Educación como batalla entre el saber vs la ignorancia erudita

gato2 Es justamente en los tiempos donde el flujo de información es tan amplio y tan gratuito, que el valor de los docentes aumenta y no al revés como suele creerse hoy por muchos. Esta aparente pérdida de valor social del profesorado tiene que ver con un hecho sin precedentes: la existencia del internet y la masificación de los dispositivos inteligentes con utilidades que facilitan el acceso a la información, que han provocado una ilusoria convicción de erudición en las personas y, consecuentemente, un cambio en la valoración de la relevancia de los docentes en los procesos de educación. Esta condición ha generado inquietud y desconcierto en gran parte del profesorado en cualquiera de los niveles educativos puesto que hoy se cuestiona duramente el lugar que tradicionalmente han ocupado los maestros en la sociedad. Y este cuestionamiento se debe en parte al poder que nos habilita la tecnología para tener al alcance de la mano un acceso al universo de información. Es indudablemente cierto que gozar de ese acceso directo a la información es, por sí mismo, un gran avance respecto de las posibilidades de autonomía de las personas y es sumamente importante tener esa claridad. Sin embargo, el problema surge al perder de vista el hecho de que accesar y hasta coleccionar información no es equivalente a saber; y es justamente la confusión social en torno a esta diferencia lo que causa tanto conflicto.

El profesorado, en su esfuerzo de enseñanza, se ve en la necesidad de incorporar nuevas estrategias al estrenar un nuevo y poderoso adversario que, por si fuera poco, pareciera ser ampliamente respaldado por el grueso de la sociedad. Me refiero a la ignorancia erudita, que sería la apariencia, o peor aún el autoengaño, de creer saber algo por el hecho de poseer información relativa a ese algo y ser capaces de esgrimir con elocuencia un par de argumentos convincentes aunque no necesariamente verdaderos. Esta celebración social de la ignorancia erudita cambia el terreno sobre el cual trabajan los docentes puesto que deben primero ayudar a vencer una serie de actitudes erróneas en torno a la información y al conocimiento, y es que si los procesos de enseñanza-aprendizaje tienen de por sí ya notables retos a vencer cuando se pretende educar, hasta ahora el ejercicio educativo había trabajado con personas que asumían no saber algo y que por eso buscaban aprenderlo. El problema se agudiza cuando se quiere trabajar con alguien que no sabe pero que cree que sabe o que está convencido de que con unos cuantos clicks en su dispositivo descargará información que le hará saber en automático en voz de otros.

La sociedad en su conjunto se ve impactada por el enorme poder que se adquiere al tener acceso a una prácticamente ilimitada fuente de información, hecho que nos tiene aún seriamente deslumbrados. Y deslumbrados es quizá la palabra adecuada para describir lo que nos pasa porque implica la condición de permanecer momentáneamente ciegos frente a luz tan intensa. Esta situación se convierte en una terrible ironía, pues nos basta abrir la puerta del flujo de información que puede iluminar para que podamos terminar, por el contrario, sin poder ver con claridad. Como si tanta información congelara nuestra mente que, abrumada por una variedad interminable de opciones a elegir, se torna incapaz de procesar, de elegir, de ajustar y discernir lo necesario para que la incorporación de información a nuestro problema pueda ser apropiada y útil para solventar el asunto que nos exige la realidad inmediata. De este modo, nuestra búsqueda en esa fuente infinita de riqueza que aglutina el conocimiento mundialmente compartido termina por ofrecernos tantos caminos que nos perdemos, o peor aún, nuestra atención pierde la brújula y olvida lo que en un principio buscaba y quedamos como Alicia en su diálogo con el gato de Cheshire, sólo que ahora le llamamos perderse en los hiperlinks:

¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?

– Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar – dijo el Gato.

– No me importa mucho el sitio… – dijo Alicia.

– Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes – dijo el Gato.

Es esta una extraña condición derivada de nuestro acceso a internet, la de andar deslumbrados y perdidos con tanta información pero, a la vez, con el imaginario de que al ser capaces de poseer una infinidad de conocimientos ello se traduce en la apropiación de los mismos como parte de nuestro equipaje cognitivo. Esto ha despertado una extraña convicción en muchas personas, la de creer que se sabe mucho sobre cualquier cosa por el hecho de poder acceder o descargar información sobre dicha cosa. Es un asumir que de alguna manera el conocimiento humano coleccionado colectivamente en internet forma parte de nuestra memoria personal por el hecho de que podemos acceder a esa información a voluntad en el momento en que lo deseamos. Las víctimas de una tal convicción se convierten, sin embargo, en ignorantes eruditos que no comprenden el conocimiento que poseen aunque lo usen, porque tenerlo no equivale a integrarlo a nuestra mente, apropiárselo y hacerlo dialogar con nuestros otros conocimientos y hasta significarlo en la experiencia. No es fácil resistirse a tal seducción, vencer el alud de información, y poder mantener el foco de atención en contexto pues, quién no ha caído en lo atractivo de creer ser a veces nutriólogo de blog, médico de Google, chef de Pinterest, politólogo de Facebook, economista de Twitter, artista de Instagram o algo por el estilo. En suma, deslumbrados a ratos aunque muy entretenidos eso si.

sombra Con este cuadro cabe preguntarse entonces por la función de los docentes en un mundo inundado de información pero de conocimientos sólo para algunos.

Me parece que el primer paso es comprender que la tarea de un docente en nuestros días no es la de proveedor información que resuelva, función que antaño se tenía, sino la de proveer información que detone la inquietud por saber más, profundizar, precisar lo que buscamos y hasta ayudarnos a reformular nuestras preguntas. Educar implica acompañar a los alumnos en el ejercicio de apropiarse la información para convertirla en conocimiento significativo. Dicho metafóricamente, enseñar a surfear las olas en lugar de quedarse pasmado y ser revolcado por ellas.

El segundo paso consiste en caer en cuenta de que cuando existe ya un cúmulo de conocimientos respecto a algo, existen también una infinidad de respuestas dadas -por otros- y que si bien tener respuestas es útil para solventar muchas tareas diarias, lograr ser capaces de despertar en nosotros nuevas preguntas a partir del universo de respuestas es lo que nos pone en camino para nuevos descubrimientos, nuevas perspectivas o proposiciones creativas. Descubrirnos como posibles contribuyentes a esa fuente de información, y no sólo como consumidores de la misma, nos convierte en agentes activos y valiosos para la sociedad que nos cobija. Enseñar a los alumnos a convertirse en participantes activos de la sociedad y ser con ello motor de cambios tiene que ver más con promover actitudes, para lo cual se trabaja con la construcción moral -en sentido de identidad- de las personas, tarea hoy ineludible y mucho muy importante de los docentes contemporáneos. Para ello, el docente no sólo ha de esforzarse en invitar a buscar los detalles en la información y enseñar a utilizar herramientas críticas para cuestionar sino que además ha de ser capaz de mostrarse más como una persona que aglutina un extenso bagaje de conocimientos y experiencias integrados en armazón singular y que le confiere así una perspectiva específica de sí mismo y de su relación con el entorno y los demás. El docente se vuelve un modelo a seguir, o a no seguir, pero un modelo sólido a fin de cuentas y es esa solidez lo que resulta valioso y significativo para el alumnado, buscar ser un referente claro respecto de algo alejándose de las veleidades y relativismos hace identidad además de ser la antesala de la ética.

El tercer paso tiene que ver con contribuir a utilizar y apropiarse herramientas mentales para buscar, extraer, organizar, clasificar y analizar información con una meta particular. Si deseamos que el esfuerzo de enseñar lo anterior tenga sentido para nuestros alumnos, no es suficiente con hacerlos trabajar en el para qué hacemos las cosas, que si bien es útil tener esa claridad, lo es para resolver lo inmediato en el trabajo y aunque es un paso necesario en el aprendizaje se trata de un aspecto puramente técnico y herramental. No, para que la inmersión en la información y el conocimiento tenga sentido, a la insuficiencia del para qué se le debe completar con el esfuerzo de hacer transitar también a los alumnos por un camino más espinoso y que consiste en abordar la pregunta del por qué hacemos lo que hacemos. Es esta pregunta la que los ayudará a significar los conocimientos no sólo con la tarea que se traen entre manos sino a significarlos como parte del cuerpo de conocimientos con los que ellos se dan sentido a sí mismos como personas. Este paso es bastante más ambicioso que la pura transferencia de información a los alumnos -instruir- o el ejercicio de fortalecer habilidades en ellos, e involucra al docente en el ejercicio de contribuir a desarrollar personas, educar.

El cuarto paso se relaciona con enfrentar un aspecto que se interpreta erróneamente en la sociedad actual y que tiene que ver con ese estar deslumbrados por la avalancha de conocimientos e información y que favorece a la actitud que asigna valor social a la ignorancia erudita. Me refiero a la convicción existente de que para vencer a nuestra ignorancia hemos de verter cuanto conocimiento sea posible en nuestra mente, la ignorancia erudita. Como si el hecho de deslumbrarnos con conocimiento ahuyentara nuestra oscuridad interior. Pues nada puede ser más errado que eso. Para vencer nuestra oscuridad la vía apropiada parece ser mirarla de frente, convertir porciones de esa oscuridad en preguntas, nuestras preguntas. Convertirla en motivación antes que en terror, con los saberes que hemos logrado integrar en nosotros. Los docentes tienen aquí, me parece, su tarea más fundamental, que es la de enseñar a no temerle a nuestra propia oscuridad puesto que ella no es motivo de vergüenza sino que, por el contrario, es justamente el motivo que nos fuerza a descubrirnos a nosotros mismos y que es, propiamente dicho, lo que nos despierta a la capacidad de llenar nuestros huecos a gusto y modo; expresado sintéticamente, es la puerta para hacernos a nosotros mismos. Reconocernos ignorantes de tantas cosas es precisamente lo que nos pone en movimiento hacia el deseo de proponernos a nosotros, como nosotros mismos, descubriendo al mundo y arrojando luz sobre nuestra propia oscuridad.

Los docentes entonces tienen ahora, paradójicamente, una tarea aún más ambiciosa y ardua en este mundo tan inundado de conocimientos, y que es, en suma, la tarea de contribuir a forjar personas no sólo críticas sino auténticas, mucho más que operadores de información.

 

 

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Educación como batalla entre el saber vs la ignorancia erudita por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

3 comentarios en “Educación como batalla entre el saber vs la ignorancia erudita

  1. Interesantes varias cosas, Marcel. Me encantó la idea de pensarnos los docentes con un armazón (yo diría con una piel) producto de nuestra relación con nosotros mismos, con el entorno y con los demás. Y que lo que podemos compartirles es eso, sumado a nuestra actitud para hacer preguntas.

  2. Muy acertivos los puntos de vista; he compartido esta información con mis compañeros de docencia para poder ubicarnos en un mejor desempeño y sobre todo, dar un gran paso personal.

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