El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad

pasillo3 Se han hecho muy populares en el medio de cuidados paliativos y atención a los ancianos expresiones que tienen que ver tanto con el deseo de replantear la manera en la que enfrentaremos nuestra propia muerte, como con la inquietud por comprender mejor ese período de tiempo en el que al acompañado se le llama moribundo. Ambas cuestiones se refieren a la necesidad muy contemporánea de tener que aprender a irnos de la vida, a saber cerrar el capítulo de nuestro tránsito por este mundo y poder así alcanzar un estado de paz en nuestro morir. Puede resultar extraño a muchos tenernos que plantear siquiera como una necesidad humana el que “tenemos que a aprender a morir”. Esto se debe a que, al parecer, la sociedad actual ha preferido apostar por la ilusión de inmortalidad y fundar sus esperanzas en los fabulosos avances tecnológicos de nuestra época para lograrla. Sin embargo, desterrar la muerte de nuestro horizonte vital puede no ser algo tan deseable en última instancia puesto que es precisamente el saber la necesidad de nuestra muerte lo que contribuye a que le demos sentido a nuestra vida.

Aprender a morir tiene que ver con clarificarnos dos conceptos que por lo general son asumidos como el mismo pero que son aspectos diferentes del vivir y el morir. Se asume en el lenguaje común que al expresar el concepto de muerte digna nos estamos refiriendo al proceso de morir con dignidad, pero esto es un error, y tiene que ver con la oscuridad que suele envolver nuestras actitudes frente al hecho de morir, porque existe un tabú en nuestra cultura en torno al fenómeno de la transición de la vida a la muerte y al cual evitamos asomarnos para conocerlo mejor. Y es que en realidad muerte digna y el morir con dignidad son dos conceptos diferentes que se entrelazan en el acontecimiento del morir en paz.

La muerte digna es un fenómeno cultural, exterior al moribundo y no siempre controlable por quien se encuentra en fase terminal. Tiene que ver más con el entorno, familiares y amigos o quienes guardan alguna relación afectiva con el moribundo. El concepto se refiere a las condiciones que puedan contribuir a la apacibilidad en el tránsito entre vida y muerte. Para ello, la cercanía de los seres queridos se torna importante, el acompañamiento cálido en la despedida. Por supuesto que aparece el dolor de la cercana pérdida de un ser querido y donde las lágrimas del adiós se entremezclan con la alegría de los recuerdos compartidos. El dolor que aparece en la muerte digna es el dolor de quienes se quedan, el dolor de los vivos y donde la tanatología se convierte en el campo de saber y ayuda. La muerte digna es el espacio de los vivos que despiden a su ser querido, es un acoger al moribundo, donde los vivos proveen de sus objetos personales, su cama, su ropa, todos aquellos elementos que resultan cercanos y significativos para el que se va; un proveer del entorno afectivo que ofrece la máxima calidad de vida hasta el último momento. Es acusar de recibido respecto de la vivencia de pérdida, de la despedida. En suma, los que sobreviven proveen del bienestar necesario para procesar su propia pérdida, inician los rituales que conocen y aprecian para el tránsito y el cierre del capítulo vital, ofrecen los elementos que refrendan la pertenencia de quien se va a un grupo -familia y sociedad- lo que contribuye a generar consuelo a los dolientes al buscar hacer trascender a quien se va o ha ido, y reconocer esa trascendencia en ellos mismos.

En otra perspectiva, morir con dignidad es un proceso individual que conlleva la aceptación de que la muerte es un asunto enteramente personal y que significa nuestra despedida de lo conocido. Nadie puede morir por uno y se trata de una vivencia que sucede en parte, en solitario. Morir con dignidad es prepararnos en alcanzar un estado de paz para irnos, un saber desprendernos del equipaje acumulado a lo largo de la vida y dejarla seguir su propia ruta sin nosotros. Alcanzar el estado de paz interior no resulta ser tan sencillo pues no se trata de una decisión, de un esfuerzo racional, sino de aceptación, esto es, de un movimiento emotivo que nos predispone a saber que nuestro tiempo en la vida se ha terminado y que si bien antes formamos parte del tejido de la vida y que de algún modo alteramos un poco ese paisaje vital con nuestras pisadas, ahora formaremos parte del tejido de los recuerdos en aquellos que nos conocieron y que en lo sucesivo nos convertiremos en huellas. Morir con dignidad nos implica entonces aprender a morir, y se traduce entonces como un esfuerzo de vida, no de muerte. Ese aprender se manifiesta en el ejercicio de valorar lo hecho en nuestro andar, revalorar lo que hemos hecho de nosotros mismos con el tiempo de nuestra estadía en la vida, alcanzar algo tan difícil como el perdón, que nos libera de cargas muy pesadas y aligera nuestro equipaje, agradecer la gratuidad que nos puso en el escenario de la vida y nos permitió personificarnos en la obra, desprendernos del miedo al cambio pues si bien fuimos dueños de nuestra vida por algún tiempo no somos dueños de la vida. Lograr todo lo anterior requiere preparación y aprendizaje. Un aprendizaje que se torna hoy en día necesario en virtud de que parece que hemos olvidado nuestra transitoriedad en la vida y donde la sociedad nos invita a evadir, aunque sea en la imaginación, nuestra propia caducidad. Es solamente cuando nos preparamos para nuestra muerte que comprendemos que morir con dignidad significa simplemente vivir sin miedo pues sabemos que moriremos, y al vivirnos sin miedo podemos aspirar a ser personas auténticas con el deseo de que nuestras huellas sean hondas. Morir con dignidad, entonces, se traduce en vivir dignamente nuestra propia muerte. Se trata de una actitud que respete nuestra propia vida aún en sus últimos momentos y poder despedirnos al modo como hemos vivido saboreando hasta nuestro último aliento. Lograr partir sin equipaje y aspirar a la paz del descanso vital, a la quietud, es algo que ha de lograrse por amor propio, por dignidad. Morir con dignidad se sintetiza entonces como vivir con dignidad, crear nuestra propia trascendencia y no otra cosa. Y resulta que al recorrer el camino de aprender a morir terminamos por aprender a vivir, aprendemos así a darle un significado especial a nuestra vida y, con ello, a darle sentido.

Aspirar a una muerte digna y a morir con dignidad se convierte en un proceso que matiza nuestra vida, donde vivir con dignidad significa ir construyendo nuestro inevitable camino hacia la muerte. Aprender a morir nos involucra de modo personal por pensar nuestra propia muerte y entonces nos impulsa a modular nuestra vida con aquello que la llene de sentido. Esto perfila nuestro carácter de autenticidad frente a nosotros mismos y frente a los demás y nos posibilita morir con dignidad, es decir, vivir con dignidad hasta nuestro último aliento. Los otros, no obstante, formarán parte de nosotros mismos, de lo que logramos hacer de nosotros mismos y llamamos nuestro ser, y serán no sólo contribuyentes sino testigos además de esos en quienes nos hemos convertido. Hacernos a nosotros mismos será siempre también un hacernos con los demás y a través de los demás, y al consolidar nuestra pertenencia a un “nosotros” construido con los otros formaremos parte de lo que colectivamente construimos como un pensar lo que la vida humana debe de ser, y de allí a compartir lo que entenderemos como una muerte digna, que en su momento, nos será ofrecida por aquellos con los que hemos vivido.

Se establece una reciprocidad entonces entre la muerte digna y el morir con dignidad pues se alimentan mutuamente, una se logra a través de la otra y viceversa, son movimientos mutuos donde uno genera la necesidad del otro y entre ambas contribuyan a resolver el deseado camino para lograr esa paz tan buscada a la hora de transitar por el camino de nuestra muerte. De este modo, la articulación entre lo que concebimos como muerte digna y morir con dignidad nos ponen en vía de reconocer lo que a nosotros nos aparece como vivir dignamente para que así, en el aprender a morir, aprendamos a realmente vivir.

 

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El entramado de la muerte digna y el morir con dignidad por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

El sentido del final de nuestra vida

vida Desde que nacemos nos encaminamos sin escapatoria hacia nuestro final. Pareciera esto un destino amargo, tener que atravesar por eso que llamamos nuestra vida y que contiene de modo inevitable su buena carga de sufrimiento para que, al final, nos convirtamos en una historia de vida que desaparece lentamente en la memoria y el recuerdo de los demás. La vida está, sin embargo, llena también de encuentros fabulosos, eso es indudablemente cierto, pero de igual modo contiene sus desencuentros y despedidas. Y estas pérdidas se hacen irremediablemente más frecuentes conforme avanzamos en edad. Pocas cosas ensombrecen tanto nuestros encuentros como saber que eventualmente nos despediremos. Y no es que haya un por qué o un para qué de tanta rudeza y dolor en la vida, es simple y llanamente así nos guste o no.

Sin embargo, y a pesar de lo desconcertante de nuestra situación de vida, contamos con sólo dos caminos a elegir cuando intentamos aproximarnos a la verdad desnuda de la vida humana, así, cara a cara, y nos preguntamos por el sentido que puede tener nuestra vida dado el hecho de nuestra caducidad.

Por un lado, y para poder conferirle algún sentido a nuestra vida, podemos elegir intentar negar nuestro destino y luchar para aumentar nuestra fortaleza frente a la vida, con la quizá soñadora esperanza de vencerla. Pero, para qué desearíamos vencer a la vida si no hemos sido capaces de asignarle un sentido a nuestra estancia aquí. Es decir, cuál es el caso de simplemente “permanecer” e irnos llenando de experiencias así como se llena un contenedor si no le atribuimos un sentido a nuestro tránsito por la vida. Me parece que sería un verdadero infierno de sufrimiento y aburrimiento que nos iría socavando el espíritu hasta alcanzar un estado de completa indiferencia vital tanto para el mundo como de nosotros mismos, un abandono al amor por la vitalidad que implica un cierto riesgo. Las caprichosas aspiraciones de inmortalidad que tenemos no parecen reflejar un deseo de movimiento y continuidad, el cambio constante, sino que parecen expresar el terror que sentimos al caer en cuenta de que tenemos fecha de caducidad y de allí es que nace el deseo de “congelar” el movimiento de la vida para continuar aquí, permanecer, así porque si, aún sin propósito, lo cual lleva al estancamiento y la inmovilidad. Con este camino no veo la manera de escapar de la vulgarización y trivialización de la propia vida por el miedo a morir, la caída en la desesperanza y la desolación de la muerte en vida.

Por otro lado, la segunda opción que tenemos para enfrentar nuestra caducidad es aceptar la fragilidad inherente que conlleva el estar vivos y que tenemos por ser seres humanos. Afirmar que la fragilidad es quizá el mejor camino para darle sentido a nuestra vida y en contraposición a la fortaleza, parecería un absurdo cuando es mirado desde el imaginario contemporáneo de nuestras aspiraciones y ese vanidoso valor autoasignado, que algunos confunden con la autoestima. Sin embargo, es posible pensar que la fragilidad se termina por convertir en nuestra mayor fortaleza cuando se traduce en el impulso de nuestro movimiento vital. Es la necesidad generada desde nuestra fragilidad la que nos moviliza y nos mantiene vigentes no sólo como seres vivos sino también como humanos que se miran distintos a quienes carecen de sueños. Esto es, precisamente porque somos concientes de ser tan frágiles y nos resulta tan abrumador oponernos al mundo para continuar vivos y porque queremos develarnos al modo en el que nos hemos soñado, es que nos descubrimos como seres que hacen nacer la esperanza dentro de si. Aún si se trata de la esperanza de los bobos, es tan fuerte ese empuje que nos motiva a enfrentar hasta lo racionalmente imposible. Y resulta que es justamente ahí donde encontramos nuestro valor, el sentido de nuestra vida y la puerta a nuestras propuestas de espiritualidad. Saber que nuestro recorrido en la vida tendrá fin nos impulsa hacia lo vital, al movimiento y a postularnos a nosotros mismos de un modo determinado.

Racionalizar nuestra caducidad, como lo han hecho grandes autores, ofrece algunas claridades sin duda, pero esa claridad no alivia el dolor de nuestra fragilidad. Tal vez, y sólo tal vez, sea la poesía la que revela con más éxito nuestra deseo de vida y de lo que oculta esa añoranza de paz que habita en nosotros.

Fragilidad

¿Quién dijo que la vida es frágil?
Más bien la fragilidad, como las trepadoras,
se enraiza en el tronco de la muerte,
vive de ella
se alimenta de su sábila
hasta el punto de dejarla inmóvil,
estática
condenada a contemplar la vida.
Lo humano, que se cree un simple espectador de esta escena,
se convierte, sin darse cuenta, en un campo de batalla
en donde la vida se reproduce a sí misma,
en donde la muerte lucha por mantenerse muerte
abrazada hasta la asfixia.
Sin más, la vida reclama para sí lo humano
mientras que lo humano
secretamente anhela algo más
quizá por ello, y a hurtadillas como un roedor,
de a poco, troza las guías de la fragilidad
aunque se contamine por su esencia.
Pobre humano, infectado hasta la médula
por la fragilidad, se entiende al fin
como lo que es:
un arrebato de vida
un anhelo de muerte.
Pero… no fueron la vida, la muerte
o la fragilidad quienes lo hicieron ser
lo que es.
El amor, tal vez… de ser así
no habrá descanso
hasta fundirse con él en un abrazo
y, más allá de la vida, la muerte y la fragilidad
se convertirá en el rabillo de esperanza
que se cuela en todo suspiro.
Y… mientras la vida reclama lo humano,
lo humano no se conforma con la vida
quiere acaso tocar lo divino
quiere acaso saber que lo humano
nunca muere.
Y… mientras lo humano reclama para sí la muerte,
ve en la fragilidad la posibilidad de reencontrarse
con quien despertó lo humano en él.
                                                                       -Marcel Salles-
 Sin importar la dirección de nuestros pasos, caminamos hacia nuestra muerte, eso es un hecho. Y aunque aceptemos que nos inclinamos a rechazar la muerte porque nos gana el hambre de experiencias vitales, lo cierto es que serán estas experiencias las que nos irán consumiendo a nosotros hasta no dejar ni los huesos. Conforme el tiempo avanza y la vida nos ofrece el mundo, al mismo tiempo nos devora. Es aquí donde nuestra fragilidad se hace más notoria, cuando nuestra muerte se hace presente en cada latido con una promesa de paz en medio de la explosión vital. Es entonces que nuestra fragilidad hace que nos preguntemos por la meta de la esperanza, pues deseamos vivir pero queremos también alcanzar la paz. No puedo imaginar el valor de la vida sin necesidad de la muerte. La vida exige su muerte, de otro modo no cabrían siquiera las valoraciones en torno a la fragilidad o a la vida y, con ello, se esfumaría la posibilidad de otorgarle cualquier sentido a nuestra vida. Es pues el sabernos con fecha de expiración y en condiciones de fragilidad lo que, finalmente, nos pone en el umbral de poder soñar en alcanzar un estado en el que seamos capaces de recordar y quizá revivir en paz lo recorrido en la vida, vernos esperanzados en…

 

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Los Nuevos Viejos y su Calidad de Vida

Las sociedades cambian y así lo hacen también las maneras con las que nos procuramos unos a otros. En esta época, la sociedad centra su atencion en los cambios tecnológicos y en la forma en que estas tecnologías son adoptadas por la juventud. En la creencia, quizás, de que son los jóvenes quienes se ven mayormente “afectados” por las presiones tecnológicas. Sin embargo, esta apreciación es parcialmente errónea.

La mayor afección la resiente un sector social comúnmente olvidado, nuestros ancianos. Los cambios tecnológicos impulsan modos de convivencia muy diferentes a los de antaño, y no es simple que una persona de 70 años, por poner un ejemplo, se anime con facilidad a descubrir cómo se utiliza un ipod, o a usar el skype para comunicarse con sus seres queridos, o siquiera se adapte a la velocidad de respuesta que implica comunicarse vía texto con el SMS de los celulares, ya ni se diga usar, para empezar, el celular con sus pequeñas teclas y pantallas. Todo ello, en su conjunto se ha convertido en una barrera que excluye con facilidad y ha dejado a nuestros ancianos, en plena era de la comunicación, mudos, aislados.

Si a este “olvido” de nuestros ancianos le aunamos una segunta situación que si bien suele denotar una visión socialmente responsable se ha convertido también en un problema que resienten los adultos mayores, la Calidad de vida de nuestros ancianos se ve sacudida con fuerza. Me refiero a lo siguiente, antes, los matrimonios tenían muchos hijos, y al llegar a la vejez, tanto el gasto como el cuidado de los padres se distribuía entre todos los hermanos disminuyendo la carga económica y en tiempo asignado para los familiares. En la actualidad, las parejas de clase media tienen en promedio 1.5 hijos, lo cual desprende dos situaciones conflictivas. Por un lado, la carga económica recae sobre un pequeño grupo de familiares, de tal modo que puede ser lo suficientemente alta como para estresar las finanzas familiares y detonar serios conflictos que no requieren de mayor explicación por su obviedad.

Por otro lado, si a lo anterior le aunamos que la esperanza de vida del adulto mayor se encuentra hoy por arriba de los 75 años, entonces los ancianos viven hoy más tiempo que anteriormente. Esto, si bien es un salto positivo en términos de la medicina, ha implicado una revolución en el aspecto social, puesto que además de tener una creciente comunidad de ancianos en nuestra sociedad, muchos de ellos se encuentran en buen estado de salud y dispuestos a realizar actividades y continuar con la vida. Nada de esto es, por si mismo un problema, salvo para nuestra sociedad, pues altera considerablemente la percepción social de los ancianos. Antes, visitar a los abuelos era enfrentar el cuadro de una persona medianamente desvalida, enferma, con poca o nula movilidad y de quien se esperaba, de alguna forma, su deceso próximo. Era un cuadro que si bien podía ser amoroso, lo era también de conmiseración. Hoy, visitar al los abuelos puede significar considerar su agenda, pues entre sus horas de ejercitación, visitas a museos, convivencia con sus amistades o cuestiones de trabajo, deja de ser un asunto de conmiseración. Se enfrenta uno a miembros muy activos en la sociedad pero en una condición donde la sociedad no cuenta ni con la infraestructura ni los recursos económicos asignados para ellos, además de que no cuenta entre su arsenal de usos y costumbres con los mecanismos de relación para incluir a los ancianos como miembros activos de la sociedad.

Hablamos, literalmente, de un nuevo sector de la sociedad: los “Nuevos Viejos”. Adultos mayores que poseen las facultades de movilizarse en la ciudad, de realizar trabajo, de llevar a cabo actividades que impliquen incidencia social, consumidores de bienes y servicios y que esperan vivir muchos años más. Pero, viven en una sociedad no preparada para ellos. La situación es quizás similar a la que viven los adolescentes, que enfrentan un mundo que no sabe qué hacer con ellos y que les ofrece pocas oportunidades. No obstante, los adolescentes cuentan con las herramientas tecnológicas y de comunicación para abrirse camino, mientras que los adultos mayores, en su condición de relegados e incomunicados se encuentran en desventaja. Ellos no encuentran las vías para decirle a la sociedad que allí están y que quieren continuar y ser parte activa de la sociedad, se requiere que sea la sociedad quien, en justicia, les abra las puertas y los incluya. Esta maroma social parece comenzar ya, pero aún le falta cobrar fuerza.

Son los adultos mayores, en cuanto que “Nuevos Viejos” quienes han ido encontrando su vía de reinserción social. Muchos de ellos viven solos y mantienen una vida activa. Han recurrido a desembarazarse de las viejas casonas por su elevado costo de mantenimiento para recurrir a casas unipersonales, pequeñas y de fácil mantenimiento y adaptación a sus necesidades. Mientras las constructoras operan sobre el gran mercado de las familias pequeñas para diseñar sus casas, otro sector comienza a ser atractivo, el de casas unipersonales con servicios cercanos, al estilo de “comunidades”. Otros se reúnen en casas hogar, asilos, estancias y hasta comparten casas que rentan o compran para un pequeño grupo donde reparten gastos. Así, tenemos una creciente comunidad de Nuevos Viejos que viven como “roomies”, como lo que la sociedad acostumbra ver en estudiantes foráneos. La lógica de “familia tradicional” se ve sacudida con esto de varias formas aunque eso lo discutiré en otro post.

¿Qué significa la calidad de vida para nuestros Nuevos Viejos?
Por lo pronto, habilitar el derecho a ser incluídos como miembros activos de la sociedad, romper la marginación de la cual son objeto. Esto implica todo un movimiento cultural puesto que en la sociedad contemporánea, al menos en la mexicana, no existen siquiera los mecanismos para este movimiento de inclusión, ya no se diga los instrumentos para su habilitación laboral o servicios específicos, espacios lúdicos o infraestructura urbana adecuada a su condición de mayor fragilidad. Se está llevando a cabo por organizaciones sociales apenas, como una presión de abajo hacia arriba.

Poder esforzarse por alcanzar una vida plena, contar con los recursos mínimos para ser vistos y aceptados como miembros de la sociedad se torna en esencial. Ya no se trata únicamente de gozar de buenos servicios de salud, sino de gozar de de otros servicios que los pongan en el escenario social de un modo diferente. Cuestión que abordaré en el siguiente escrito a modo de continuación.