El internet del pensamiento

Reflejos  En alusión al “internet de las cosas”, cabe preguntarnos por lo que la costumbre de goglear el internet en búsqueda de conocimientos hace a nuestro pensamiento y condición humana. Dicho de otro modo, preguntarnos por las implicaciones que para el aprendizaje y la comprensión sobre nosotros mismos tiene la incorporación del acceso a internet como fuente de conocimientos en el ámbito de la educación.

Somos herederos de la tradición ilustrada, donde la afirmación en torno a la veracidad de un hecho se basa en la observación, cuestionamiento, experimentación y reflexión como elementos metodológicos de investigación. Nos importa especialmente poder enraizar nuestros discursos de verdad en hechos, con lo cual asumimos que la experiencia ganada con el contacto con el mundo, o lo “otro”, es la fuente que nos posibilita hablar de verdades. Sean tendencias objetivas, subjetivas o relativas -como privilegia el pensamiento científico contemporáneo-, el discurso de verdad se ha basado en un anclaje común que involucra la caracterización de hechos a través de una doctrina -científica- de la evidencia y un método para formular nuestras preguntas, es decir, la adopción de un sesgo y perspectiva específicos a través de los cuales el juicio en torno a la verdad sobre algo se opera en el pensamiento de quien indaga y se pone a prueba bajo discusión para establecer una verdad arbitrada, resultado del juicio a partir de las evidencias. Partir de hechos para formular la verdad traslada el juicio de verdad sobre algo al pensamiento. Desde un Descartes y su duda metódica se modelaron socialmente nuestras capacidades para diseñar métodos empíricos o la formulación y uso de estructuras lógicas para teorizar y relacionar la información, condición que ha exigido formalidades específicas al sujeto que se pregunta en torno a ciertos hechos. Es gracias a esta ruta que se fue fortaleciendo el pensamiento científico hasta como lo conocemos hoy, vía que ha producido innumerables avances en el conocimiento.

Pero algo ha cambiado desde entonces, me refiero a nuestras fuentes del conocimiento, como ya ha sido señalado por algunos pensadores -resulta inspirador el escrito After de Fact de Jill Lepore a modo de primera incursión en estos cuestionamientos-. Aunque la investigación científica continúa su propia ruta para la generación de conocimientos y verdades científicas, el ejercicio de las profesiones que operan con esos conocimientos científicos ha cambiado su sistema de validación del conocimiento y de la verdad. Este cambio responde en gran medida a la incorporación de los recursos de internet como elemento de socialización de la verdad. Se ha hecho una traslación que parece ser relevante, se ha cambiado el centro que fundamenta el juicio de verdad, de hechos, como lo hacen las ciencias básicas, a datos.

Y por supuesto podemos preguntarnos por lo que sucede en nuestra mente cuando sustituimos hechos por datos, pregunta que no resulta de ninguna manera ociosa. Esto es, hemos asumido en ciencias que sabemos cómo saber, asunto que implica aceptar que nuestras ciencias a) validan los hechos como evidencias y que b) hemos de aplicar un método específico a esos hechos para posteriormente realizar el juicio de verdad con el que formularemos el discurso de verdad. Aprendemos así una doctrina del conocimiento y la verdad que se basa en hechos y la formulación de preguntas específicas que serán exploradas mediante la aplicación de métodos sobre esos hechos. Pues bien, ¿qué pasa si substituimos los hechos por datos provenientes de internet?

Como primer acercamiento a esta cuestión, exploraremos lo que acontece cuando tomamos datos como si fueran hechos, lo que nos pone en una ruta en la que asumimos la veracidad de esos datos como válidos en nuestra propia experiencia. Esto es todo un cambio de actitud respecto de lo que significa el manejo de la verdad. Es decir, y bajo esta lógica, que nuestras búsquedas en Google convierten a este sistema de búsqueda en una suerte de extensión de nuestra memoria personal. Si bien sabemos que los datos que nos ofrece Google no fueron generados por nuestra experiencia sino por otras personas, esto no parece impedir que se asuman como verdaderos en la esfera personal, ¿por qué?, porque damos por hecho que Google filtra la información y procesa nuestras exploraciones seleccionando bajo su propia inteligencia los conocimientos que concibe que deseamos alcanzar. En otras palabras, piensa por nosotros respecto de la selección de conocimientos y verdades a ofrecer y a nosotros nos toca entonces aceptar que el sistema con el que Google selecciona es una suerte de incorporación o extensión de nuestra propia inteligencia por lo que a nosotros nos correspondería saber formular las preguntas apropiadas. Hemos de adaptarnos al sistema de inteligencia de Google para adoptar así su sistema como parte integral de nuestra propia inteligencia.

Lo que ha cambiado aquí, a diferencia de leer un journal o un libro que contiene información que nos parece pertinente a la indagación que nos traemos entre manos, es que cuando leemos un documento hemos sido nosotros quienes lo han buscado y seleccionado de entre muchos otros y que sabemos a la perfección que no pertenece a nuestra propia mente aunque deseamos inteligir sus contenidos. Pero, cuando delegamos al sistema de búsqueda los criterios de búsqueda y dejamos se sea el sistema quien elija el material dentro del cual nosotros seleccionaremos en segunda instancia, hemos hecho un ejercicio de aceptación de que el sistema de búsqueda de algún modo sabe lo que queremos. Esta valoración es algo que comúnmente hacemos cuando escarbamos en nuestra propia mente en búsqueda de información, es decir, la confianza que tenemos en nuestra propia experiencia y conocimientos así como la veracidad de éstos la depositamos por igual en el sistema de búsqueda de Google como si fuera nuestra propia memoria y sistema de inteligencia. Cuando así lo hacemos, podríamos parafrasear a Descartes y decir: gogleo, luego soy.

Educacion humanista Esta condición de la inteligencia de Google como primera instancia en la búsqueda del conocimiento presenta un problema, nos convierte en incapaces para saber la verdad sobre un hecho. Dado que la información que existe en internet es muy variada y de fuentes tan diversas es claro que los resultados de nuestras búsquedas son de veracidad heterogénea. Pero, si hemos asumido que la inteligencia del buscador es el operador en primera instancia de nuestra búsqueda mental, los hechos desaparecen para obligarnos a asumir la veracidad de los datos y ahí nuestro juicio de verdad se obscurece. Finalmente es el sistema de inteligencia de Google el que arbitra sobre la verdad de los datos por su manejo del consenso social de la verdad a nivel global, y bajo sus propios criterios siendo nuestra mente la segunda instancia aunque operamos con los resultados de la primera. Nosotros operaremos exclusivamente con datos, no con hechos. Puesto así, hemos delegado al sistema de búsqueda el saber conocer. Este es el verdadero desorden epistemológico que hemos creado. Corremos el enorme riesgo de olvidar y caer en una situación en la que podríamos decir que sabíamos cómo conocer pero que ahora ya no. Riesgo que enfrentan nuestros estudiantes. Es decir, operar como primera instancia sobre hechos nos obliga a valorar esos hechos con investigación, discernimiento, juicios de valor y juicios de verdad, pero al convertirnos en segunda instancia y delegar en Google la primera instancia de nuestro pensamiento podemos afirmar ahora que nuestros conocimientos ya no son un saber, sino un Google-saber. Es muy posible que la mayor parte de nuestros conocimientos, o el de nuestros escolares, sea un conocimiento “descargado”, adquirido en línea y no producto de su propia experiencia, equipaje de conocimientos y esfuerzo mental con los hechos que se presentan en su vida. Esta diferencia no es poca cosa puesto que nos convierte en vulnerables en cuanto a nuestro propio pensamiento al llevarnos por propia decisión de delegar al buscador la condición de saber cómo saber. Hoy en día, los estudiantes y muchos profesionales ya no se preocupan por indagar y descubrir nuevos hechos, no les aparece como necesario pues suponen que alguien más lo hizo, subió la información a internet y ahora ellos simplemente los “descargan”. Personalmente, me parece inquietante esta situación en el mundo académico y profesional. Parece irse perdiendo el valor que asignamos al saber cómo saber para dedicarnos a ser operadores de conocimientos más que buscadores de los mismos.

Si nos dejamos arrastrar a la especulación por un momento, o un párrafo al menos, podríamos vislumbrar un futuro cercano en el que las personas ya no saben cómo conocer y confían ciegamente en esa mega-mente de Google y mega-memoria del internet como fuente casi inagotable de datos. Casi como un escenario de ciencia ficción, un tanto terrorífico, en el que llegaríamos a una situación en la que afirmaríamos: gogleo, luego no soy, puesto que más bien habría una sola mente enorme, la del Internet y nosotros como seres humanos seríamos operadores solamente para esa mente. Un sometimiento así, incluso voluntario, sería un desastre. Pero más asusta que lo que vemos hoy es que las personas parecen asumir este camino casi con alegría, y que prefieren ser operadores de la verdad que vive en los datos de internet antes que saber cómo conocer y buscar la generación de nuevos hechos a ser enjuiciados por nuestra propia mente en búsqueda de la verdad.

En suma, queda sobre la mesa una opción relevante y necesaria frente a la enorme riqueza de datos que hay en internet, la obligada decisión de utilizar esa fuente de recursos de datos como un anexo a nuestra memoria pero siendo nosotros mismos quienes operen los criterios bajo el esfuerzo de pensar por nosotros mismos y con nuestra propia inteligencia como primera instancia y no olvidar así el saber cómo saber o, abandonarnos y dejar que sea el internet quien a modo de mega-inteligencia nos sustituya en ese saber cómo saber y olvidarnos de ese saber para convertirnos en… algo distinto a lo que somos actualmente.

Si bien se trata de una decisión, me parece que el motivo que impulsa esa necesaria decisión es la actitud que tengamos frente a nuestros deseos por investigar, ensuciarnos las manos y echar a andar nuestra mente. Por ello creo que mucho del trabajo en el medio educativo tiene que centrarse en favorecer ciertas actitudes frente al conocimiento, a la verdad y a los modos con los que perseguimos y formulamos nuestros discursos de verdad. Eso, tendrá que resultar en un modo de asumir la necesidad de saber cómo saber como parte inherente de la condición humana.

 

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El internet del pensamiento por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

5 comentarios en “El internet del pensamiento

  1. Muy sugerente tu reflexión, Marcel. Y yo agregaría a esa importancia de conocer cómo sabemos, la necesaria competencia de reconocer cómo operan los datos en el mar de internet bajo las lógicas comerciales.

  2. Muy interesante su reflexión, querido Doctor, si lo que quería era provocar diálogo, agárrese, se tomó el carbonato, ahora aguántese las eructadas.

    Allá en el siglo tercero antes de Cristo Sócrates decía algo muy parecido sobre los libros, creía que el hecho de que la gente ya tuviera el dato escrito le quitaría la necesidad de recordarlo y atrofiaría la memoria, el que circularan textos viejos confundiría, pues si el conocimiento avanzó, esa voz que no se apaga y tampoco se actualiza traería confusión y mentira, creía que los textos restarían autoridad a los maestros, pues cualquiera puede escribir y como no se puede preguntar al texto por más de lo que dice, la honorabilidad y preparación de autor quedaban ocultas, creía que como cualquiera puede leer y el libro, al contrario del maestro, no elige a sus estudiantes, el conocimiento, su seriedad y su valor vendrían a menos, también eso de que como ya estaba el saber prefabricado, sin un custodio que viera que hacías lo digno para obtenerlo antes de dártelo, el peligro de que se dejara de saber cómo investigar o cómo pensar con propiedad proyectaba su sombra.

    Siempre ha habido modo de evadir la responsabilidad de lo que se dice, sabe, cree o hace, desde pedir consejo hasta inventar pretextos son expedientes para posponer la responsabilidad; que ahora los alumnos cortan y pegan la información de internet sin verificar su validez, o, peor aún, sin comprenderla, o incluso sin siquiera haberla leído, mi generación compraba “cartitas” o “láminas” e incluso fotocopiaba artículos de la enciclopedia y los pegaba en el cuaderno sin leerlos, y eso sin contar el recurso inmemorial de pagarle a otro para que te ayude con tu tarea.

    Pero, me molesta tanto que se crea que con el internet se inventó el agua tibia, como que se sostenga que no ha supuesto novedad alguna. Creo en aquel agudo análisis de don Arturo Michel de que la bisagra central que articula la historia y el desarrollo tecnológico es el asunto del poder. Cada nueva tecnología supone un desplazamiento en el eje de la fuente del poder. Lo novedoso, lo relevante de internet es el cambio de reglas en el acceso al control de la información, de la tecnología, de las interacciones y otras fuentes de poder. No me parece que lo central sea que la gente pierda la agencia intelectual, para muchos, al contrario, es una fuente de fortalecimiento y potenciación de tal agencia.

    Es verdad, Google y los otros buscadores y sus algoritmos de búsqueda, entre los que se incluye el ranqueo por pago se convierten en un poder hegemónico, pero también es verdad que antes que ellos las universidades, los estados y hasta las editoriales lo han sido, no es novedad que el conocimiento que se nos ofrece ya haya pasado por uno o más filtros previos, no cambió mucho el juego, sólo cambió de manos el poder de arbitraje.

    Ahora que, en honor a la verdad, después de tanto ver compañeros y alumnos a los que les falta voluntad o capacidad para el desarrollo intelectual, por criticable que sean los criterios de selección de los navegadores de internet, estos son, al menos, y a final de cuentas, un criterio, y eso ya es más de lo que en muchos casos muchos utilizan.

    Por otro lado, ¿De verdad sabemos cómo conocer? ¿En serio tenemos claros los criterios de verdad para los saberes, y más aún distinguimos entre qué criterio de verdad tocan para qué saberes y para qué saberes no? Temo que en la mayoría de los casos no. A mí me quedan claros mis criterios, pero porque ando en el brete de ese tema como un obseso desde hace años, pero la mayoría no diferencia, por ejemplo, que el criterio de verdad de las ciencias sociales no sirve para las ciencias naturales y viceversa. En general nuestra validación se da por experimentación, por concordancia o no contradicción o por fe en la fuente de los datos pues ésta era una muestra de responsabilidad, autonomía o solidaridad. De los tres criterios (experimentación, coherencia y confianza) la inmensa mayoría de nuestros saberes descansa en el tercer criterio, incluso lo que sabemos de materias experimentales como física o química, no lo experimentamos en nada, o directamente, o autónomamente con controles propios. Leímos los resultados del experimento y creímos en los autores, el maestro hizo el experimento delante de nosotros y le creímos que era verdad que realmente usaba los materiales que nos dijo y que no ejecutó otros procesos fuera de nuestra vista, o hicimos el experimento nosotros mismos en el laboratorio y confiamos que los reactivos que se nos daban eran los que nos dijeron que eran.

    Que la mayoría de los conocimientos no pasen por el tamiz de los criterios de verdad de las ciencias naturales no me parece indeseable, sino inevitable, la mayoría de las preocupaciones del promedio de la población no es objeto de estudio de éstas. Creo que es más problema que no sepamos cuáles criterios de verdad usar para qué, y que no seamos rigurosos en ello. Es decir, concuerdo con la descripción de los problemas y malestares que hace, doctor, pero difiero con el diagnóstico.

    Un abrazo.

    • Estimado Héctor,

      Primero, gracias por tomarte la molestia de escribir un comentario tan puntual, es más de lo que se espera en un post de blog y, por supuesto, la polémica está abierta siempre. Un escrito como el del post no tiene el propósito de mostrar una reflexión que ponga sobre la mesa una profundización de envergadura sino más bien el de servir como detonador, lo cual ha hecho y bienvenidos son los señalamientos que apuntas.

      Segundo, ciertamente el malestar de Sócrates habrá inquietado pero se centraba sobre otro eje al aquí expuesto. No es una cuestión de rechazo a las nuevas tecnologías. Coincido contigo en que han de ser bienvenidas y que nos requieren de ajustes en el manejo del conocimiento además de que han abierto la puerta a una participación amplia de las distintas comunidades del saber, lo cual de suyo es inmensamente positivo y conlleva también sus propios compromisos que han de ser explorados y reflexionados. El eje se centra en cambio sobre la inmensa docilidad con la que delegamos al sistema la estructuración de las preguntas, que implican un saber como conocer más allá del conocer inmediato. Claro que actualmente nos resulta, como bien dices, imposible incluso experimentar todo lo que sabemos y que efectivamente operamos sobre un sistema de validación de terceros. Pero, si poseemos modos de saber cómo conocemos, aunque por supuesto es un terreno que cambia de vez en vez y siempre cuenta con errores e imprecisiones además de aspectos que aún nos aparecen como ininteligibles, es un ámbito que se mueve en una tónica que construye líneas de pensamiento, metodologías, una miríada de propuestas diversas y hasta contradictorias.

      Sin embargo, vamos conociendo mejor esos procesos que nos llevan a postular cómo saber como conocemos. La inquietud del escrito estriba en la enorme confianza que hemos depositado en un mundo virtual de datos de calidad heterogénea y el hecho de ver que es una queja común la falta de metodología en jóvenes estudiantes, además de constatar el hecho en mis propias clases. Leer es un asunto, operar con sentido el conocimiento es otro y sí relaciono esto en el escrito del blog con el hecho de que se “descarga” información que se asume como conocimiento así se trate de un galimatías. Generar esa práctica como costumbre está de moda pero muy lejos de la inquietud de Sócrates o del engarce de poder que señala Arturo, tiene que ver más bien con esa confianza aparentemente ciega y lo que estamos cediendo a cambio. Así, el problema no es la fuente sino la calidad del agua que a ojos de los chicos, y muchos adultos, pareciera ser siempre potable por el simple hecho de estar en internet o aparecer en el buscador. De ahí el preguntarme sobre lo que estaba pasando al respecto y un escrito a modo de primera aproximación.

      Como sea, el debate está abierto a todas las miradas y, como dices, el problema salta a la vista eso no hay duda, y estamos intentando hacerle al Dr House y formular un conjunto de diagnósticos que nos parezcan viables para hincarles el diente.

      Nuevamente gracias por tomar la estafeta de abrir el debate.
      Saludos!

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