El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad

pasillo3 Se han hecho muy populares en el medio de cuidados paliativos y atención a los ancianos expresiones que tienen que ver tanto con el deseo de replantear la manera en la que enfrentaremos nuestra propia muerte, como con la inquietud por comprender mejor ese período de tiempo en el que al acompañado se le llama moribundo. Ambas cuestiones se refieren a la necesidad muy contemporánea de tener que aprender a irnos de la vida, a saber cerrar el capítulo de nuestro tránsito por este mundo y poder así alcanzar un estado de paz en nuestro morir. Puede resultar extraño a muchos tenernos que plantear siquiera como una necesidad humana el que “tenemos que a aprender a morir”. Esto se debe a que, al parecer, la sociedad actual ha preferido apostar por la ilusión de inmortalidad y fundar sus esperanzas en los fabulosos avances tecnológicos de nuestra época para lograrla. Sin embargo, desterrar la muerte de nuestro horizonte vital puede no ser algo tan deseable en última instancia puesto que es precisamente el saber la necesidad de nuestra muerte lo que contribuye a que le demos sentido a nuestra vida.

Aprender a morir tiene que ver con clarificarnos dos conceptos que por lo general son asumidos como el mismo pero que son aspectos diferentes del vivir y el morir. Se asume en el lenguaje común que al expresar el concepto de muerte digna nos estamos refiriendo al proceso de morir con dignidad, pero esto es un error, y tiene que ver con la oscuridad que suele envolver nuestras actitudes frente al hecho de morir, porque existe un tabú en nuestra cultura en torno al fenómeno de la transición de la vida a la muerte y al cual evitamos asomarnos para conocerlo mejor. Y es que en realidad muerte digna y el morir con dignidad son dos conceptos diferentes que se entrelazan en el acontecimiento del morir en paz.

La muerte digna es un fenómeno cultural, exterior al moribundo y no siempre controlable por quien se encuentra en fase terminal. Tiene que ver más con el entorno, familiares y amigos o quienes guardan alguna relación afectiva con el moribundo. El concepto se refiere a las condiciones que puedan contribuir a la apacibilidad en el tránsito entre vida y muerte. Para ello, la cercanía de los seres queridos se torna importante, el acompañamiento cálido en la despedida. Por supuesto que aparece el dolor de la cercana pérdida de un ser querido y donde las lágrimas del adiós se entremezclan con la alegría de los recuerdos compartidos. El dolor que aparece en la muerte digna es el dolor de quienes se quedan, el dolor de los vivos y donde la tanatología se convierte en el campo de saber y ayuda. La muerte digna es el espacio de los vivos que despiden a su ser querido, es un acoger al moribundo, donde los vivos proveen de sus objetos personales, su cama, su ropa, todos aquellos elementos que resultan cercanos y significativos para el que se va; un proveer del entorno afectivo que ofrece la máxima calidad de vida hasta el último momento. Es acusar de recibido respecto de la vivencia de pérdida, de la despedida. En suma, los que sobreviven proveen del bienestar necesario para procesar su propia pérdida, inician los rituales que conocen y aprecian para el tránsito y el cierre del capítulo vital, ofrecen los elementos que refrendan la pertenencia de quien se va a un grupo -familia y sociedad- lo que contribuye a generar consuelo a los dolientes al buscar hacer trascender a quien se va o ha ido, y reconocer esa trascendencia en ellos mismos.

En otra perspectiva, morir con dignidad es un proceso individual que conlleva la aceptación de que la muerte es un asunto enteramente personal y que significa nuestra despedida de lo conocido. Nadie puede morir por uno y se trata de una vivencia que sucede en parte, en solitario. Morir con dignidad es prepararnos en alcanzar un estado de paz para irnos, un saber desprendernos del equipaje acumulado a lo largo de la vida y dejarla seguir su propia ruta sin nosotros. Alcanzar el estado de paz interior no resulta ser tan sencillo pues no se trata de una decisión, de un esfuerzo racional, sino de aceptación, esto es, de un movimiento emotivo que nos predispone a saber que nuestro tiempo en la vida se ha terminado y que si bien antes formamos parte del tejido de la vida y que de algún modo alteramos un poco ese paisaje vital con nuestras pisadas, ahora formaremos parte del tejido de los recuerdos en aquellos que nos conocieron y que en lo sucesivo nos convertiremos en huellas. Morir con dignidad nos implica entonces aprender a morir, y se traduce entonces como un esfuerzo de vida, no de muerte. Ese aprender se manifiesta en el ejercicio de valorar lo hecho en nuestro andar, revalorar lo que hemos hecho de nosotros mismos con el tiempo de nuestra estadía en la vida, alcanzar algo tan difícil como el perdón, que nos libera de cargas muy pesadas y aligera nuestro equipaje, agradecer la gratuidad que nos puso en el escenario de la vida y nos permitió personificarnos en la obra, desprendernos del miedo al cambio pues si bien fuimos dueños de nuestra vida por algún tiempo no somos dueños de la vida. Lograr todo lo anterior requiere preparación y aprendizaje. Un aprendizaje que se torna hoy en día necesario en virtud de que parece que hemos olvidado nuestra transitoriedad en la vida y donde la sociedad nos invita a evadir, aunque sea en la imaginación, nuestra propia caducidad. Es solamente cuando nos preparamos para nuestra muerte que comprendemos que morir con dignidad significa simplemente vivir sin miedo pues sabemos que moriremos, y al vivirnos sin miedo podemos aspirar a ser personas auténticas con el deseo de que nuestras huellas sean hondas. Morir con dignidad, entonces, se traduce en vivir dignamente nuestra propia muerte. Se trata de una actitud que respete nuestra propia vida aún en sus últimos momentos y poder despedirnos al modo como hemos vivido saboreando hasta nuestro último aliento. Lograr partir sin equipaje y aspirar a la paz del descanso vital, a la quietud, es algo que ha de lograrse por amor propio, por dignidad. Morir con dignidad se sintetiza entonces como vivir con dignidad, crear nuestra propia trascendencia y no otra cosa. Y resulta que al recorrer el camino de aprender a morir terminamos por aprender a vivir, aprendemos así a darle un significado especial a nuestra vida y, con ello, a darle sentido.

Aspirar a una muerte digna y a morir con dignidad se convierte en un proceso que matiza nuestra vida, donde vivir con dignidad significa ir construyendo nuestro inevitable camino hacia la muerte. Aprender a morir nos involucra de modo personal por pensar nuestra propia muerte y entonces nos impulsa a modular nuestra vida con aquello que la llene de sentido. Esto perfila nuestro carácter de autenticidad frente a nosotros mismos y frente a los demás y nos posibilita morir con dignidad, es decir, vivir con dignidad hasta nuestro último aliento. Los otros, no obstante, formarán parte de nosotros mismos, de lo que logramos hacer de nosotros mismos y llamamos nuestro ser, y serán no sólo contribuyentes sino testigos además de esos en quienes nos hemos convertido. Hacernos a nosotros mismos será siempre también un hacernos con los demás y a través de los demás, y al consolidar nuestra pertenencia a un “nosotros” construido con los otros formaremos parte de lo que colectivamente construimos como un pensar lo que la vida humana debe de ser, y de allí a compartir lo que entenderemos como una muerte digna, que en su momento, nos será ofrecida por aquellos con los que hemos vivido.

Se establece una reciprocidad entonces entre la muerte digna y el morir con dignidad pues se alimentan mutuamente, una se logra a través de la otra y viceversa, son movimientos mutuos donde uno genera la necesidad del otro y entre ambas contribuyan a resolver el deseado camino para lograr esa paz tan buscada a la hora de transitar por el camino de nuestra muerte. De este modo, la articulación entre lo que concebimos como muerte digna y morir con dignidad nos ponen en vía de reconocer lo que a nosotros nos aparece como vivir dignamente para que así, en el aprender a morir, aprendamos a realmente vivir.

 

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El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

El sentido del final de nuestra vida

vida Desde que nacemos nos encaminamos sin escapatoria hacia nuestro final. Pareciera esto un destino amargo, tener que atravesar por eso que llamamos nuestra vida y que contiene de modo inevitable su buena carga de sufrimiento para que, al final, nos convirtamos en una historia de vida que desaparece lentamente en la memoria y el recuerdo de los demás. La vida está, sin embargo, llena también de encuentros fabulosos, eso es indudablemente cierto, pero de igual modo contiene sus desencuentros y despedidas. Y estas pérdidas se hacen irremediablemente más frecuentes conforme avanzamos en edad. Pocas cosas ensombrecen tanto nuestros encuentros como saber que eventualmente nos despediremos. Y no es que haya un por qué o un para qué de tanta rudeza y dolor en la vida, es simple y llanamente así nos guste o no.

Sin embargo, y a pesar de lo desconcertante de nuestra situación de vida, contamos con sólo dos caminos a elegir cuando intentamos aproximarnos a la verdad desnuda de la vida humana, así, cara a cara, y nos preguntamos por el sentido que puede tener nuestra vida dado el hecho de nuestra caducidad.

Por un lado, y para poder conferirle algún sentido a nuestra vida, podemos elegir intentar negar nuestro destino y luchar para aumentar nuestra fortaleza frente a la vida, con la quizá soñadora esperanza de vencerla. Pero, para qué desearíamos vencer a la vida si no hemos sido capaces de asignarle un sentido a nuestra estancia aquí. Es decir, cuál es el caso de simplemente “permanecer” e irnos llenando de experiencias así como se llena un contenedor si no le atribuimos un sentido a nuestro tránsito por la vida. Me parece que sería un verdadero infierno de sufrimiento y aburrimiento que nos iría socavando el espíritu hasta alcanzar un estado de completa indiferencia vital tanto para el mundo como de nosotros mismos, un abandono al amor por la vitalidad que implica un cierto riesgo. Las caprichosas aspiraciones de inmortalidad que tenemos no parecen reflejar un deseo de movimiento y continuidad, el cambio constante, sino que parecen expresar el terror que sentimos al caer en cuenta de que tenemos fecha de caducidad y de allí es que nace el deseo de “congelar” el movimiento de la vida para continuar aquí, permanecer, así porque si, aún sin propósito, lo cual lleva al estancamiento y la inmovilidad. Con este camino no veo la manera de escapar de la vulgarización y trivialización de la propia vida por el miedo a morir, la caída en la desesperanza y la desolación de la muerte en vida.

Por otro lado, la segunda opción que tenemos para enfrentar nuestra caducidad es aceptar la fragilidad inherente que conlleva el estar vivos y que tenemos por ser seres humanos. Afirmar que la fragilidad es quizá el mejor camino para darle sentido a nuestra vida y en contraposición a la fortaleza, parecería un absurdo cuando es mirado desde el imaginario contemporáneo de nuestras aspiraciones y ese vanidoso valor autoasignado, que algunos confunden con la autoestima. Sin embargo, es posible pensar que la fragilidad se termina por convertir en nuestra mayor fortaleza cuando se traduce en el impulso de nuestro movimiento vital. Es la necesidad generada desde nuestra fragilidad la que nos moviliza y nos mantiene vigentes no sólo como seres vivos sino también como humanos que se miran distintos a quienes carecen de sueños. Esto es, precisamente porque somos concientes de ser tan frágiles y nos resulta tan abrumador oponernos al mundo para continuar vivos y porque queremos develarnos al modo en el que nos hemos soñado, es que nos descubrimos como seres que hacen nacer la esperanza dentro de si. Aún si se trata de la esperanza de los bobos, es tan fuerte ese empuje que nos motiva a enfrentar hasta lo racionalmente imposible. Y resulta que es justamente ahí donde encontramos nuestro valor, el sentido de nuestra vida y la puerta a nuestras propuestas de espiritualidad. Saber que nuestro recorrido en la vida tendrá fin nos impulsa hacia lo vital, al movimiento y a postularnos a nosotros mismos de un modo determinado.

Racionalizar nuestra caducidad, como lo han hecho grandes autores, ofrece algunas claridades sin duda, pero esa claridad no alivia el dolor de nuestra fragilidad. Tal vez, y sólo tal vez, sea la poesía la que revela con más éxito nuestra deseo de vida y de lo que oculta esa añoranza de paz que habita en nosotros.

Fragilidad

¿Quién dijo que la vida es frágil?
Más bien la fragilidad, como las trepadoras,
se enraiza en el tronco de la muerte,
vive de ella
se alimenta de su sábila
hasta el punto de dejarla inmóvil,
estática
condenada a contemplar la vida.
Lo humano, que se cree un simple espectador de esta escena,
se convierte, sin darse cuenta, en un campo de batalla
en donde la vida se reproduce a sí misma,
en donde la muerte lucha por mantenerse muerte
abrazada hasta la asfixia.
Sin más, la vida reclama para sí lo humano
mientras que lo humano
secretamente anhela algo más
quizá por ello, y a hurtadillas como un roedor,
de a poco, troza las guías de la fragilidad
aunque se contamine por su esencia.
Pobre humano, infectado hasta la médula
por la fragilidad, se entiende al fin
como lo que es:
un arrebato de vida
un anhelo de muerte.
Pero… no fueron la vida, la muerte
o la fragilidad quienes lo hicieron ser
lo que es.
El amor, tal vez… de ser así
no habrá descanso
hasta fundirse con él en un abrazo
y, más allá de la vida, la muerte y la fragilidad
se convertirá en el rabillo de esperanza
que se cuela en todo suspiro.
Y… mientras la vida reclama lo humano,
lo humano no se conforma con la vida
quiere acaso tocar lo divino
quiere acaso saber que lo humano
nunca muere.
Y… mientras lo humano reclama para sí la muerte,
ve en la fragilidad la posibilidad de reencontrarse
con quien despertó lo humano en él.
                                                                       -Marcel Salles-
 Sin importar la dirección de nuestros pasos, caminamos hacia nuestra muerte, eso es un hecho. Y aunque aceptemos que nos inclinamos a rechazar la muerte porque nos gana el hambre de experiencias vitales, lo cierto es que serán estas experiencias las que nos irán consumiendo a nosotros hasta no dejar ni los huesos. Conforme el tiempo avanza y la vida nos ofrece el mundo, al mismo tiempo nos devora. Es aquí donde nuestra fragilidad se hace más notoria, cuando nuestra muerte se hace presente en cada latido con una promesa de paz en medio de la explosión vital. Es entonces que nuestra fragilidad hace que nos preguntemos por la meta de la esperanza, pues deseamos vivir pero queremos también alcanzar la paz. No puedo imaginar el valor de la vida sin necesidad de la muerte. La vida exige su muerte, de otro modo no cabrían siquiera las valoraciones en torno a la fragilidad o a la vida y, con ello, se esfumaría la posibilidad de otorgarle cualquier sentido a nuestra vida. Es pues el sabernos con fecha de expiración y en condiciones de fragilidad lo que, finalmente, nos pone en el umbral de poder soñar en alcanzar un estado en el que seamos capaces de recordar y quizá revivir en paz lo recorrido en la vida, vernos esperanzados en…

 

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Los Nuevos Viejos y su Calidad de Vida

Las sociedades cambian y así lo hacen también las maneras con las que nos procuramos unos a otros. En esta época, la sociedad centra su atencion en los cambios tecnológicos y en la forma en que estas tecnologías son adoptadas por la juventud. En la creencia, quizás, de que son los jóvenes quienes se ven mayormente “afectados” por las presiones tecnológicas. Sin embargo, esta apreciación es parcialmente errónea.

La mayor afección la resiente un sector social comúnmente olvidado, nuestros ancianos. Los cambios tecnológicos impulsan modos de convivencia muy diferentes a los de antaño, y no es simple que una persona de 70 años, por poner un ejemplo, se anime con facilidad a descubrir cómo se utiliza un ipod, o a usar el skype para comunicarse con sus seres queridos, o siquiera se adapte a la velocidad de respuesta que implica comunicarse vía texto con el SMS de los celulares, ya ni se diga usar, para empezar, el celular con sus pequeñas teclas y pantallas. Todo ello, en su conjunto se ha convertido en una barrera que excluye con facilidad y ha dejado a nuestros ancianos, en plena era de la comunicación, mudos, aislados.

Si a este “olvido” de nuestros ancianos le aunamos una segunta situación que si bien suele denotar una visión socialmente responsable se ha convertido también en un problema que resienten los adultos mayores, la Calidad de vida de nuestros ancianos se ve sacudida con fuerza. Me refiero a lo siguiente, antes, los matrimonios tenían muchos hijos, y al llegar a la vejez, tanto el gasto como el cuidado de los padres se distribuía entre todos los hermanos disminuyendo la carga económica y en tiempo asignado para los familiares. En la actualidad, las parejas de clase media tienen en promedio 1.5 hijos, lo cual desprende dos situaciones conflictivas. Por un lado, la carga económica recae sobre un pequeño grupo de familiares, de tal modo que puede ser lo suficientemente alta como para estresar las finanzas familiares y detonar serios conflictos que no requieren de mayor explicación por su obviedad.

Por otro lado, si a lo anterior le aunamos que la esperanza de vida del adulto mayor se encuentra hoy por arriba de los 75 años, entonces los ancianos viven hoy más tiempo que anteriormente. Esto, si bien es un salto positivo en términos de la medicina, ha implicado una revolución en el aspecto social, puesto que además de tener una creciente comunidad de ancianos en nuestra sociedad, muchos de ellos se encuentran en buen estado de salud y dispuestos a realizar actividades y continuar con la vida. Nada de esto es, por si mismo un problema, salvo para nuestra sociedad, pues altera considerablemente la percepción social de los ancianos. Antes, visitar a los abuelos era enfrentar el cuadro de una persona medianamente desvalida, enferma, con poca o nula movilidad y de quien se esperaba, de alguna forma, su deceso próximo. Era un cuadro que si bien podía ser amoroso, lo era también de conmiseración. Hoy, visitar al los abuelos puede significar considerar su agenda, pues entre sus horas de ejercitación, visitas a museos, convivencia con sus amistades o cuestiones de trabajo, deja de ser un asunto de conmiseración. Se enfrenta uno a miembros muy activos en la sociedad pero en una condición donde la sociedad no cuenta ni con la infraestructura ni los recursos económicos asignados para ellos, además de que no cuenta entre su arsenal de usos y costumbres con los mecanismos de relación para incluir a los ancianos como miembros activos de la sociedad.

Hablamos, literalmente, de un nuevo sector de la sociedad: los “Nuevos Viejos”. Adultos mayores que poseen las facultades de movilizarse en la ciudad, de realizar trabajo, de llevar a cabo actividades que impliquen incidencia social, consumidores de bienes y servicios y que esperan vivir muchos años más. Pero, viven en una sociedad no preparada para ellos. La situación es quizás similar a la que viven los adolescentes, que enfrentan un mundo que no sabe qué hacer con ellos y que les ofrece pocas oportunidades. No obstante, los adolescentes cuentan con las herramientas tecnológicas y de comunicación para abrirse camino, mientras que los adultos mayores, en su condición de relegados e incomunicados se encuentran en desventaja. Ellos no encuentran las vías para decirle a la sociedad que allí están y que quieren continuar y ser parte activa de la sociedad, se requiere que sea la sociedad quien, en justicia, les abra las puertas y los incluya. Esta maroma social parece comenzar ya, pero aún le falta cobrar fuerza.

Son los adultos mayores, en cuanto que “Nuevos Viejos” quienes han ido encontrando su vía de reinserción social. Muchos de ellos viven solos y mantienen una vida activa. Han recurrido a desembarazarse de las viejas casonas por su elevado costo de mantenimiento para recurrir a casas unipersonales, pequeñas y de fácil mantenimiento y adaptación a sus necesidades. Mientras las constructoras operan sobre el gran mercado de las familias pequeñas para diseñar sus casas, otro sector comienza a ser atractivo, el de casas unipersonales con servicios cercanos, al estilo de “comunidades”. Otros se reúnen en casas hogar, asilos, estancias y hasta comparten casas que rentan o compran para un pequeño grupo donde reparten gastos. Así, tenemos una creciente comunidad de Nuevos Viejos que viven como “roomies”, como lo que la sociedad acostumbra ver en estudiantes foráneos. La lógica de “familia tradicional” se ve sacudida con esto de varias formas aunque eso lo discutiré en otro post.

¿Qué significa la calidad de vida para nuestros Nuevos Viejos?
Por lo pronto, habilitar el derecho a ser incluídos como miembros activos de la sociedad, romper la marginación de la cual son objeto. Esto implica todo un movimiento cultural puesto que en la sociedad contemporánea, al menos en la mexicana, no existen siquiera los mecanismos para este movimiento de inclusión, ya no se diga los instrumentos para su habilitación laboral o servicios específicos, espacios lúdicos o infraestructura urbana adecuada a su condición de mayor fragilidad. Se está llevando a cabo por organizaciones sociales apenas, como una presión de abajo hacia arriba.

Poder esforzarse por alcanzar una vida plena, contar con los recursos mínimos para ser vistos y aceptados como miembros de la sociedad se torna en esencial. Ya no se trata únicamente de gozar de buenos servicios de salud, sino de gozar de de otros servicios que los pongan en el escenario social de un modo diferente. Cuestión que abordaré en el siguiente escrito a modo de continuación.

Invitación a la lectura sobre la naturaleza humana

Tengo el gusto de compartir con ustedes el conjunto de reflexiones sobre el cuerpo humano, las prótesis y nuestra naturaleza como seres humanos que eventualmente se convirtieron en mi tesis doctoral. En ella realizo una exploración en torno a la naturaleza humana vista desde una de las disciplinas que ha tenido avances muy significativos en la comprensión de la vida humana, me refiero, naturalmente, a la INGENIERÍA BIOMÉDICA. Creo que poner sobre la mesa las reflexiones que me surgieron con la práctica de la ingeniería aplicada al cuerpo humano puedan ser de utilidad, o al menos incitantes, para ese gemio que me es tan entrañable, mis compañeros de camino. Por supuesto, todo comentario, discusión o controversia es más que bienvenida, pues de eso se trata esto, de compartir perspectivas con la mirada siempre puesta en la búsqueda de una mejor comprensión de la naturaleza humana.
Los documentos los podrán encontrar en la categoría de HOMBRE Y PRÓTESIS de este blog. Se encuentran en formato pdf y pueden ser descargados si así les interesa aunque pueden ser leídos íntegramente en el visor que puse para tal efecto.

Del mismo modo, la Dra. Ruth Béjar tuvo la amabilidad de compartir también su tesis, que versa sobre la memoria, el tiempo y la esperanza. Una búsqueda filosófica por entender mejor la naturaleza humana cuando nos descubrimos esperándonos a nosotros mismos como realidad concreta sujeta al tiempo. Sus documentos se encuentran en la categoría MEMORIA Y ESPERANZA bajo el mismo formato y en carácter de descargables.

Ambos esperamos realmente, que éstos documentos sean detonadores de reflexiones y debate en torno a esa muy nuestra, naturaleza humana, pues buscar comprendernos como humanidad nos pone en camino para proponernos como humanidad.

Un afectuoso saludo,

M. Salles.

Paradigma de atención centrado en la persona

Pienso delinear aquí lo que en nuestros días se ha llamado las Residencias Verdes. Un modelo de atención al adulto mayor con un enfoque centrado en la persona y que cobra cada vez mayor interés para la sociedad aunque aún presenta dificultades técnicas para su implementación.

Cuando abordamos la perspectiva de una atención centrada en la persona, nos encontramos que se trata principalmente de modificar dos cosas:

  1. la percepción social del modo en que se relaciona la sociedad con sus adultos mayores.
  2. la estructura de las instituciones que ofrecen sus servicios de atención al adulto mayor.

La percepción social del trato y atención al adulto mayor sufre un cambio de énfasis que puede ser notado cuando los adultos mayores son reinsertados en la sociedad en lugar de ser excluidos y aislados. Es común, lamentablemente, que los adultos mayores sufran de aislamiento debido al “abandono” que viven por parte de la sociedad. Esto presupone que la sociedad pierde interés en sus miembros de la tercera edad. Puede deberse a muchos factores como por ejemplo el fenómeno de juvenilización social que se vive actualmente y que privilegia el carácter juvenil como manifestación de salud y bienestar. Bajo esta óptica se cree, erróneamente, que la tercera edad representa una “degradación” de los valores sociales y conlleva a segregar a sus adultos mayores como si fueran ajenos a la vitalidad social. Un segundo ejemplo puede ser la presión que ejerce el valor económico en los individuos de la sociedad contemporánea. Las personas suelen “medir” su valor social en términos de éxito, que actualmente se encuentra directamente asociado al poderío económico que se logra en sus respectivas actividades productivas y deja de lado otros criterios con los que puede ser evaluado el éxito. En esta perspectiva, es más bien común que los adultos mayores vivan de los recursos financieros y bienes materiales que acumularon a lo largo de su vida productiva y, si bien muchos de ellos mantienen aún una vida productiva en términos laborales, difícilmente podríamos afirmar que son la mayoría. De este modo, sea que dependan de su riqueza personal, o sea que reciban asistencia por parte de sus familiares, en cualquier caso quedan usualmente fuera del movimiento productivo en el que se encuentra inmersa el resto de las personas en la sociedad, esto es, quedan separados de la dinámica social común y, por ello, se genera el aislamiento.

El asunto es que resulta difícil provocar un movimiento de la sociedad en pro de sus adultos mayores dadas las condiciones sociales actuales. Es por ello, que parte del esfuerzo de reincorporación social de los adultos mayores habrá de provenir principalmete por parte de las instituciones que los asiste. Si se logra modificar el modo en el que viven y socializan nuestros adultos mayores tal vez sea posible que la sociedad modifique la percepción que tiene de ellos. Por eso es que parece de capital importancia dirigir los esfuerzos hacia las instituciones antes que a la sociedad. En este punto, se pone de relieve la relevancia que tiene trabajar en la incorporación del modelo de atención centrado en la persona en las instituciones orientadas al adulto mayor.

La estructura de las instituciones que abracen la idea del una atención centrada en la persona, debe realizar, como primer paso, el traslado del enfoque de atención, actualmente basada en un modelo de salud, hacia privilegiar lo que desea el adulto mayor, esto es, recobrar hasta donde sea posible la autonomía de su vida. Se trata, pues, de lograr instalaciones que los adultos mayores puedan llamar su “casa” y, además, recibir los servicios de salud que requieren, en lugar de tratar de adaptarse a instalaciones que ofrecen primariamente servicios de salud y donde los ancianos se acomodan de la mejor manera posible.

Las Residencias de este nuevo tipo intentan, por decirlo de alguna manera, “honrar” los deseos, según posibilidades, de sus residentes y ofrecen cierta flexibilidad en su organización para lograrlo. Deseos que tienen que ver con sus horarios acostumbrados de alimentos, horarios de sueño, de baño y actividades. Pensar de este modo apunta hacia una noción de calidad de vida centrada en la autonomía de las personas, su voluntad y tradiciones, por lo que se favorece la protección y cuidado de la dignidad de las personas. Si a esto le aunamos una atención medible desde parámetros de calidad, pues se lograría, tal vez, una residencia, asilo o estancia deseable como lugar de vida para los residentes, en suma, una Residencia Verde.

Hay dos pasos primordiales que se tienen que tomar si nos queremos encaminar por la lógica de una Residencia Verde. Se requiere que la institución pueda romper tanto el aislamiento social en el que comúnmente se encuentran los residentes así como la dependencia a la institución que se genera por ambas partes, la institución y quienes asisten a ella. El aislamiento social puede ser parcialmente remediado con la adaptación de más espacios a modo de áreas comunes, plantas de ornato, espacios para la contemplación y en ocasiones animales. El contacto con niños suele ser relevante para ambas partes, por el lado de los adultos mayores el ejercicio de socialización y por el lado de los niños una entrada hacia la cultura de la vejez y al futuro. Así mismo, las habitaciones podrían contar con una pequeña estancia, cocineta y baño privado además del dormitorio. La idea es que pueda ser convertida en “hogar” por su morador.

En cuanto a la dependencia a la institución, si hablamos de un cambio cultural orientado hacia la persona del residente, se implican cambios en la forma en la que se organiza la institución. Desde transformación de los roles de todo el staff, enfermería, asistentes, gericultistas, personal de las actividades y todos aquellos que interactúan con los residentes hasta el manejo de las prioridades que relacionan los ámbitos médicos, administrativos, atención y de relaciones. Esto hace necesario replantear lo que se entiende con las nociones, tanto de dignidad como de calidad de vida. Temas con los que arrancaremos en los próximos posts.

En este post sintetizo libremente algunas de las ideas centrales del documento “Changing the Nursing Home Culture” de Alliance for Health Reform, Bulletin de Marzo del 2008. Página web: www.allhealth.org

M. Salles

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Dificultades de la sociedad con la atención a sus adultos mayores (3/3)

Dificultades del adulto mayor desde una: PERSPECTIVA HUMANA

Dos cuestiones son las que prácticamente definen la atención al adulto mayor en la actualidad.
Por un lado, el paradigma de atención, que se encuentra centrado en el ámbito de la salud y guiado por criterios de orden médico. Por otro lado, la noción de calidad de vida imperante en nuestros días, que tiende a centrar los parámetros de calidad de vida en una etapa específica del desarrollo de nuestra vida: la juventud.

Sobre el paradigma de atención podemos decir que se trata de una visión social en la que se diseñó un sistema de atención desde un marco primordialmente médico. De este modo, las políticas de atención se han ajustado a una lectura específica del bienestar del adulto mayor: su salud, en los ámbitos físico y mental principalmente y social después. De este modo, cobran sentido los asilos y las diferentes formas de estancias en las que se diseña un espacio que provee con mayor facilidad los servicios médicos y donde todo se orienta hacia el aspecto sanitario de la vida. Allí, se congregan y reúnen los adultos mayores, bajo una supervisión guiada por el cánon médico que, si bien está orientado hacia la salud y a la vida, exige formas específicas de adaptación y concesiones importantes por parte de los “residentes”.
Sin embargo, desde los 70’s ha venido cobrando relevancia un paradigma de atención diferente, que comienza no sólo a repercutir con fuerza en el medio que tiene que ver con la atención a los adultos mayores sino a verse como una práctica que surge de modo “natural” respecto de la atención. Me refiero al paradigma de atención centrado en la persona. Este paradigma surge cuando se hizo claro que los residentes de los asilos, a pesar de contar en ocasiones con estupendas instalaciones, actividades y atención, no parecían felices. Después de varias inverstigaciones al respecto se descubrió que nunca se les preguntó a los adultos mayores lo que ellos querían, la sociedad asumió que la mejor manera de cubrir sus necesidades era ponerlos bajo el cuidado de la medicina. Esto, tiene sentido parcialmente, pues una de las cuestiones centrales de la vida del adulto mayor es su condición de salud. Por ello, es innegable que el ámbito de la medicina juega un rol crucial en su vida. Sin embargo, se cuestionó si tendría que ser el rol central.
Lo que posteriormente se encontró, es que buena parte de los adultos mayores ponen como eje de su felicidad la búsqueda de plenitud de vida. Si bien esto parece obvio, no lo es. La razón es que buscar la plenitud de vida implica asumir ciertas condiciones de vida que no son fáciles de aceptar cuando de adultos mayores se trata, mirado desde la perspectiva social. Lo explico, aceptar que las personas busquen alcanzar la plenitud significa que la voluntad del individuo ponga en marcha acciones y decisiones con las que nos jugamos, dentro de un marco de libertad y responsabilidad, lo mismo que los jóvenes; esto es:

  • Mantener un cierto control de la propia vida,
  • Mantener los aspectos con los que reconocemos nuestra individualidad y
  • La continuidad de de una vida personal significativa.

Si bien estos tres puntos pueden resultar muy claros cuando se trata de jóvenes en búsqueda de forjarse una vida, resultan extrañamente novedoso cuando lo pensamos en los adultos mayores. Al parecer, una gran cantidad de adultos mayores resienten un trato social que los limita notablemente y, de algún modo, aún sus familiares (más jóvenes que ellos) los tratan con una cierta condescendencia, quizá influídos por la visión social generalizada que se tiene de los adultos mayores.

Lo que cambia significativamente la relevancia de éstos tres puntos, es que si bien eso es lo que desean muchos adultos mayores, lo desean con mucha fuerza, aún por encima de su SEGURIDAD personal, al igual que los jóvenes. Esto es, están dispuestos a seguir corriendo los riesgos propios de la vida y plenamente concientes de las consecuencias, lo cual suele ser difícil de aceptar para los familiares, en la medida en que la pérdida se hace patente como un desenlace posible. Esta cuestión que se torna aún más problemática cuando son criterios médicos los que gobiernan las instituciones orientadas a su atención pues los familiares desean sentirse tranquilos. Al parecer, es justamente esta cuestión la que puede convertir un fabuloso asilo, estancia o residencia en una suerte de confinamiento del adulto mayor, con la consecuente pérdida como atractivo para los adultos mayores por la dificultad para encontrar su plenitud y, por ello, su felicidad.

Ellos preferirían, al parecer, tener una vejez apegada a los aspectos que identifican como “su vida”, esto es, un cierto control personal de la hora de levantarse, la comida, la higiene, etc. Así como el reconocimiento de los objetos y disposiciones que han atesorado a lo largo de su vida y, del mismo modo, realizar las actividades con las que se identifican. En este sentido, la organización de los lugares de atención a los adultos mayores no facilitan este tipo de contexto. Hago la anotación de que mucho depende de las posibilidades físicas y mentales reales de los adultos mayores, las restricciones forzosas serán, por supuesto, según la condición de cada individuo.
Nos movemos hacia un cambio de paradigma en cuanto a la atención de los adultos mayores, un paradigma que hace eco de lo que ellos entienden como bienestar y calidad de vida. Este movimiento cultural es un giro similar al copernicano pues implica un movimiento de descentrado. Movimiento que invierte la dirección que llevan actualmente las instituciones de atención al adulto mayor. La tradición es hacer girar al adulto mayor alrededor de los servicios diseñados para ellos. Servicios que por cuestiones de índole organizacional, son fijos. Esto hace que sea el adulto mayor el que se ve obligado a adaptarse a la estructura de la organización. La propuesta nueva de dirección, tiende a hacer que sean los servicios de atención los que, de alguna manera se acomoden al adulto mayor y su propia dinámica. El cambio es complejo e implica una restructuración de la organización actual de los servicios dentro de asilos, estancias y residencias. Sin embargo, el esfuerzo forma parte de un movimiento cultural que incluye a los ancianos como miembros activos de la sociedad. En los siguientes posts abordaré las propuestas que se han puesto ya en marcha bajo esta lógica.

Respecto de la segunda cuestión, la noción de calidad de vida, lo usual en la sociedad contemporánea es que se use un estándard de calidad de vida referido a un sujeto abstracto, que es joven y sin padecimientos además de gozar de un excelente estado de salud. El modelo surge de las ciencias biológicas y de las ciencias médicas en su búsqueda por encontrar el estado óptimo de un organismo y si bien se enfoca en una perspectiva de la dimensión material y mental del ser humano, no deja de ser una visión parcial de lo que somos y, por ello, atiende sólo los aspectos dentro de una banda estrecha de tiempo respecto de la vida de un ser humano. Si se busca comprender la plenitud de vida dentro de ese marco, estaremos limitando notablemente la noción de plenitud para una persona. Esfuerzos se hacen, actualmente, desde la geriatría y la gerontología para abrir la noción de calidad de vida y enlazarla armónicamente con lo que entendamos como plenitud de vida, lo mismo se hace desde la psicología, sociología y filosofía. La gericultura, es un movimiento en el que se decantan estos esfuerzos en la práctica y si bien es un terreno prometedor aún falta un largo camino por recorrer.

En general, se puede decir que la sociedad ha abrazado este modo estrecho de entender la calidad de vida y por ello es que se genera un conflicto: cualquier otro estado de salud que se aleje de esta visón de ser humano es necesariamente en perjuicio, esto es, como un pérdida. De allí que si consideramos toda la trayectoria del ciclo de la vida, posiblemente estemos cerca de ese estandard sólo unos cuantos años de nuestra vida mientras que el resto, la mayor parte, se concibe como una pérdida, sea de facultades o de condiciones de vida. Esto, en realidad es una visión muy fragmentada de la naturaleza humana y sin embargo está ampliamente difundida en la creencia común, particularmente en una sociedad que parece venerar la condición juvenil. Es por ello que sea sencillo para la sociedad generar un cierto desprecio para quien no cumple siquiera con estar cerca del estándard, en nuestro caso: los adultos mayores.
No es extraño observar que se respete la plenitud física en los jóvenes y que actualmente la sociedad hace esfuerzos notables por mantener a sus individuos cerca del estándard a través de una suerte de culto al cuerpo disfrazado de salud. Si bien esto no es nocivo por si mismo (perseguir la salud física), si forma parte de una visión que se torna excluyente con el pasar del tiempo, de modo que se relega a los adultos mayores como si fueran “lo que queda” antes de desaparecer, algo vergonzoso, y borrando con ello una idea de plenitud que abarca otros aspectos de la vida, además de que desprecia una visión de calidad de vida que incluya otros aspectos igualmente valiosos de la vida humana. En este sentido, promover la gericultura no significa poner la tercera edad por encima de otras etapas de la vida, sino de modo paralelo al resto de ellas. Se busca generar en la sociedad el respeto, aceptación e interés por lo que los adultos mayores pueden ofrecer a la sociedad y, al mismo tiempo, promover en la sociedad la incorporación de nuestros adultos mayores al espacio social del que han sido excluidos. Lograr, quizás, una retribución social que los redignifique mediante el respeto y cariño que se merecen y al cual tienen derecho como cualquier otro miembro de la sociedad.

Esto, nos llevaría, tal vez, a alcanzar un estado social de inclusión, en el que se valore todos los aspectos y etapas de la vida humana en el devenir de la vida, de principio a fin.

M. Salles

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Dificultades de la sociedad con la atención a sus adultos mayores (2/3)

Dificultades del adulto mayor desde una PERSPECTIVA FINANCIERA

Es común abordar la perspectiva financiera desde la teoría del Ciclo de la Vida, donde se presupone que las personas ahorran durante sus años de trabajo a fin de poder contar con un ingreso durante su etapa de vejez. Si bien esto es sensato, no es tan simple en la práctica.

Hay dos factores problematizan la teoría del ciclo de la vida:

Por un lado, y dicho llanamente, tenemos una pobre cultura del ahorro. Si bien la falta de ahorro no siempre se debe a que seamos despilfarradores, también es cierto que en nuestra cultura no es tan común saber de alguien que ahorre con la intención de procurarse cobijo durante su etapa como adulto mayor y sin la posibilidad de generar nuevos ingresos por medio del trabajo. De este modo, son pocas las familias que cuentan, realmente, con un capital que permita “cobijar” su vejez.
Por otro lado, al menos en nuestro país, aparentemente nos encontramos en una economía que parece estar siempre en crisis, al menos para la inmensa mayoría de mexicanos. Esto fuerza a las familias a contar solamente con condiciones financieras muy debilitadas, comúnmente de subsistencia , esto es, se trabaja para sobrevivir y no para vivir plenamente. El ahorro en estas condiciones sólo es posible como una idea muy vaga.

Frente a estos problemas, existen institucionalmente dos mecanismos con los que se intenta dar cobertura a las necesidades de los adultos mayores:

1) Se han implementado los sistemas de pensiones contributivas, en donde el financiamiento para subsidiar las necesidades de los adultos mayores proviene del individuo mismo, a lo largo de un sistema de ahorro forzado a través de retenciones y con las cuales se espera financiar, a modo de pensión, los gastos ordinarios de vida y otras prestaciones para el adulto mayor. Aquí encontramos dos mecanismos: el primero es de carácter institucional o gubernamental y se refleja en sistemas como el IMSS, ISSSTE y otras instituciones que ofrecen cobertura a un cuerpo de trabajadores que posteriormente se convertirán en pensionados. El segundo mecanismo es privado, como los AFOREs, en donde el trabajador de la iniciativa privada va realizando las aportaciones para “construir” su pensión.

2) Sistemas de pensiones no contributivas o asistenciales: en los que se busca subsidiar a los adultos mayores excluidos del sistema de seguridad social a través de fundaciones o sistemas de préstamo o inversión a fondo perdido. Por iniciativas privadas de individuos, fundaciones u organizaciones sociales, se han creado mecanismos para asisitir a personas que de otro modo no serían capaces de sostener económicamente sus gastos Entra también aquí el rol de los valores familiares, cuando una familia incluye a sus adultos mayores y vela por ellos en todos los sentidos, económicos, de salud, habitación y sustento. Esta es una vía que impide el desamparo del adulto mayor y que forma parte del sistema de valores de nuestra cultura, gracias a lo cual se evita el abandono de una gran parte de ancianos. Sin embargo, esto no evita que de todas maneras existan un número considerablemente alto de adultos mayores en un completo desamparo que las instituciones de asistencia social no alcanzan a cubrir.

De los dos puntos anteriores se desprenden dos consecuencias importantes. Por un lado, la enorme necesidad de fomentar una cultura del ahorro más sólida. Dadas las condiciones de crecimiento poblacional y el esperado aumento de adultos mayores, planear una cobertura financiera, con los medios que podamos, para “cobijar” nuestra vejez, es una idea deseble en la medida en que cada vez será más difícil el acceso a medios de asistencia social.

Por otro lado, fomentar en nuestra sociedad una cultura hacia la vejez se torna cada vez más apremiente pues esforzarnos por buscar incluír a nuestros ancianos dentro de marco social se hace un paso importante para evitar el desamparo, y podríamos añadir, reincorporarlos activamente en nuestras vidas, como miembros de la familia de la cual no sólo son parte sino iniciadores. Esto nos lleva sin duda a buscar el fortalecimiento de los valores familiares así como a caer en cuenta de que existe una relación notable entre las condiciones financieras y su organización de modo que se ampare a los miembros de la familia.

Es curioso, cuando menos, percatarnos de que una de las vías para ofrecer una mayor cobertura asistencial a nuestros adultos mayores sin tener que verse obligado a buscar subsidios por parte del gobierno o de fundaciones asistenciales u organizaciones caritativas, es precisamente algo que no tiene que ver con la estructura y manejo económico, sino con la solidez moral de los miembros de una familia. Eso no quita, por supuesto, las dificultades financieras que cada familia puede enfrentar pero, por lo menos, es alentador que se busquen soluciones comunes al interior de una familia y no dejar en el desamparo, con la consecuente soledad, al adulto mayor para que busque la manera de subsidiar su vida. Si la apuesta de vida es alcanzar una vida plena en la dignidad, entonces…. Bien, eso es tema de nuestro siguiente post, otra perspectiva que abordar.

M. Salles.

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Dificultades de la sociedad con la atención a sus adultos mayores (1/3)

En los siguientes tres posts, abordaremos algunas dificultades que se presentan actualmente, y a futuro, de la sociedad en relación con sus adultos mayores. Esto, desde tres perspectivas diferentes, haré un post por cada una de esas perspectivas.

Dificultades del adulto mayor desde una:

PERSPECTIVA DEMOGRAFICA

Cuando nos interesamos por los estimados a futuro de la situación que enfrentará la sociedad mexicana y su población de adultos mayores, nos percatamos de que surgen casi de modo inmediato algunas preocupaciones importantes en torno a lo que debemos hacer ahora para que podamos reducir las dificultades que enfrentaremos todos, como sociedad, a mediano y largo plazo.

Nos basaremos en los datos que ofrece el documento, fruto de la investigación del M. en E. Reyes Tépach M., Investigador Parlamentario, en 2006 para la Cámara de Diputados, y que se llama: “Análisis demográfico y socioeconómico de la población de adultos mayores de México 2006-2050″ descargable en www.diputados.gob.mx/cedia/sia/se/SE-ISS-09-06.pdf

Recogemos datos que nos servirán para la reflexión:

Gracias a los grandes avances que vemos hoy en la medicina y en la atención médica, se han reducido significativamente las tasas de mortalidad al inicio de la vida y se ha alargado el índice de vida promedio con lo que la mortalidad se extiende a lo largo de una banda temporal más amplia. Como consecuencia de esto, se estima que entre el período de los años 2006 al 2050 tengamos un crecimiento notable en la población de adultos mayores. Algunos datos son:

  • Adultos de 60 años o más pasarán del 7.79% al 27.72% de la población total.
  • Adultos de 66 años o más pasarán del 5.35% al 21.27% de la población total.
  • Adultos de 70 años o más pasarán del 3.4% al 15.33% de la población total.

Esto nos lleva a caer en cuenta de que prácticamente 1/4 de la población (uno de cada cuatro) de nuestro país será un adulto mayor próximamente. De modo que, se convierte en un reto importante que habremos de afrontar a muy corto plazo: lograr encontrar la manera de ofrecer una mayor cobertura de salud y atención.

Actualmente, se estima que nuestro país cuenta con una población de 107 millones de habitantes y que dadas las tasas de crecimiento y mortalidad, para el 2050 habremos llegado a 130 millones de habitantes, con lo que la proyección para los adultos mayores es como sigue:

  • Los de 60 años y más pasaran a cerca de 37 millones para el 2050.
  • Los de 65 años y más pasaran a cerca de 28.5 millones para el 2050.
  • Los de 70 años y más pasaran a cerca de 19.8 millones para el 2050.

Un concepto, el índice de dependencia demográfica, relaciona la población que no está en edad de trabajar con la que si lo está, y resulta útil para identificar el esfuerzo que realizan quienes trabajan para, mediante sus aportaciones e impuestos, contribuir al bienestar de quienes no pueden trabajar. Es decir, muestra, en promedio, el número de personas que dependen de las personas que laboran.

Al día de hoy, existen 12.5 adultos mayores por cada 100 personas en edad de trabajar, con lo que tendríamos una relación de un adulto mayor por ocho jóvenes para subsidiarlo pero, para el 2050 se estima que habrá 50 adultos mayores por cada 100 personas en edad de trabajar con lo que la relación cambia de un adulto mayor por cada dos jóvenes… La relación cambia notablemente. Esto indica que aumenta bastante más del doble el índice de dependencia demográfica y quienes trabajan tendrán más del doble de adultos mayores a los cuales subsidiar con su trabajo.

Dos cosas se desprenden de modo directo de lo anterior.

Tendremos una población envejecida entre el 2030 y el 2035 puesto que la población de adultos mayores será superior a la población joven. De este modo, una muy grande población de adultos mayores requerirá de una amplia gama de servicios que, hoy por hoy, no sabemos si pudiéramos atender. Desde infraestructura en las zonas urbanas, movilidad, habitabilidad y otros aspectos de la vida ordinaria además de los servicios de salud, que son los comúnmente contemplados pero… estamos listos para ciudades donde vivan una gran cantidad de adultos mayores?
La población, entonces, dependerá cada vez más de la capacidad productiva de los jóvenes y de ese modo, además, serán cada vez menos personas en edad de trabajar las que contribuyan al sistema de pensiones.
El último punto, por sí mismo, nos apunta ya hacia la siguiente perspectiva que habremos de abordar, pero, lo haremos en el siguiente post.

M. Salles.

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Bienvenidos!!

 

Hola a todas y todos,

En este espacio iré publicando diversas reflexiones en torno a lo que significa acompañar la vida de un adulto mayor. Es por ello, que el nombre de este sitio es Vita Scire, que traducido de modo informal del latín significa vita = vida y scire = la plenitud de un saber.

No es sencillo poner en unas cuantas palabras lo que pueda significar llegar a la mayoría de edad en condiciones de plenitud, sobre todo en una sociedad como la nuestra, que parece concentrada en lo juvenil como sinónimo de salud. Es mi parecer, y creo que el de muchas otras personas también, que es necesario “recuperar” el significado de una vida que puede considerarse tanto plena como digna en lo que se ha denominado como tercera edad.

Por ello, es que abro este espacio, no sólo de reflexión, sino que además contará con un grupo de foros en donde los interesados en esta etapa de la vida puedan explorar los conocimientos que tenemos sobre ella, las reflexiones, los problemas y las alegrías que se descubren en la madurez de la vida.

Poco a poco, y espero que con la ayuda de ustedes, surjan en los foros preguntas sobre la manera de acompañar, cuidar y gozar de nuestros adultos mayores; sea que vivan con nosotros en casa, de modo independiente, visiten una estancia o vivan en un asilo.

Al mismo tiempo, en este espacio y a modo de publicaciones de blog, subiré datos en torno a estas cuestiones: la calidad de vida, la dignidad, cuidados especiales, cuidados paliativos, etapas terminales de la vida, duelo y otras muchas cuestiones que nos asaltan cuando nos relacionamos con los adultos mayores.

Espero que, con el tiempo, podamos abrir aquí mismo más páginas, ya específicas sobre temas que resulten de nuestro interés. Por lo pronto, sólo existe el área de Gericultura, que parece un buen sitio para comenzar dado que abarca la mayor parte de los aspecto que habremos de considerar con nuestros adultos mayores.

En fin, bienvenidos todos. Creo que esta iniciativa podrá ser muy enriquecedora si la consultamos confrecuencia, participamos y nos involucramos en ello.

Un afectuoso saludo,

Dr. Marcel Salles.