lo humano,
lo humano no se conforma con la vida
quiere acaso tocar lo divino
quiere acaso saber que lo humano
nunca muere.
Y… mientras lo humano reclama para sí la muerte,
ve en la fragilidad la posibilidad de reencontrarse
con quien despertó lo humano en él.
                                                                       -Marcel Salles-
 Sin importar la dirección de nuestros pasos, caminamos hacia nuestra muerte, eso es un hecho. Y aunque aceptemos que nos inclinamos a rechazar la muerte porque nos gana el hambre de experiencias vitales, lo cierto es que serán estas experiencias las que nos irán consumiendo a nosotros hasta no dejar ni los huesos. Conforme el tiempo avanza y la vida nos ofrece el mundo, al mismo tiempo nos devora. Es aquí donde nuestra fragilidad se hace más notoria, cuando nuestra muerte se hace presente en cada latido con una promesa de paz en medio de la explosión vital. Es entonces que nuestra fragilidad hace que nos preguntemos por la meta de la esperanza, pues deseamos vivir pero queremos también alcanzar la paz. No puedo imaginar el valor de la vida sin necesidad de la muerte. La vida exige su muerte, de otro modo no cabrían siquiera las valoraciones en torno a la fragilidad o a la vida y, con ello, se esfumaría la posibilidad de otorgarle cualquier sentido a nuestra vida. Es pues el sabernos con fecha de expiración y en condiciones de fragilidad lo que, finalmente, nos pone en el umbral de poder soñar en alcanzar un estado en el que seamos capaces de recordar y quizá revivir en paz lo recorrido en la vida, vernos esperanzados en…

 

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Los Nuevos Viejos y su Calidad de Vida

Las sociedades cambian y así lo hacen también las maneras con las que nos procuramos unos a otros. En esta época, la sociedad centra su atencion en los cambios tecnológicos y en la forma en que estas tecnologías son adoptadas por la juventud. En la creencia, quizás, de que son los jóvenes quienes se ven mayormente “afectados” por las presiones tecnológicas. Sin embargo, esta apreciación es parcialmente errónea.

La mayor afección la resiente un sector social comúnmente olvidado, nuestros ancianos. Los cambios tecnológicos impulsan modos de convivencia muy diferentes a los de antaño, y no es simple que una persona de 70 años, por poner un ejemplo, se anime con facilidad a descubrir cómo se utiliza un ipod, o a usar el skype para comunicarse con sus seres queridos, o siquiera se adapte a la velocidad de respuesta que implica comunicarse vía texto con el SMS de los celulares, ya ni se diga usar, para empezar, el celular con sus pequeñas teclas y pantallas. Todo ello, en su conjunto se ha convertido en una barrera que excluye con facilidad y ha dejado a nuestros ancianos, en plena era de la comunicación, mudos, aislados.

Si a este “olvido” de nuestros ancianos le aunamos una segunta situación que si bien suele denotar una visión socialmente responsable se ha convertido también en un problema que resienten los adultos mayores, la Calidad de vida de nuestros ancianos se ve sacudida con fuerza. Me refiero a lo siguiente, antes, los matrimonios tenían muchos hijos, y al llegar a la vejez, tanto el gasto como el cuidado de los padres se distribuía entre todos los hermanos disminuyendo la carga económica y en tiempo asignado para los familiares. En la actualidad, las parejas de clase media tienen en promedio 1.5 hijos, lo cual desprende dos situaciones conflictivas. Por un lado, la carga económica recae sobre un pequeño grupo de familiares, de tal modo que puede ser lo suficientemente alta como para estresar las finanzas familiares y detonar serios conflictos que no requieren de mayor explicación por su obviedad.

Por otro lado, si a lo anterior le aunamos que la esperanza de vida del adulto mayor se encuentra hoy por arriba de los 75 años, entonces los ancianos viven hoy más tiempo que anteriormente. Esto, si bien es un salto positivo en términos de la medicina, ha implicado una revolución en el aspecto social, puesto que además de tener una creciente comunidad de ancianos en nuestra sociedad, muchos de ellos se encuentran en buen estado de salud y dispuestos a realizar actividades y continuar con la vida. Nada de esto es, por si mismo un problema, salvo para nuestra sociedad, pues altera considerablemente la percepción social de los ancianos. Antes, visitar a los abuelos era enfrentar el cuadro de una persona medianamente desvalida, enferma, con poca o nula movilidad y de quien se esperaba, de alguna forma, su deceso próximo. Era un cuadro que si bien podía ser amoroso, lo era también de conmiseración. Hoy, visitar al los abuelos puede significar considerar su agenda, pues entre sus horas de ejercitación, visitas a museos, convivencia con sus amistades o cuestiones de trabajo, deja de ser un asunto de conmiseración. Se enfrenta uno a miembros muy activos en la sociedad pero en una condición donde la sociedad no cuenta ni con la infraestructura ni los recursos económicos asignados para ellos, además de que no cuenta entre su arsenal de usos y costumbres con los mecanismos de relación para incluir a los ancianos como miembros activos de la sociedad.

Hablamos, literalmente, de un nuevo sector de la sociedad: los “Nuevos Viejos”. Adultos mayores que poseen las facultades de movilizarse en la ciudad, de realizar trabajo, de llevar a cabo actividades que impliquen incidencia social, consumidores de bienes y servicios y que esperan vivir muchos años más. Pero, viven en una sociedad no preparada para ellos. La situación es quizás similar a la que viven los adolescentes, que enfrentan un mundo que no sabe qué hacer con ellos y que les ofrece pocas oportunidades. No obstante, los adolescentes cuentan con las herramientas tecnológicas y de comunicación para abrirse camino, mientras que los adultos mayores, en su condición de relegados e incomunicados se encuentran en desventaja. Ellos no encuentran las vías para decirle a la sociedad que allí están y que quieren continuar y ser parte activa de la sociedad, se requiere que sea la sociedad quien, en justicia, les abra las puertas y los incluya. Esta maroma social parece comenzar ya, pero aún le falta cobrar fuerza.

Son los adultos mayores, en cuanto que “Nuevos Viejos” quienes han ido encontrando su vía de reinserción social. Muchos de ellos viven solos y mantienen una vida activa. Han recurrido a desembarazarse de las viejas casonas por su elevado costo de mantenimiento para recurrir a casas unipersonales, pequeñas y de fácil mantenimiento y adaptación a sus necesidades. Mientras las constructoras operan sobre el gran mercado de las familias pequeñas para diseñar sus casas, otro sector comienza a ser atractivo, el de casas unipersonales con servicios cercanos, al estilo de “comunidades”. Otros se reúnen en casas hogar, asilos, estancias y hasta comparten casas que rentan o compran para un pequeño grupo donde reparten gastos. Así, tenemos una creciente comunidad de Nuevos Viejos que viven como “roomies”, como lo que la sociedad acostumbra ver en estudiantes foráneos. La lógica de “familia tradicional” se ve sacudida con esto de varias formas aunque eso lo discutiré en otro post.

¿Qué significa la calidad de vida para nuestros Nuevos Viejos?
Por lo pronto, habilitar el derecho a ser incluídos como miembros activos de la sociedad, romper la marginación de la cual son objeto. Esto implica todo un movimiento cultural puesto que en la sociedad contemporánea, al menos en la mexicana, no existen siquiera los mecanismos para este movimiento de inclusión, ya no se diga los instrumentos para su habilitación laboral o servicios específicos, espacios lúdicos o infraestructura urbana adecuada a su condición de mayor fragilidad. Se está llevando a cabo por organizaciones sociales apenas, como una presión de abajo hacia arriba.

Poder esforzarse por alcanzar una vida plena, contar con los recursos mínimos para ser vistos y aceptados como miembros de la sociedad se torna en esencial. Ya no se trata únicamente de gozar de buenos servicios de salud, sino de gozar de de otros servicios que los pongan en el escenario social de un modo diferente. Cuestión que abordaré en el siguiente escrito a modo de continuación.

Reflexiones en torno a la Calidad de Vida (2)

Cuando hablamos de la noción de Calidad de Vida, lo común es ponerla sobre la mesa como un referente indiscutible para darle peso a nuestras afirmaciones, lo cual convierte a la noción en un argumento con el que justificamos tomar decisiones respecto de la vida y la muerte, aunque me parece que, más en el fondo, se trata de poner de relieve en nuestras decisiones el enorme valor que le damos al sentido de la vida humana y que, con ello, queremos meter en la ecuación aspectos que son difíciles de atrapara de modo objetivo pero que encierran aquello que valoramos más.

Así pues, cuando insertamos en la conversación la noción de calidad de vida, estamos realmente poniendo en juego tres elementos. Por un lado, la noción se compone ya de dos términos complejos, el de vida y el de calidad; y por otro lado, el valor agregado del sentido de vida con el que queremos calificar la cuestion por la cual introdujimos la noción en la discusión.

Lo primero que salta a la vista es que cuando expresamos “calidad de vida” se requiere primero que exista la vida. Es por ello que se le da un valor primordial a la vida pues se asume como un bien irrenunciable en la medida en que es la condición que posibilita cualquiero otra valoración y por ello se suelen justificar una gran variedad de decisiones. Se argumenta que primero está la vida y posteriormente se valora la calidad de la misma. En esta perspectiva estamos frente a un criterio con el que pueden manejarse parámetros objetivos como el estado de salud, las condiciones habilitantes de las terapias curativas o las situaciones inhabilitantes de las enfermedades y padecimientos. Esto, por poner sólo un ejemplo bajo la mirada de la medicina técnica, pero puede ser abordado igualmente desde la economía como la habilitación financiera para sobrevivir o llevar a cabo un plan de vida, y lo mismo podrán hacer muchas otras disciplinas científicas. En su conjunto, las ciencias privilegiarán el carácter objetivo de la calidad de vida y tomarán la vida como eje fundamental para tomar decisiones.

La incorporación de la valoración de la vida como con calidad o sin ella se convierte en el elemento base para darle un sesgo a nuestras decisiones de vida y muerte. La dificultad está en que para calificar la calidad se incorporan aspectos subjetivos difíciles de unificar. Aquí encontraremos el enfrentamiento entre las diferentes valoraciones entre riqueza y pobreza, entre las perspectivas que se pueden tener respecto de la felicidad y las condiciones para alcanzarla, etc. Si bien podemos afirmar que cada persona tiene una mirada única frente a lo que considera calidad para su propia vida tambien es cierto que nunca estamos solos y que formamos parte de una sociedad. La sociedad de la cual somos parte elabora una visión más o menos conjunta de los aspectos que, para esa sociedad, son aquellos que se han de privilegiar para alcanzar una vida de calidad. Esos aspectos son los que tarde o temprano se decantan como derechos en el sistema legal que rige a dicha sociedad. La ley y la moral social representan usualmente el conglomerado de aspectos subjetivos que esa sociedad valora como fundamentales para alcanzar una vida de calidad. Por esa razón, las ciencias que operan en una sociedad buscan apegarse a las normas morales y a la ley. Sus prácticas representan esa visión global que representa el modo en que esa sociedad aspira a alcanzar la calidad de vida.

La noción de calidad de vida reune así, en una sola expresión, las aspiraciones de las personas y sociedades con las mediciones objetivas que hacemos de nuestra condición de vida. Sin embargo, esta conjunción no se encuentra libre de dificultades puesto que si bien podemos desarrollar modos de identificar lo que socialmente entendemos como calidad para una vida, los factores subjetivos son arbitrarios y pueden, en algunos casos, ir contracorriente, y de modo legítimo, a lo que la sociedad ha fijado como apropiado. Esto es, hacemos eco a la frase común de “cada cabeza es un mundo”.

De este modo, apostar por la calidad de vida implica de modo necesario considerar las convicciones y deseos de la persona sobre quien se está buscando tomar decisiones. Aquí entramos a la parte más espinoza de la noción de calidad de vida pues este hecho nos remite a lo siguiente: Por un lado, no habría una forma universal de encasillar de modo único la noción de calidad de vida pues se encuentra, en parte, sujeta a la voluntad de los individuos y su modo particular de entender su propia vida. Lo cual tiene como consecuencia la imposibilidad de general una comprensión única de la calidad de vida de los seres humanos aunque, tambien es cierto que se pueden generar criterios basados en la protección de la vida entendida como un valor crucial pero, y este es el gran “pero”, bajo la aceptación de que los elementos subjetivos pueden modificar el peso específico del valor de la vida dado que las personas podemos asignar mayor fuerza a otros valores con los cuales darle sentido a nuestra propia vida. Esto explica que una madre pueda optar por perder su propia vida en favor de la de un hijo, o una persona se rebele a la tiranía y esté dispuesta a perder su vida en una lucha por defernder o ganar otros valores. Esta sola cuestión cambia radicalmente el eje de discusión cuando se habla de calidad de vida. Así, si centramos los criterios para tomar decisiones respecto a la calidad de vida en el valor de la vida misma entraremos en un callejón sin salida.

Esto quiere decir que si bien debe existir la vida para que podamos proponer otros valores, vivir humanamente significa asignarle peso a esos otros valores, perseguir los que se consideran más importantes y vivir de acuerdo a la forma en que se han jerarquizado esos valores. Podemos decir que vivir humanamente no es igual a vivir a secas. Vivir, así, sólo vivir, es más bien un sobrevivir y posiblemente todo el reino de la vida se apega a estos términos. Sin embargo, vivir humanamente significa algo más que sobrevivir, significa perseguir lo que se desea lograr para la propia vida y esto puede ir por una ruta diferente a la del sobrevivir. Dedicarse al arte o a trabajar en un sistema de producción es en realidad perseguir valores que no necesariamente son los de la biología: que es mantener la vida vigente, sino valores sociales y personales en los que la vida es sólo una variable de la ecuación. Podemos decir que vivir humanamente sigue una ruta que nos lleva a privilegiar otros valores como por encima de la vida misma y que por ello la noción de calidad de vida, cuando se refiere únicamente a la protección de la vida, resulta insuficiente. Por ello, trataremos ahora de encontrar un referente para esta noción que tome en cuenta no la vida como valor incuestionable sino la vida humana. Sería darle sentido y cabida en la noción de calidad de vida a eso que llamamos “vivir bien”.

Por esta razón, buscaremos darle un aterrizaje a la noción desde un valor diferente, la libertad. Pero eso, referir la noción de calidad de vida a la libertad, lo haremos en el siguiente post.

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Reflexiones en torno a la calidad de vida II by Marcel Salles is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 2.5 Mexico License.

 

Invitación a la lectura sobre la naturaleza humana

Tengo el gusto de compartir con ustedes el conjunto de reflexiones sobre el cuerpo humano, las prótesis y nuestra naturaleza como seres humanos que eventualmente se convirtieron en mi tesis doctoral. En ella realizo una exploración en torno a la naturaleza humana vista desde una de las disciplinas que ha tenido avances muy significativos en la comprensión de la vida humana, me refiero, naturalmente, a la INGENIERÍA BIOMÉDICA. Creo que poner sobre la mesa las reflexiones que me surgieron con la práctica de la ingeniería aplicada al cuerpo humano puedan ser de utilidad, o al menos incitantes, para ese gemio que me es tan entrañable, mis compañeros de camino. Por supuesto, todo comentario, discusión o controversia es más que bienvenida, pues de eso se trata esto, de compartir perspectivas con la mirada siempre puesta en la búsqueda de una mejor comprensión de la naturaleza humana.
Los documentos los podrán encontrar en la categoría de HOMBRE Y PRÓTESIS de este blog. Se encuentran en formato pdf y pueden ser descargados si así les interesa aunque pueden ser leídos íntegramente en el visor que puse para tal efecto.

Del mismo modo, la Dra. Ruth Béjar tuvo la amabilidad de compartir también su tesis, que versa sobre la memoria, el tiempo y la esperanza. Una búsqueda filosófica por entender mejor la naturaleza humana cuando nos descubrimos esperándonos a nosotros mismos como realidad concreta sujeta al tiempo. Sus documentos se encuentran en la categoría MEMORIA Y ESPERANZA bajo el mismo formato y en carácter de descargables.

Ambos esperamos realmente, que éstos documentos sean detonadores de reflexiones y debate en torno a esa muy nuestra, naturaleza humana, pues buscar comprendernos como humanidad nos pone en camino para proponernos como humanidad.

Un afectuoso saludo,

M. Salles.

Reflexiones en torno a la Calidad de Vida (1)

Todos hablamos, tarde o temprano, de preservar la calidad de vida pero, ¿A qué nos referimos cuando afirmamos tal cosa? Es claro que todos entendemos algo que resulta común en esa expresión y que apunta hacia algo bueno y, al mismo tiempo, cada uno de nosotros posee una aproximación muy personal de lo que queremos decir cuando ponemos la afirmación sobre la mesa. En este y los siguientes posts, trataré de explorar algunas cuestiones respecto de la calidad de vida que tal vez nos ayuden a atrapar mejor esa noción.

Para abrir boca, hay que tomar en cuenta que la noción de calidad de vida no es particularmente nueva aunque no siempre ha recibido ese nombre y que, además, la manera en la que se persigue o se busca instrumentar en la vida de los seres humanos ha variado a lo largo del tiempo y las sociedades. En términos generales, lo que parece permanecer constante en la historia de la noción, es la convicción de que a los seres humanos no nos resulta suficiente con vivir, entendiendo por esto la necesidad o el deseo de mantenernos con vida. Vivir, en ésta lógica, equivale realmente a sobrevivir; esto es, realizar las acciones necesarias para mantener nuestro organismo en condiciones de operación biológica. En esta óptica, la pertenencia al reino de la biología nos impone ciertas operaciones para poder cumplir con las condiciones mínimas necesarias para mantenernos con vida. Proveernos de nuestros alimentos, guarecernos de las inclemencias del tiempo, atravesar por etapas de sueño, socializar y disminuir los riesgos propios de la vida, por señalar algunos, son ejemplos de las actividades que hemos de realizar para lograr que la vida permanezca en nosotros. En este punto, podríamos decir que los seres humanos compartimos las exigencias propias de la vida orgánica. Con esto se pone de relieve la dimensión objetiva de la calidad de vida: aquellas categorías que debemos cumplir para mantenernos en las mejores condiciones de salud posibles tales como una alimentación suficiente, hidratación, temperatura corporal, etc. Aún bajo esta perspectiva, hablar de calidad de vida no resulta sencillo puesto que las necesidades biológicas varían de acuerdo a nuestra edad, actividad, sexo, condiciones particulares de salud y otros aspectos que tienen que tomarse en cuenta para deducir las condiciones óptimas para cada ser humano. El valor de los parámetros, además, puede por supuesto variar, segun las condiciones de vida de cada individuo, sus padecimientos, situación de vida, etc.

Pero, y este es un gran pero, frente a lo anterior los seres humanos no parecemos conformarnos con las actividades impuestas desde la condición biológica que, si bien son obligatorias para mantenernos con vida, resulta que no satisfacen lo que ordinariamente concebimos como vida humana. Aquí se encuentra el punto que da origen de lo que entendemos hoy como calidad de vida. En esa insatisfacción muy nuestra frente a la vida orgánica se apoya una dimensión subjetiva, más amplia y rica, de la calidad de vida.

Al parecer, a los seres humanos no nos basta con vivir sino que, además, queremos vivir “bien”. Este vivir “bien” hace la diferencia cuando hablamos de calidad de vida y es justamente lo que le da sus contenidos. Con esto me refiero a que solemos asignarle valor a nuestra experiencia vital para convertirla en experiencia de vida, nuestra vida. Esto lo logramos porque nuestras experiencias a lo largo de la vida no se quedan únicamente en un “haber vivido” entendido como un “logré sobrevivir al día siguiente”, sino que asociamos la experiencia vital con nuestros sueños, nuestros deseos, las metas que nos forjamos y la aglutinación de experiencias previas que forman nuestra historia personal. Nuestra experiencia vital se impregna de las emociones que nos atraviesan durante y después de la experiencia. Así pues, nuestra historia de vida contribuye a formar un todo que rebasa la pura experiencia de vivir para convertirse en “mi” experiencia de tal vivencia. Es desde la interpretación que hagamos de nuestras experiencias y del valor que le asignemos a esa visión, muy personal, que elaboramos la primera perspectiva de lo que sería la dimensión subjetiva de la calidad de vida, una perspectiva de lo interior.

La segunda perspectiva subjetiva, nos viene de fuera, de la experiencia colectiva que creamos por vivir dentro de una sociedad. En general, se puede decir que los aspectos culturales que nos modelan, los valores y las metas sociales de la época de la cual participamos nos presentan un horizonte de posibilidades de lo que puede significar vivir “bien”. Es más bien común que participemos de una particular jerarquización de valores según la sociedad en la que vivamos y, con ello, se puede afirmar que la sociedad contribuye notablemente no sólo al modo en que solemos interpretar las cosas que nos suceden, también a identificar los logros que hemos de perseguir y las metas por alcanzar, así como a valorar ciertos aspectos de la vida como deseables y buenos y a rechazar otros aspectos que se consideren malos o despreciables.

Vivir bien, entonces, se convierte en un horizonte un tanto vago como para poder ser generalizado. Cada persona aún dentro de una misma sociedad puede plantearse expectativas muy diferentes a partir de sus propias experiencias de vida aún si participa de un conjunto de valores compartidos con la sociedad. Así, aspectos como la espiritualidad, la idea de felicidad, el amor, el éxito laboral y muchas otras esferas tan propias de lo humano, impregnan nuestro modo de vivir, lo que soñamos y lo que deseamos; se convierten en nuestra idea de lo que es vivir. Podemos concluir que para nosotros, vivir se traduce como vivir humanamente y eso significa, en general, el hecho de que privilegiamos aspectos subjetivos para calificar nuestra propia vida. Esto quiere decir que rechazamos como modo de vida el puro intento por sobrevivir y que apostamos fuertemente por una idea que entiende por calidad de vida la inclusión de un modo de vivir, más allá de la pura sobrevivencia.

Esta sea tal vez la razón de que la noción de calidad de vida, si bien tan generalizada, resulte al mismo tiempo tan vaga y poco “atrapable”. Por lo pronto, se desprende ya que la noción de calidad de vida posee componentes tanto objetivos como subjetivos y que entendemos calidad de vida desde una perspectiva que tiende a lo que entendamos como un vivir bien. Esto no quita, sin embargo, que debamos buscar comprensiones comunes de mayor precisión para la noción puesto que en ciertos puntos de la vida humana se hace importante tomar decisiones con la ayuda de la idea que tengamos, como conjunto, de lo que es calidad de vida. Estas y otras inquietudes las abordaremos en el siguiente post.

M. Salles

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