Dilema moral de la universidad contemporanea

pasillo3 Es la alocución latina, in loco parentis -en lugar de los padres-, la que pone en un predicamento moral a la Universidad de nuestros días. Suele aplicarse de hecho en las escuelas de nivel básico y media superior y tiene que ver con la concesión de responsabilidad que hacen los padres o tutores legales de los chicos en torno a aspectos de la educación moral de los pupilos. Esto es, los padres de familia le confían a la institución educativa parte del trabajo que implica el desarrollo moral de sus hijos. En cambio, en el territorio de la educación superior se presupone que los jóvenes adultos en formación universitaria saben lo que desean lograr a través de la instrucción en términos profesionales y que han tomado las riendas de su educación en términos morales. Este presupuesto genera un conflicto específico en la educación universitaria contemporánea.

El aspecto conflictivo al que me refiero tiene que ver con una de las convicciones que funda este presupuesto de la educación universitaria: Los estudiantes universitarios son adultos y por ello se asume que se hacen cargo de su propia integración tanto emocional como racional para lograr así terminar de determinar su identidad y personalidad, por lo que abordan su educación universitaria con metas definidas y tienen claro el propósito de su trayectoria en la universidad.

Ya puestos en la realidad en torno a esta cuestión, es común el desconcierto del profesorado al encontrarse con jóvenes adultos que presentan una notable fragilidad emocional y dificultad para reconocer su propia estructura valoral. Muchachos que parecen privilegiar y valorar el conocimiento universitario principalmente en dos sentidos, a) por lo que les hace sentir y no por lo que racionalmente les posibilite hacer en cuanto que personas y profesionales. Y b) por la habilitación para un modo de ganarse la vida, un modo práctico de entender el conocimiento adquirido que tiene como finalidad encontrar una rápida inserción social en términos laborales pero que, finalmente, no persigue cambiar nada sino dominar la operación técnica del conocimiento con la finalidad de aplicarla y con ello, y sin pretenderlo, mantener el statu quo del mundo de las profesiones en la sociedad actual. Ambas valoraciones en torno al conocimiento no son equivocadas, pero sí son muy limitadas frente a las expectativas y posibilidades de la educación universitaria y se quedan cortas respecto de la misión y razón de ser de una universidad.

Bajo estas condiciones de precariedad emocional y estrecha perspectiva del valor de los conocimientos, se convierte en responsabilidad del ámbito universitario contribuir en la formación moral de sus estudiantes para que sean capaces, a lo largo de su tránsito en la universidad, de fortalecer su dimensión emocional con la finalidad de alcanzar un mayor grado de madurez que les permita integrar su actividad profesional dentro de su esfera personal y no que por su inmadurez resulte al revés, cuestión que llevaría de modo inevitable a tener exalumnos que a través de su desempeño profesional se vuelvan protectores del satus quo de la sociedad y reproduzcan el sistema en lugar de ser entidades habilitadas para buscar transformarla con la mirada puesta en una mejor sociedad. Pero, dadas las condiciones de los chicos de hoy es más fácil que precisamente por esa fragilidad aparezca como muy deseable perseguir el consolidarse exclusivamente como trabajadores y profesionales exitosos, un objetivo demasiado pequeño, con la consecuencia de minimizar o permitir que dejen de ser visibles para ellos otras posibilidades del mundo universitario que tienen que ver con algo más que el sólo hecho de instruírse en las técnicas y saberes propios a su profesión. Estas otras posibilidades implican rebasar la pura instrucción técnica para situarse así en el terreno de la educación, de la formación de personas que se conviertan en personajes sociales a modo de agentes de cambio para el bien común.

Para lograr lo anterior, las universidades han de abrazar con mayor fuerza su papel como formadores in loco parentis. Esto es, se trata no sólo de ser capaces de mantener el ritmo del siempre creciente bagage de saberes profesionales de nuestros tiempos, sino que se trata más bien de asumir el reto de forjar personalidades sólidas, menos tímidas frente al significado de asumir actitudes complejas como pueden ser la búsqueda de intervenciones profesionales en términos de interdisciplinariedad, de lograr una mayor soltura en los terrenos de carácter intercultural, del manejo personal capaz de integrar con respeto perspectivas situadas en la diversidad sin perder la propia postura. Esto requiere por necesidad, de individuos que se saben mejor a sí mismos, que son capaces de identificar tanto los aspectos de su propia naturaleza humana como la estructura valoral que han elegido y los modela, para así poder entonces moverse en la diversidad sin fracturarla pero sin perderse en ella ni caer en relativismos. Es justamente en la revaloración y reforzamiento de las materias de los ejes transversales donde se muestra la intención de abordar y hacer eco de una responsabilidad así.

Y es en este escenario y con esta misión que surge el dilema moral para las universidades. Pues el conflicto surge en el debate sobre lo que ha de ser privilegiado como aprendizajes significativos y útiles a nivel personal y social. Por un lado, está la necesidad de habilitar a los universitarios en los saberes técnicos propios de la profesión elegida de modo que puedan insertarse efectivamente en campo laboral. Por el otro lado, aceptar y asumir cabalmente la lógica in loco parentis de la educación moral a sabiendas de que existe un genuino deseo de concesión por parte de los mentores de los alumnos por esa formación y, en el mejor de los casos y muy común también, el deseo del alumno mismo de que eso suceda. No es sin querer que expresiones tan frecuentes en los alumnos respecto de su elección de universidad tengan que ver con “el ambiente”, “la mirada otorgada” o “el compromiso social”. Ése carácter único que imprime el alma mater, huella esperada no sólo en la excelencia profesional sino en la vida de cada egresado.

De este modo, ¿qué es entonces la universidad sino el traslado de la palita y la cubeta del arenero del kinder hacia libros para ser consultados en la biblioteca, laboratorios para experimentar, aulas para discutir y jardines hermosos donde reposar, reflexionar, descansar y socializar el corazón y el conocimiento? Todo esto con el acompañamiento y la disposición de expertos para contribuir en los temas de actualidad, el profesorado, quien a su vez ha de personificar esa solidez emocional y fortaleza en conocimientos y experiencia. Pero, y este es un pero relevante, no sólo eso. Contribuir con la formación moral de los alumnos no se trata únicamente del manejo de contenidos. La postura personal de los profesores frente a la vida, las situaciones sociales y su modo de contribuir al bien común deben ser identificables. Esto obliga a los profesores a dejarse “tocar” como personas, cuestión que es casi una revolución frente a la distancia que la tradición supone. Pero un movimiento así es necesario puesto que son los profesores quienes representan en mayor medida esa intención de formación moral. Sus actitudes, la intención de propiciar la cercanía y la posibilidad de compartirse en cuanto que personas y profesionales es quizá el mejor ejemplo de incidencia en la formación moral de los alumnos. Y si bien por supuesto tiene que ver el manejo de contenidos, la apuesta in loco parentis le dará relevancia al marcaje personal que pueden hacer los profesores con sus alumnos, aspecto difícil de medir y por ello soslayado en ocasiones pero que se convierte quizá en el eje de la formación moral universitaria.

A título personal es probable que haya olvidado buena parte de los contenidos que aprendí en la primaria, pero no hay cómo olvidar la influencia que me generaron mis maestras de ese entonces, siempre afectuosas, disciplinadas y cariñosas. Lo mismo con mis profesores de educación media superior. Me apropié de la pasión con la que se referían a sus temas más que de los temas mismos aunque fue útil e interesante aprenderlos; identifiqué el valor que le asignaban a las ciencias, humanidades y al arte más que a los contenidos que las representaban y esa valoración permaneció en mi. En mi tránsito por la vida universitaria, compartí con mis profesores en los laboratorios la pasión por descubrir, el regocijarnos en el asombro y aprender a traducirlo en un interés ordenado, ví su entusiasmo por explorar los detalles y los límites de las teorías y logré contagiarme con ese empuje que vi en ellos. Todo ello contribuyó a esa formación que como persona y profesional soy actualmente y que se debió en muy buena parte a la transparencia en la persona de mis profesores, en su disposición a ser conocidos y afectados por su relación con los alumnos con lo que se convirtieron en modelos sólidos a admirar y emular. Claro que en mi propio estilo y modo. He allí, una formación in loco parentis.

 

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Dilema moral de la universidad contemporánea por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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