Lo que debemos enseñar en la universidad para enfrentar los desafíos éticos actuales

Humanismo integral En nuestros días, nos vemos enfrentados a tomar decisiones sobre opciones que la humanidad nunca antes tuvo que verse forzada a elegir, inéditas realmente, como pueden ser las cuestiones de bebés de diseño, máquinas de guerra con inteligencia artificial, extender la vida humana hasta límites insospechados, detener o no la muerte y todo un horizonte de nuevas situaciones que se nos han venido encima y que tocará a estas generaciones solventar de la mejor manera posible. Estas opciones se alejan cada vez más de la ciencia ficción y se acercan a convertirse en realidades próximas tan cercanas y cotidianas que nos obligan a plantarnos hoy con los dos pies en la tierra para hacernos nuevamente una de las preguntas fundamentales que la humanidad ha enfrentado en algunos momentos históricos y que, según se responda, determina el devenir social y cultural de toda la humanidad y marca una época. Hoy nos vemos en uno de esos momentos históricos y nos vemos en la necesidad de hacer una apuesta teórica para definirnos a nosotros mismos en cuanto que seres humanos.

La pregunta fundamental clásica se puede formular con una simplicidad notable:  ¿Quiénes somos? o ¿Qué es un ser humano? Y más complicado aún es caer en cuenta de que no sólo debemos formular una posible respuesta sino que además estamos ante una obligación nueva, habremos también de hacer una propuesta de humanidad en la medida en  que nos hemos posicionado a nosotros mismos a través de la tecnología, nuestros conocimientos actuales y las creencias de las cuales participamos, en un umbral singular, estamos como mirándonos unos a otros, y preguntándonos quiénes queremos ser.

Estamos pues ante un par de preguntas muy difíciles de contestar e incluso de abordar. Y cabe preguntar cuáles serían los mejores escenarios para hacerlo. ¿Las profesiones?¿La política?¿Las convicciones? A mi parecer, un ámbito que goza de la inclusión de todo lo anterior y que cuenta con disponibilidade de información, pluralidad de voces y se plantea como un terreno más o menos diverso y neutro, es el de las universidades. Y que es allí donde sin percatarnos casi siquiera, se está fraguando el futuro de la noción de humanidad, allí, en medio de todos ese flujo de saberes profesionalizantes fuertemente imbuídos de técnicas y tecnologías. Y es precisamente por ello, la relevancia de estas preguntas, que debemos poner atención y darle los espacios apropiados sin dejar que el diálogo y la discusión en torno a nuestro carácter humano sea relegado y se asfixie, nos estamos jugando mucho en esto.

Abordar preguntas así de complejas y difíciles no es sencillo, y en nuestros días se ha complicado aún más por esta fuerte tendencia que hay en nuestros días de trivializar las grandes preguntas con un cierto desdén a lo no numerable y cuantificable, a lo que no resulta práctico de modo inmediato. Así pues, para poder poner sobre la mesa las dos grandes preguntas que guían este post en nuestras aulas universitarias, debemos hacer algo que facilite el simple hecho de ponerlas de relieve y someterlas a escrutino: hemos de ayudar a nuestros alumnos a vencer el miedo y ciertos prejuicios en torno a las preguntas difíciles. Para ello, me parece muy sensato abordar la charla que hace Ruth Chang en TED Talks sobre las decisiones difíciles.

Desentrañar las decisiones difíciles descubre una condición especial que poseemos las personas y nos pone en camino a descubrirnos y proponernos en cuanto que seres humanos. Veamos, lo que hace que una decisión sea difícil es la manera en la que se relacionan las opciones que tenemos. En una decisión fácil, una alternativa es identificablemente mejor que la otra. En cambio, en una decisión difícil, una alternativa aparece como mejor sólo de algunos modos pero no en todo y, del mismo modo, la otra alternativa posible resulta mejor en ciertos aspectos pero no en todos, de modo que ninguna parece ser notablemente mejor en sentido absoluto.

Lo que nos suele suceder cuando abordamos decisiones difíciles es la tendencia a creer que éstas decisiones nos rebasan porque somos estúpidos pero no es necesariamente así. Es pues el miedo a equivocarnos lo que nos impulsa a optar por la alternativa más segura y no corremos riesgos, suponemos debemos pensar cabalmente que una pueda ser mejor que la otra. Apelamos inmediatamente al recurso de la racionalidad, y deseamos poder optar racionalmente una vez que se devele que una es mejor que la otra por lo que requerimos más información para poder decidir.

El error aquí está en creer que una opción debe ser necesariamente mejor que la otra. Aún puesta una frente a la otra, con toda la información disponible, una decisión difícil se mantiene difícil por la siguiente razón, son difíciles no por causa de nuestra ignorancia, sino porque no existe realmente una mejor opción de entre las opciones.

El problema es que las opciones en las decisiones difíciles no se pueden ponderar con cantidad, como lo es en parámetros físicos, donde caben solamente para una comparación las categorías de mayor, igual y menor, y donde las diferencias son claras si no evidentes. Las opciones en las decisiones difíciles, por otro lado, no suelen poder tratarse exclusivamente con estas categorías puesto que tienen que ver con valor, que no puede ser manejado de modo puramente cuantitativo.

Dado el mundo en que vivimos, nos gusta pensar que las cosas importantes pueden ser analizadas por el pensamiento científico racional, que nos da las tres opciones de mayor, menor e igual. Y es así, siempre y cuando esas “cosas importantes” no se encuentren inmersas en el mundo de los valores dado que resulta que el mundo de los valores no opera en la lógica del mundo analizable por la ciencias, al menos de modo exclusivo.

Debemos tener claro que ciencias y valores poseen una estructura diferente, el mundo de lo que es no es igual al mundo de lo que debería ser.

lo que es ≠ lo que debería ser

Para el mundo de los valores debemos añadir categorías más allá de mejor, peor o igual. Y puede ser un buen ejemplo, a modo tentativo, el de mirar las decisiones difíciles en la lógica de “a la par” (“a la vez que”, propuesta por Chang), en donde no se puede clasificar una opción como mejor que la otra sino que están en el mismo nivel o vecindad de valor aunque puedan ser muy distintas en el tipo de valor a considerar. Si consideramos que desde los parámetros de cada uno de los tipos de valor en cuestión surjan valoraciones que, vistas en conjunto, nos aparecen en el balance como igualmente valiosas y que ello las hacen ver como equivalentes a la razón en términos de mayor, menor o igual, entonces nos vemos en un conflicto dado que nos aparecen a la razón como chocantes o irresolubles cuando en realidad estamos haciendo una serie de consideraciones respecto de un valor y otra serie de consideraciones respecto de otro valor. Es decir, estamos trabajando valoraciones a la par, que si bien los valores se encuentran cercanos (y por ellos nos confundimos con facilidad) no son idénticos en su significado y sentido por lo que puestas como polos a elegir en una decisión difícil nos llevarían por caminos muy diferentes según la elección que hagamos.

Esta situación devela algo singular. Cuando nos vemos forzados por la decisiones difíciles a abordar un tema en el campo de los valores se pone de relieve la siguiente circunstancia: nuestro poder para elaborar razones. Y es aquí donde la valoración en torno a las decisiones difíciles puede sufrir un giro de 180 grados y motivarnos a pasar del miedo a enfrentarlas a entusiasmarnos por hacerlo. Veamos por qué.

Riesgo de perderse Si existiéramos en un mundo de puras decisiones fáciles, viviríamos un mundo de decisiones exclusivamente racionales, lo cual nos llevaría a vivir basándonos en el mayor, menor o igual y evaluar de acuerdo a la información recabada. Un mundo frío en el que serían las circunstancias y la racionalidad las que guiarían nuestras vidas. Pero, resulta que esto nos esclavizaría a la razón. En cambio, existimos en un mundo que parece obligarnos a desempolvar otro aspecto de nuestro carácter humano: nuestras emociones, sentimientos, convicciones y sueños. Cuando enfrentamos decisiones difícies, las razones que nos damos no parecen ser suficientes, pues las opciones están a la par. Es aquí donde tenemos que ejercitar nuestro poder normativo con la finalidad de crear razones que nos convenzan a nosotros mismos. Lo que hacemos cuando habilitamos y ejercitamos nuestro poder normativo es poner nuestro ser detrás de cada opción, aún nuestro imaginario de ser nosotros mismos, -aquí es donde me muestro-. Nuestras decisiones en las decisiones difíciles se avalan no por las razones que nos den sobre lo que nos conviene en términos de mayor, menor o igual, ni por información proveniente exclusivamente del exterior directo a nuestra razón, sino que se avalan por razones creadas por nosotros mismos para darnos un sentido como personas, que afirmen y muestren nuestra identidad y perspectiva del mundo además de conferirnos un valor personal.

Puesto que damos soporte a las razones para ser las personas que somos, más que lo que pueda convenir según la sociedad u otras personas, nos damos cuenta de que en las decisiones difíciles nos convertimos en los autores de nuestras propias vidas, nos identificamos y nos posicionamos con claridad frente a los demás y al mundo.

Las personas que no enfrentan sus decisiones difíciles son “navegadores” de la vida donde el propósito es muy básico aunque importante: sobrevivir. Esto hace que en realidad vayan a la deriva dejando que sea el mundo quien los modele. En cambio, afrontar las decisiones difíciles y permitirse entrar al territorio de los valores reconociendo que la decisión contiene condiciones a la par que están en juego, es encaminarse hacia algo más que sobrevivir, es realmente aspirar a vivir humanamente.

Las decisiones difíciles se convierten entonces en oportunidades preciosas para que cada uno de nosotros se haga a si mismo, se convierten en esos momentos cruciales que nos definen de acuerdo a quienes somos y quienes deseamos ser pues nos obligan a apostarnos a nosotros mismos como personas y humanidad.
Así pues, para abordar esas dos grandes preguntas en el terreno de la ética, quiénes somos y quiénes queremos ser, hemos de sumergirnos en la antropología y, con ello, darle un nuevo enfoque a las decisiones difíciles que hemos de trabajar y cambiar nuestra perspectiva en torno a las decisiones difíciles. Si bien las ciencias muestran el enorme poderío intelectual y técnico que poseemos los seres humanos, también son ellas las que nos ponen en situación de descubrirnos como seres valorales y nos ponen en el camino del ejercicio ético a través de abordar, si bien con inquietud, también con entusiasmo las preguntas difíciles que nos presenta nuestro tiempo.

Licencia Creative Commons
Lo que debemos enseñar en la universidad para enfrentar los desafíos éticos por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

2 comentarios en “Lo que debemos enseñar en la universidad para enfrentar los desafíos éticos actuales

  1. Muy bueno, Marcel. Me gustó mucho esta reflexión. Si me permites, me gustaría usarla en clase, como provocación para dar sentido a nuestra clase de Conocimiento y Cultura.

Deja un comentario