Los Nuevos Viejos y su Calidad de Vida

Las sociedades cambian y así lo hacen también las maneras con las que nos procuramos unos a otros. En esta época, la sociedad centra su atencion en los cambios tecnológicos y en la forma en que estas tecnologías son adoptadas por la juventud. En la creencia, quizás, de que son los jóvenes quienes se ven mayormente “afectados” por las presiones tecnológicas. Sin embargo, esta apreciación es parcialmente errónea.

La mayor afección la resiente un sector social comúnmente olvidado, nuestros ancianos. Los cambios tecnológicos impulsan modos de convivencia muy diferentes a los de antaño, y no es simple que una persona de 70 años, por poner un ejemplo, se anime con facilidad a descubrir cómo se utiliza un ipod, o a usar el skype para comunicarse con sus seres queridos, o siquiera se adapte a la velocidad de respuesta que implica comunicarse vía texto con el SMS de los celulares, ya ni se diga usar, para empezar, el celular con sus pequeñas teclas y pantallas. Todo ello, en su conjunto se ha convertido en una barrera que excluye con facilidad y ha dejado a nuestros ancianos, en plena era de la comunicación, mudos, aislados.

Si a este “olvido” de nuestros ancianos le aunamos una segunta situación que si bien suele denotar una visión socialmente responsable se ha convertido también en un problema que resienten los adultos mayores, la Calidad de vida de nuestros ancianos se ve sacudida con fuerza. Me refiero a lo siguiente, antes, los matrimonios tenían muchos hijos, y al llegar a la vejez, tanto el gasto como el cuidado de los padres se distribuía entre todos los hermanos disminuyendo la carga económica y en tiempo asignado para los familiares. En la actualidad, las parejas de clase media tienen en promedio 1.5 hijos, lo cual desprende dos situaciones conflictivas. Por un lado, la carga económica recae sobre un pequeño grupo de familiares, de tal modo que puede ser lo suficientemente alta como para estresar las finanzas familiares y detonar serios conflictos que no requieren de mayor explicación por su obviedad.

Por otro lado, si a lo anterior le aunamos que la esperanza de vida del adulto mayor se encuentra hoy por arriba de los 75 años, entonces los ancianos viven hoy más tiempo que anteriormente. Esto, si bien es un salto positivo en términos de la medicina, ha implicado una revolución en el aspecto social, puesto que además de tener una creciente comunidad de ancianos en nuestra sociedad, muchos de ellos se encuentran en buen estado de salud y dispuestos a realizar actividades y continuar con la vida. Nada de esto es, por si mismo un problema, salvo para nuestra sociedad, pues altera considerablemente la percepción social de los ancianos. Antes, visitar a los abuelos era enfrentar el cuadro de una persona medianamente desvalida, enferma, con poca o nula movilidad y de quien se esperaba, de alguna forma, su deceso próximo. Era un cuadro que si bien podía ser amoroso, lo era también de conmiseración. Hoy, visitar al los abuelos puede significar considerar su agenda, pues entre sus horas de ejercitación, visitas a museos, convivencia con sus amistades o cuestiones de trabajo, deja de ser un asunto de conmiseración. Se enfrenta uno a miembros muy activos en la sociedad pero en una condición donde la sociedad no cuenta ni con la infraestructura ni los recursos económicos asignados para ellos, además de que no cuenta entre su arsenal de usos y costumbres con los mecanismos de relación para incluir a los ancianos como miembros activos de la sociedad.

Hablamos, literalmente, de un nuevo sector de la sociedad: los “Nuevos Viejos”. Adultos mayores que poseen las facultades de movilizarse en la ciudad, de realizar trabajo, de llevar a cabo actividades que impliquen incidencia social, consumidores de bienes y servicios y que esperan vivir muchos años más. Pero, viven en una sociedad no preparada para ellos. La situación es quizás similar a la que viven los adolescentes, que enfrentan un mundo que no sabe qué hacer con ellos y que les ofrece pocas oportunidades. No obstante, los adolescentes cuentan con las herramientas tecnológicas y de comunicación para abrirse camino, mientras que los adultos mayores, en su condición de relegados e incomunicados se encuentran en desventaja. Ellos no encuentran las vías para decirle a la sociedad que allí están y que quieren continuar y ser parte activa de la sociedad, se requiere que sea la sociedad quien, en justicia, les abra las puertas y los incluya. Esta maroma social parece comenzar ya, pero aún le falta cobrar fuerza.

Son los adultos mayores, en cuanto que “Nuevos Viejos” quienes han ido encontrando su vía de reinserción social. Muchos de ellos viven solos y mantienen una vida activa. Han recurrido a desembarazarse de las viejas casonas por su elevado costo de mantenimiento para recurrir a casas unipersonales, pequeñas y de fácil mantenimiento y adaptación a sus necesidades. Mientras las constructoras operan sobre el gran mercado de las familias pequeñas para diseñar sus casas, otro sector comienza a ser atractivo, el de casas unipersonales con servicios cercanos, al estilo de “comunidades”. Otros se reúnen en casas hogar, asilos, estancias y hasta comparten casas que rentan o compran para un pequeño grupo donde reparten gastos. Así, tenemos una creciente comunidad de Nuevos Viejos que viven como “roomies”, como lo que la sociedad acostumbra ver en estudiantes foráneos. La lógica de “familia tradicional” se ve sacudida con esto de varias formas aunque eso lo discutiré en otro post.

¿Qué significa la calidad de vida para nuestros Nuevos Viejos?
Por lo pronto, habilitar el derecho a ser incluídos como miembros activos de la sociedad, romper la marginación de la cual son objeto. Esto implica todo un movimiento cultural puesto que en la sociedad contemporánea, al menos en la mexicana, no existen siquiera los mecanismos para este movimiento de inclusión, ya no se diga los instrumentos para su habilitación laboral o servicios específicos, espacios lúdicos o infraestructura urbana adecuada a su condición de mayor fragilidad. Se está llevando a cabo por organizaciones sociales apenas, como una presión de abajo hacia arriba.

Poder esforzarse por alcanzar una vida plena, contar con los recursos mínimos para ser vistos y aceptados como miembros de la sociedad se torna en esencial. Ya no se trata únicamente de gozar de buenos servicios de salud, sino de gozar de de otros servicios que los pongan en el escenario social de un modo diferente. Cuestión que abordaré en el siguiente escrito a modo de continuación.

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