Reflexiones en torno a la Calidad de Vida (1)

Todos hablamos, tarde o temprano, de preservar la calidad de vida pero, ¿A qué nos referimos cuando afirmamos tal cosa? Es claro que todos entendemos algo que resulta común en esa expresión y que apunta hacia algo bueno y, al mismo tiempo, cada uno de nosotros posee una aproximación muy personal de lo que queremos decir cuando ponemos la afirmación sobre la mesa. En este y los siguientes posts, trataré de explorar algunas cuestiones respecto de la calidad de vida que tal vez nos ayuden a atrapar mejor esa noción.

Para abrir boca, hay que tomar en cuenta que la noción de calidad de vida no es particularmente nueva aunque no siempre ha recibido ese nombre y que, además, la manera en la que se persigue o se busca instrumentar en la vida de los seres humanos ha variado a lo largo del tiempo y las sociedades. En términos generales, lo que parece permanecer constante en la historia de la noción, es la convicción de que a los seres humanos no nos resulta suficiente con vivir, entendiendo por esto la necesidad o el deseo de mantenernos con vida. Vivir, en ésta lógica, equivale realmente a sobrevivir; esto es, realizar las acciones necesarias para mantener nuestro organismo en condiciones de operación biológica. En esta óptica, la pertenencia al reino de la biología nos impone ciertas operaciones para poder cumplir con las condiciones mínimas necesarias para mantenernos con vida. Proveernos de nuestros alimentos, guarecernos de las inclemencias del tiempo, atravesar por etapas de sueño, socializar y disminuir los riesgos propios de la vida, por señalar algunos, son ejemplos de las actividades que hemos de realizar para lograr que la vida permanezca en nosotros. En este punto, podríamos decir que los seres humanos compartimos las exigencias propias de la vida orgánica. Con esto se pone de relieve la dimensión objetiva de la calidad de vida: aquellas categorías que debemos cumplir para mantenernos en las mejores condiciones de salud posibles tales como una alimentación suficiente, hidratación, temperatura corporal, etc. Aún bajo esta perspectiva, hablar de calidad de vida no resulta sencillo puesto que las necesidades biológicas varían de acuerdo a nuestra edad, actividad, sexo, condiciones particulares de salud y otros aspectos que tienen que tomarse en cuenta para deducir las condiciones óptimas para cada ser humano. El valor de los parámetros, además, puede por supuesto variar, segun las condiciones de vida de cada individuo, sus padecimientos, situación de vida, etc.

Pero, y este es un gran pero, frente a lo anterior los seres humanos no parecemos conformarnos con las actividades impuestas desde la condición biológica que, si bien son obligatorias para mantenernos con vida, resulta que no satisfacen lo que ordinariamente concebimos como vida humana. Aquí se encuentra el punto que da origen de lo que entendemos hoy como calidad de vida. En esa insatisfacción muy nuestra frente a la vida orgánica se apoya una dimensión subjetiva, más amplia y rica, de la calidad de vida.

Al parecer, a los seres humanos no nos basta con vivir sino que, además, queremos vivir “bien”. Este vivir “bien” hace la diferencia cuando hablamos de calidad de vida y es justamente lo que le da sus contenidos. Con esto me refiero a que solemos asignarle valor a nuestra experiencia vital para convertirla en experiencia de vida, nuestra vida. Esto lo logramos porque nuestras experiencias a lo largo de la vida no se quedan únicamente en un “haber vivido” entendido como un “logré sobrevivir al día siguiente”, sino que asociamos la experiencia vital con nuestros sueños, nuestros deseos, las metas que nos forjamos y la aglutinación de experiencias previas que forman nuestra historia personal. Nuestra experiencia vital se impregna de las emociones que nos atraviesan durante y después de la experiencia. Así pues, nuestra historia de vida contribuye a formar un todo que rebasa la pura experiencia de vivir para convertirse en “mi” experiencia de tal vivencia. Es desde la interpretación que hagamos de nuestras experiencias y del valor que le asignemos a esa visión, muy personal, que elaboramos la primera perspectiva de lo que sería la dimensión subjetiva de la calidad de vida, una perspectiva de lo interior.

La segunda perspectiva subjetiva, nos viene de fuera, de la experiencia colectiva que creamos por vivir dentro de una sociedad. En general, se puede decir que los aspectos culturales que nos modelan, los valores y las metas sociales de la época de la cual participamos nos presentan un horizonte de posibilidades de lo que puede significar vivir “bien”. Es más bien común que participemos de una particular jerarquización de valores según la sociedad en la que vivamos y, con ello, se puede afirmar que la sociedad contribuye notablemente no sólo al modo en que solemos interpretar las cosas que nos suceden, también a identificar los logros que hemos de perseguir y las metas por alcanzar, así como a valorar ciertos aspectos de la vida como deseables y buenos y a rechazar otros aspectos que se consideren malos o despreciables.

Vivir bien, entonces, se convierte en un horizonte un tanto vago como para poder ser generalizado. Cada persona aún dentro de una misma sociedad puede plantearse expectativas muy diferentes a partir de sus propias experiencias de vida aún si participa de un conjunto de valores compartidos con la sociedad. Así, aspectos como la espiritualidad, la idea de felicidad, el amor, el éxito laboral y muchas otras esferas tan propias de lo humano, impregnan nuestro modo de vivir, lo que soñamos y lo que deseamos; se convierten en nuestra idea de lo que es vivir. Podemos concluir que para nosotros, vivir se traduce como vivir humanamente y eso significa, en general, el hecho de que privilegiamos aspectos subjetivos para calificar nuestra propia vida. Esto quiere decir que rechazamos como modo de vida el puro intento por sobrevivir y que apostamos fuertemente por una idea que entiende por calidad de vida la inclusión de un modo de vivir, más allá de la pura sobrevivencia.

Esta sea tal vez la razón de que la noción de calidad de vida, si bien tan generalizada, resulte al mismo tiempo tan vaga y poco “atrapable”. Por lo pronto, se desprende ya que la noción de calidad de vida posee componentes tanto objetivos como subjetivos y que entendemos calidad de vida desde una perspectiva que tiende a lo que entendamos como un vivir bien. Esto no quita, sin embargo, que debamos buscar comprensiones comunes de mayor precisión para la noción puesto que en ciertos puntos de la vida humana se hace importante tomar decisiones con la ayuda de la idea que tengamos, como conjunto, de lo que es calidad de vida. Estas y otras inquietudes las abordaremos en el siguiente post.

M. Salles

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