La educación para el poder en la universidad

Sentido ético de la vida Este escrito surge de la reflexión del documento “Julio César, la fe en el dios poder” del amigo y colega el Mtro. Arturo Michel, del Departamento de Formación Humana en el ITESO, como parte de nuestras discusiones colegiadas.

Michel genera una reflexión en torno al manejo de poder a lo largo de la vida política de Julio César con la mirada puesta en la exploración de los significados del concepto de poder y su injerencia en la actitud de gobernanza sobre aquellos responsables de guiar a un pueblo, convirtiendo así en lógica cultural las decisiones de poder que se derivan de comprender las responsabilidades del poderoso de un modo particular. A la luz del recorrido que nos comparte el Mtro. Michel es que planteo mi propia reflexión en torno a la relación entre el poder y la gobernanza, pero orientada al terreno de la educación dentro de nuestras aulas universitarias a través de la materia de Conocimiento y Cultura y en la conciencia de la existencia de un pulso de inquietud política que late en nuestros alumnos en respuesta a los vaivenes un tanto convulsos, y con frecuencia desilusionantes, de nuestra democracia contemporánea; asumiendo que es en nuestras aulas universitarias en donde el profesorado puede guiar a los alumnos a reflexiones serias en torno al devenir de la democracia que detonen actitudes propositivas y constructivas para ejercer el poder desde sus respectivas actividades profesionales como miembros activos de una sociedad civil que tiene incidencia clara en el manejo tanto del poder como de la gobernanza de la sociedad a la cual servirán y de la que formarán parte activa.

Son muchas inquietudes las que afectan el ánimo de los estudiantes universitarios respecto de la democracia y el uso de poder puesto que en la actualidad nos encontramos enredados, al menos en México y quizá en carácter global, en la concepcion de democracia y en las posibles claridades en torno a las responsabilidades de aquellos que detentan el poder a través de ella. Esto ha llevado a poner nuevamente sobre la mesa, y a modo de tópico relevante, la siempre vigente pregunta ¿Quién ha de gobernar? Para poner suelo firme a este tema seguiré las reflexiones de Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, visitados de nuevo. Responder a esta pregunta no sólo ha sido intentado desde el inicio de la cultura occidental sino que ha modelado el devenir social desde entonces, de allí su tremenda importancia. Es Platón quien asienta una primera respuesta, considerada hoy como la respuesta de la concepción clásica de la democracia: el gobierno del pueblo. Pero hemos de matizar, Platón realiza el ejercicio de distinguir de entre tres posibilidades para gobernar:

1) el gobierno de un hombre bueno, la monarquía, en contraposición al gobierno de un hombre malo, la tiranía.

2) el gobierno de unos pocos hombres buenos, la aristocracia, en contraposición al gobierno de unos pocos hombres malos, la oligarquía.

3) el gobierno de los muchos, de todo el pueblo, no tiene una contraposición directa pero, y este es un gran pero, el gobierno de todos conlleva su propia contraposición de modo intrínseco: el gobierno de las masas es necesariamente problemático y conflictivo por la condición del capricho de la masa popular.

La preferencia de Platón por orden de importancia fueron: 1, 2, 3. Es decir, Platón prefiere el gobierno de un hombre bueno y deja en tercer lugar el gobierno de los muchos. Para él, la elección de ese hombre bueno debía de guiarse bajo el criterio, un tanto ingenuo quizá, el de ser “el mejor”. En su defecto, “los mejores”, pero, y de ninguna manera, la turba de las masas.

Los ateniences, por su parte, optaron por un camino diferente y eligieron como primera opción, los muchos, el pueblo, pero entendiendo como pueblo aquellos que fueran ciudadanos -una minoría de los habitantes de la ciudad- y no todos los habitantes. En Atenas sabían que lo relevante de la democracia, lo que le confería valor, no era en sí el gobierno del pueblo sino que era valiosa por su oposición a la tiranía, considerada más peligrosa y por ello de menor valor. No eran ingenuos, sabían también que el riesgo del voto pupular en la democracia podía investir de poderes tiránicos a un líder popular, ¿suena conocido? por lo cual la democracia no se concebía como la panacea o una joya de la gobernanza, no se trataba de que fuera una opción estupenda sino la menos dañina en comparación con las otras opciones. Sabían muy bien que el voto popular no es por defecto bueno, el voto popular puede estar equivocado y guiado por otros intereses, capricho o simplemente ignorancia y por ello mal encaminado. Así pues, constituir la democracia como mejor opción de gobernanza tiene que ver más con el intento de evitar la tiranía a toda costa más que con la suposición de ser una opción perfecta para gobernar. De este modo, podemos afirmar que la legitimidad de la democracia proviene por negación de las otras opciones a modo de un principio práctico y que es ello lo que sustenta su viabilidad a pesar de las imperfecciones y al mismo tiempo legitima moralmente la afirmación del derecho al voto popular como forma de gobernar por parte del pueblo.

El mundo romano viene a dar un giro a este principio moral, el voto popular que legitima la autoridad del gobierno. Traslada la fuerza del voto hacia el ejército, y con ello valida la fuerza física como elemento de legitimación del poder en la gobernanza. Se asumía que por aclamación, las legiones romanas legitimizaban al gobernante, caso del César. Y esto es lo que se recoge con agudeza en la reflexión de A. Michel, situada durante el período en el que las legiones romanas eran el elemento fuerte en el imperio y se sostenía la fuerza como el poder legitimizador. Su conclusión y admonición a un cambio a la herencia histórica recibida en el manejo de poder y gobernanza busca ese cambio de legitimización

“Después de los romanos, la religión del poder grupal sigue muy viva. Los grupos (desde familias hasta naciones y alianzas de naciones) se siguen uniendo por y para la “guerra”; para sobrevivir y vivir sometiendo a otros grupos humanos y apoderándose de sus bienes. Pero esta dinámica de imposición y dominio, si continúa sin freno o no termina, puede acabar con la humanidad tal y como la conocemos. Para que sea posible la supervivencia, la unión, el vínculo de vínculos, tiene que abarcar a toda la humanidad y a todo el planeta Tierra.”

Con el paso del tiempo, es también el mismo mundo romano quien buscará un cambio en ese poder legitimizador de la gobernanza debido al decaimiento de la fuerza de las legiones romanas y debilitamiento del imperio en sustentar el poder. La urgencia por legitimizar el poder la recogerá Constantino, quien lo asienta sobre un nuevo eje, pues si bien la asociación de autoridad de un César divino avalado por la fuerza aún tenía cierto poderío requería de una nueva forma de legitimización que le confiriera mayor autoridad. Y ese poder lo encontró en la visión de un dios único, el Dios del cristianismo. La condición monoteíste se ofrecía como solución para Constantino pues evitaba así las divergencias y con ello el posible aplanamiento de la pirámide de poder. De este modo, un gobernante ejercía el poder “por la gracia de Dios”, el único y universal Dios. No había más fortaleza que esta postura y excluía cualquier otra opción por su condición monoteísta. Bien, pues esta ideología legitimizadora resultó todo un éxito, y se convirtió en el poder que guió todo el período de la Edad Media aunque tuvo consecuencias pues convirtió tanto en aliados como en antagonistas al mismo tiempo a quienes detentaron los poderes celestiales con quienes manejaron los poderes terrenales, finalmente rivales aunque mutuamente dependientes. De este modo, frente a la pregunta ¿Quén ha de gobernar? la respuesta fue el nuevo principio: Dios gobierna, y es ÉL quien lo hace a través de SUS representantes en la tierra.

Este nuevo giro del poder y la gobernanza persistirá durante toda la Edad Media pero se verá alterado con las guerras de la Reforma en Europa para devenir en el legítimo derecho divino de la gente a gobernarse a sí misma y que cristalizará finalmente en la Revolución Francesa. A partir de allí, el anarquismo, las propuestas de Karl Marx y otras varias propuestas no han podido desembarazarse de la persistencia en intentar responder a la pregunta sobre quién ha de gobernar. Respuestas todas ellas que han tenido mayor o menor éxito pero que tienen el común denominador de que son respuestas que han cobrado una cuota excesivamente alta en derramamiento de sangre, asunto que todas han justificado como necesario, o por lo menos como un mal menor.

camino Hasta aquí con la historia y el recorrido de la legitimización del poder en la gobernanza, ahora queda preguntarnos sobre lo que quizá, dado nuestra historia y contexto actual, debería de ser trabajado en las aulas universitarias si lo que deseamos es precisamente educar de un modo que genere la posibilidad de ofrecer alternativas a la legitimización del poder para gobernar sin que esto conlleve a un innecesario derramamiento de sangre. Es en esta lógica, que me parece meritorio y pertinente que exploremos en nuestras aulas particularmente dos elementos temáticos.

El primero, es una invitación que nos hace Popper y que consiste en trasladar la mirada del problema de la legitimización de la pregunta sobre quién ha de gobernar hacia un nuevo problema, más práctico, que puede formularse de la siguiente manera: ¿Cómo puede constituirse un Estado para que sea posible remover a un mal gobernante sin caer en la violencia y en un baño de sangre? Este cambio de mirada no resuelve, naturalmente, cual pueda ser la mejor opción para gobernar, de entre uno, pocos o muchos, pero sí puede generar un cambio de perspectiva relevante en torno al poder y su legitimización, además de ser viable como exploración por parte de individuos miembros de la sociedad y profesionales que inciden en el ejercicio de poder. Todo esto al aceptar el hecho de que hay gobiernos, y que tenemos la necesidad como sociedad de que exista un gobierno, en particular de carácter democrático dado que hemos visto históricamente que es la opción menos destructiva. Al parecer, las democracias contemporáneas se han estructurado, conciente o inconcientemente, con esta nueva visión problemática pues consideran que un gobierno puede ser modificado o cambiado por la vía del voto pupular. Sin embargo, esta nueva visión problemática no sustrae a las democracias actuales de seguir estando sujetas al problema anterior pues frente a la pregunta sobre quién ha de gobernar la respuesta automática continúa siendo -el pueblo-, atrapados aún en esa muy impráctica ideología popular que genera tantos problemas, aunque quien gobierna en realidad no es el pueblo, los individuos que conforman el grueso de la sociedad, sino el Estado. Es en esta condición que Popper pone sobre la mesa una nueva ideología cuya proposición consiste en comprender que la democracia no es “el gobierno del pueblo” sino que debiera ser “el gobierno de la ley”. Esta simple idea, me parece, es sumamente rica en contenidos y posibilidades para pensar alternativas realmente viables en la vivencia social del manejo de poder y la estructura e implicaciones de la gobernanza de una sociedad. No obstante, requiere comenzar por demoler el prejuicio de la democracia como gobierno del pueblo por su irrealidad, herencia difícil de sacudir. Trasladar el problema a uno tan práctico como este no quita, por supuesto, vigencia a la pregunta original -quién ha de gobernar- que se mantiene como faro y que debe continuar siendo explorada y reflexionada, pero, mover la perspectiva por plantear un problema que sea más aprensible como lo sugiere Popper permite hacer más accesible la exploración, más técnica si así se desea, y con la ventaja de que puede ser realizada por los actores sociales mismos, incluyendo futuros profesionales, nuestros estudiantes, que pueden así sentirse más involucrados en la indagación en torno al poder y a su vez reconocer que de ellos depende en parte el encontrar nuevas soluciones.

El segundo elemento temático tiene que ver con generar en nuestras universidades el impulso de una actitud específica: el deseo de cooperación con otros miembros de la sociedad en beneficio de todos. Promover una actitud así puede resultar benéfico en términos tanto sociales como personales para los miembros de una sociedad y la intención para provocar dicha actitud tiende a buscar lograr dos metas. Por un lado, influye en el empoderamiento de los futuros profesionales para que, con ello, se conviertan en actores sociales activos que no sólo contribuyan a mantener el statu quo de la sociedad sino que, por el contrario, puedan ofrecer alternativas para transformar el ejercicio de poder imperante y quizá hasta encontrar nuevos caminos de legitimización para el uso del poder por parte de quienes detentan la gobernanza. Por otro lado, y como segunda meta, intencionar dicha actitud serviría a modo de contrapeso contra el pujante egoísmo que genera el individualismo contemporáneo y que dificulta notablemente la construcción social de modo colaborativo. Ahora bien, habilitar en la cooperación es un reto sumamente ambicioso dado el contexto de esta suerte de “aislamiento interconectado” que viven nuestros jóvenes hoy en día, y es por ello que elegir la vía de habilitación de una actitud de cooperación debe ser revisada con detalle y cuidado puesto que la pura intención de provocar el ejercicio de caridad no es suficiente para generar la necesaria satisfacción por ayudar. Esto, dado el contexto de jóvenes que, aunque muy entusiastas, se muestran como fuertemente ensimismados y quizá hasta frágiles emocionalmente y donde si se desea ayudar o contribuir a mejorar la sociedad, dada una cesión de recursos personales y tiempo asignado a ello, lo cierto es que se requiere del fortalecimiento de una actitud propositiva hacia los demás para el bien común en el que se demuestre que la inversión en tiempo y esfuerzo resulta no sólo satisfactorio y redituable sino que además genera un impacto transformador identificable con claridad y posiblemente hasta mesurable en algunos casos. Para lograr esta ambicionada actitud se pone sobre la mesa la creciente tendencia del altruísmo efectivo. Esta propuesta de Peter Singer -puede verse de modo sucintamente explicada en TED Talks– y puede sintetizarse como la búsqueda por intencionar la vivencia de nuestra condición humana desde la ética y que además ello nos implica utilizar parte de nuestros recursos personales para contribuir a la construcción de un mundo mejor (definición básica, organización). Esto resulta relevante porque puede contribuir a romper el aislamiento que, paradójicamente, vivimos en este mundo interconectado a la vez que se convierte no solamente en una visión que construye una comprensión de la naturaleza humana de un modo diferente y sólido sino que además se convierte en vía para encontrar alternativas de legitimización en el uso del poder y quizá, algún día, en propuestas de nuevas formas de gobernanza.

IMG_0441 Así pues, si deseamos incentivar la ruptura de la indiferencia colectiva frente a las necesidades sociales y al mismo tiempo queremos generar vivencias sociales que provoquen transformaciones en el uso de poder a la par que reflexiones que puedan replantear la legitimización del poder y la gobernanza, hemos de, primero, abrazar con fuerza el carácter ético como parte de nuestra identidad personal, forjar individuos íntegros, sólidos y fuertes. Hemos pues, de comenzar con la consolidación de ciertas actitudes y el fortalecimiento de ciertos contenidos temáticos y cognitivos dentro de nuestras aulas universitarias que impulsen el desarrollo de individuos que abandonen la ausencia para convertirse en presencia. Responsabilidad que parece recaer, de momento, en esas, las llamadas materias complementarias y ejes transversales de la formación profesional que, vistos en la lógica de este escrito, parecerían así alcanzar el carácter de materias preponderantes.

 

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La educación para el poder en la universidad por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

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