Dilema moral de la universidad contemporanea

pasillo3 Es la alocución latina, in loco parentis -en lugar de los padres-, la que pone en un predicamento moral a la Universidad de nuestros días. Suele aplicarse de hecho en las escuelas de nivel básico y media superior y tiene que ver con la concesión de responsabilidad que hacen los padres o tutores legales de los chicos en torno a aspectos de la educación moral de los pupilos. Esto es, los padres de familia le confían a la institución educativa parte del trabajo que implica el desarrollo moral de sus hijos. En cambio, en el territorio de la educación superior se presupone que los jóvenes adultos en formación universitaria saben lo que desean lograr a través de la instrucción en términos profesionales y que han tomado las riendas de su educación en términos morales. Este presupuesto genera un conflicto específico en la educación universitaria contemporánea.

El aspecto conflictivo al que me refiero tiene que ver con una de las convicciones que funda este presupuesto de la educación universitaria: Los estudiantes universitarios son adultos y por ello se asume que se hacen cargo de su propia integración tanto emocional como racional para lograr así terminar de determinar su identidad y personalidad, por lo que abordan su educación universitaria con metas definidas y tienen claro el propósito de su trayectoria en la universidad.

Ya puestos en la realidad en torno a esta cuestión, es común el desconcierto del profesorado al encontrarse con jóvenes adultos que presentan una notable fragilidad emocional y dificultad para reconocer su propia estructura valoral. Muchachos que parecen privilegiar y valorar el conocimiento universitario principalmente en dos sentidos, a) por lo que les hace sentir y no por lo que racionalmente les posibilite hacer en cuanto que personas y profesionales. Y b) por la habilitación para un modo de ganarse la vida, un modo práctico de entender el conocimiento adquirido que tiene como finalidad encontrar una rápida inserción social en términos laborales pero que, finalmente, no persigue cambiar nada sino dominar la operación técnica del conocimiento con la finalidad de aplicarla y con ello, y sin pretenderlo, mantener el statu quo del mundo de las profesiones en la sociedad actual. Ambas valoraciones en torno al conocimiento no son equivocadas, pero sí son muy limitadas frente a las expectativas y posibilidades de la educación universitaria y se quedan cortas respecto de la misión y razón de ser de una universidad.

Bajo estas condiciones de precariedad emocional y estrecha perspectiva del valor de los conocimientos, se convierte en responsabilidad del ámbito universitario contribuir en la formación moral de sus estudiantes para que sean capaces, a lo largo de su tránsito en la universidad, de fortalecer su dimensión emocional con la finalidad de alcanzar un mayor grado de madurez que les permita integrar su actividad profesional dentro de su esfera personal y no que por su inmadurez resulte al revés, cuestión que llevaría de modo inevitable a tener exalumnos que a través de su desempeño profesional se vuelvan protectores del satus quo de la sociedad y reproduzcan el sistema en lugar de ser entidades habilitadas para buscar transformarla con la mirada puesta en una mejor sociedad. Pero, dadas las condiciones de los chicos de hoy es más fácil que precisamente por esa fragilidad aparezca como muy deseable perseguir el consolidarse exclusivamente como trabajadores y profesionales exitosos, un objetivo demasiado pequeño, con la consecuencia de minimizar o permitir que dejen de ser visibles para ellos otras posibilidades del mundo universitario que tienen que ver con algo más que el sólo hecho de instruírse en las técnicas y saberes propios a su profesión. Estas otras posibilidades implican rebasar la pura instrucción técnica para situarse así en el terreno de la educación, de la formación de personas que se conviertan en personajes sociales a modo de agentes de cambio para el bien común.

Para lograr lo anterior, las universidades han de abrazar con mayor fuerza su papel como formadores in loco parentis. Esto es, se trata no sólo de ser capaces de mantener el ritmo del siempre creciente bagage de saberes profesionales de nuestros tiempos, sino que se trata más bien de asumir el reto de forjar personalidades sólidas, menos tímidas frente al significado de asumir actitudes complejas como pueden ser la búsqueda de intervenciones profesionales en términos de interdisciplinariedad, de lograr una mayor soltura en los terrenos de carácter intercultural, del manejo personal capaz de integrar con respeto perspectivas situadas en la diversidad sin perder la propia postura. Esto requiere por necesidad, de individuos que se saben mejor a sí mismos, que son capaces de identificar tanto los aspectos de su propia naturaleza humana como la estructura valoral que han elegido y los modela, para así poder entonces moverse en la diversidad sin fracturarla pero sin perderse en ella ni caer en relativismos. Es justamente en la revaloración y reforzamiento de las materias de los ejes transversales donde se muestra la intención de abordar y hacer eco de una responsabilidad así.

Y es en este escenario y con esta misión que surge el dilema moral para las universidades. Pues el conflicto surge en el debate sobre lo que ha de ser privilegiado como aprendizajes significativos y útiles a nivel personal y social. Por un lado, está la necesidad de habilitar a los universitarios en los saberes técnicos propios de la profesión elegida de modo que puedan insertarse efectivamente en campo laboral. Por el otro lado, aceptar y asumir cabalmente la lógica in loco parentis de la educación moral a sabiendas de que existe un genuino deseo de concesión por parte de los mentores de los alumnos por esa formación y, en el mejor de los casos y muy común también, el deseo del alumno mismo de que eso suceda. No es sin querer que expresiones tan frecuentes en los alumnos respecto de su elección de universidad tengan que ver con «el ambiente», «la mirada otorgada» o «el compromiso social». Ése carácter único que imprime el alma mater, huella esperada no sólo en la excelencia profesional sino en la vida de cada egresado.

De este modo, ¿qué es entonces la universidad sino el traslado de la palita y la cubeta del arenero del kinder hacia libros para ser consultados en la biblioteca, laboratorios para experimentar, aulas para discutir y jardines hermosos donde reposar, reflexionar, descansar y socializar el corazón y el conocimiento? Todo esto con el acompañamiento y la disposición de expertos para contribuir en los temas de actualidad, el profesorado, quien a su vez ha de personificar esa solidez emocional y fortaleza en conocimientos y experiencia. Pero, y este es un pero relevante, no sólo eso. Contribuir con la formación moral de los alumnos no se trata únicamente del manejo de contenidos. La postura personal de los profesores frente a la vida, las situaciones sociales y su modo de contribuir al bien común deben ser identificables. Esto obliga a los profesores a dejarse «tocar» como personas, cuestión que es casi una revolución frente a la distancia que la tradición supone. Pero un movimiento así es necesario puesto que son los profesores quienes representan en mayor medida esa intención de formación moral. Sus actitudes, la intención de propiciar la cercanía y la posibilidad de compartirse en cuanto que personas y profesionales es quizá el mejor ejemplo de incidencia en la formación moral de los alumnos. Y si bien por supuesto tiene que ver el manejo de contenidos, la apuesta in loco parentis le dará relevancia al marcaje personal que pueden hacer los profesores con sus alumnos, aspecto difícil de medir y por ello soslayado en ocasiones pero que se convierte quizá en el eje de la formación moral universitaria.

A título personal es probable que haya olvidado buena parte de los contenidos que aprendí en la primaria, pero no hay cómo olvidar la influencia que me generaron mis maestras de ese entonces, siempre afectuosas, disciplinadas y cariñosas. Lo mismo con mis profesores de educación media superior. Me apropié de la pasión con la que se referían a sus temas más que de los temas mismos aunque fue útil e interesante aprenderlos; identifiqué el valor que le asignaban a las ciencias, humanidades y al arte más que a los contenidos que las representaban y esa valoración permaneció en mi. En mi tránsito por la vida universitaria, compartí con mis profesores en los laboratorios la pasión por descubrir, el regocijarnos en el asombro y aprender a traducirlo en un interés ordenado, ví su entusiasmo por explorar los detalles y los límites de las teorías y logré contagiarme con ese empuje que vi en ellos. Todo ello contribuyó a esa formación que como persona y profesional soy actualmente y que se debió en muy buena parte a la transparencia en la persona de mis profesores, en su disposición a ser conocidos y afectados por su relación con los alumnos con lo que se convirtieron en modelos sólidos a admirar y emular. Claro que en mi propio estilo y modo. He allí, una formación in loco parentis.

 

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Dilema moral de la universidad contemporánea por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.

La educación para el poder en la universidad

Sentido ético de la vida Este escrito surge de la reflexión del documento «Julio César, la fe en el dios poder» del amigo y colega el Mtro. Arturo Michel, del Departamento de Formación Humana en el ITESO, como parte de nuestras discusiones colegiadas.

Michel genera una reflexión en torno al manejo de poder a lo largo de la vida política de Julio César con la mirada puesta en la exploración de los significados del concepto de poder y su injerencia en la actitud de gobernanza sobre aquellos responsables de guiar a un pueblo, convirtiendo así en lógica cultural las decisiones de poder que se derivan de comprender las responsabilidades del poderoso de un modo particular. A la luz del recorrido que nos comparte el Mtro. Michel es que planteo mi propia reflexión en torno a la relación entre el poder y la gobernanza, pero orientada al terreno de la educación dentro de nuestras aulas universitarias a través de la materia de Conocimiento y Cultura y en la conciencia de la existencia de un pulso de inquietud política que late en nuestros alumnos en respuesta a los vaivenes un tanto convulsos, y con frecuencia desilusionantes, de nuestra democracia contemporánea; asumiendo que es en nuestras aulas universitarias en donde el profesorado puede guiar a los alumnos a reflexiones serias en torno al devenir de la democracia que detonen actitudes propositivas y constructivas para ejercer el poder desde sus respectivas actividades profesionales como miembros activos de una sociedad civil que tiene incidencia clara en el manejo tanto del poder como de la gobernanza de la sociedad a la cual servirán y de la que formarán parte activa.

Son muchas inquietudes las que afectan el ánimo de los estudiantes universitarios respecto de la democracia y el uso de poder puesto que en la actualidad nos encontramos enredados, al menos en México y quizá en carácter global, en la concepcion de democracia y en las posibles claridades en torno a las responsabilidades de aquellos que detentan el poder a través de ella. Esto ha llevado a poner nuevamente sobre la mesa, y a modo de tópico relevante, la siempre vigente pregunta ¿Quién ha de gobernar? Para poner suelo firme a este tema seguiré las reflexiones de Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, visitados de nuevo. Responder a esta pregunta no sólo ha sido intentado desde el inicio de la cultura occidental sino que ha modelado el devenir social desde entonces, de allí su tremenda importancia. Es Platón quien asienta una primera respuesta, considerada hoy como la respuesta de la concepción clásica de la democracia: el gobierno del pueblo. Pero hemos de matizar, Platón realiza el ejercicio de distinguir de entre tres posibilidades para gobernar:

1) el gobierno de un hombre bueno, la monarquía, en contraposición al gobierno de un hombre malo, la tiranía.

2) el gobierno de unos pocos hombres buenos, la aristocracia, en contraposición al gobierno de unos pocos hombres malos, la oligarquía.

3) el gobierno de los muchos, de todo el pueblo, no tiene una contraposición directa pero, y este es un gran pero, el gobierno de todos conlleva su propia contraposición de modo intrínseco: el gobierno de las masas es necesariamente problemático y conflictivo por la condición del capricho de la masa popular.

La preferencia de Platón por orden de importancia fueron: 1, 2, 3. Es decir, Platón prefiere el gobierno de un hombre bueno y deja en tercer lugar el gobierno de los muchos. Para él, la elección de ese hombre bueno debía de guiarse bajo el criterio, un tanto ingenuo quizá, el de ser «el mejor». En su defecto, «los mejores», pero, y de ninguna manera, la turba de las masas.

Los ateniences, por su parte, optaron por un camino diferente y eligieron como primera opción, los muchos, el pueblo, pero entendiendo como pueblo aquellos que fueran ciudadanos -una minoría de los habitantes de la ciudad- y no todos los habitantes. En Atenas sabían que lo relevante de la democracia, lo que le confería valor, no era en sí el gobierno del pueblo sino que era valiosa por su oposición a la tiranía, considerada más peligrosa y por ello de menor valor. No eran ingenuos, sabían también que el riesgo del voto pupular en la democracia podía investir de poderes tiránicos a un líder popular, ¿suena conocido? por lo cual la democracia no se concebía como la panacea o una joya de la gobernanza, no se trataba de que fuera una opción estupenda sino la menos dañina en comparación con las otras opciones. Sabían muy bien que el voto popular no es por defecto bueno, el voto popular puede estar equivocado y guiado por otros intereses, capricho o simplemente ignorancia y por ello mal encaminado. Así pues, constituir la democracia como mejor opción de gobernanza tiene que ver más con el intento de evitar la tiranía a toda costa más que con la suposición de ser una opción perfecta para gobernar. De este modo, podemos afirmar que la legitimidad de la democracia proviene por negación de las otras opciones a modo de un principio práctico y que es ello lo que sustenta su viabilidad a pesar de las imperfecciones y al mismo tiempo legitima moralmente la afirmación del derecho al voto popular como forma de gobernar por parte del pueblo.

El mundo romano viene a dar un giro a este principio moral, el voto popular que legitima la autoridad del gobierno. Traslada la fuerza del voto hacia el ejército, y con ello valida la fuerza física como elemento de legitimación del poder en la gobernanza. Se asumía que por aclamación, las legiones romanas legitimizaban al gobernante, caso del César. Y esto es lo que se recoge con agudeza en la reflexión de A. Michel, situada durante el período en el que las legiones romanas eran el elemento fuerte en el imperio y se sostenía la fuerza como el poder legitimizador. Su conclusión y admonición a un cambio a la herencia histórica recibida en el manejo de poder y gobernanza busca ese cambio de legitimización

«Después de los romanos, la religión del poder grupal sigue muy viva. Los grupos (desde familias hasta naciones y alianzas de naciones) se siguen uniendo por y para la «guerra»; para sobrevivir y vivir sometiendo a otros grupos humanos y apoderándose de sus bienes. Pero esta dinámica de imposición y dominio, si continúa sin freno o no termina, puede acabar con la humanidad tal y como la conocemos. Para que sea posible la supervivencia, la unión, el vínculo de vínculos, tiene que abarcar a toda la humanidad y a todo el planeta Tierra.»

Con el paso del tiempo, es también el mismo mundo romano quien buscará un cambio en ese poder legitimizador de la gobernanza debido al decaimiento de la fuerza de las legiones romanas y debilitamiento del imperio en sustentar el poder. La urgencia por legitimizar el poder la recogerá Constantino, quien lo asienta sobre un nuevo eje, pues si bien la asociación de autoridad de un César divino avalado por la fuerza aún tenía cierto poderío requería de una nueva forma de legitimización que le confiriera mayor autoridad. Y ese poder lo encontró en la visión de un dios único, el Dios del cristianismo. La condición monoteíste se ofrecía como solución para Constantino pues evitaba así las divergencias y con ello el posible aplanamiento de la pirámide de poder. De este modo, un gobernante ejercía el poder «por la gracia de Dios», el único y universal Dios. No había más fortaleza que esta postura y excluía cualquier otra opción por su condición monoteísta. Bien, pues esta ideología legitimizadora resultó todo un éxito, y se convirtió en el poder que guió todo el período de la Edad Media aunque tuvo consecuencias pues convirtió tanto en aliados como en antagonistas al mismo tiempo a quienes detentaron los poderes celestiales con quienes manejaron los poderes terrenales, finalmente rivales aunque mutuamente dependientes. De este modo, frente a la pregunta ¿Quén ha de gobernar? la respuesta fue el nuevo principio: Dios gobierna, y es ÉL quien lo hace a través de SUS representantes en la tierra.

Este nuevo giro del poder y la gobernanza persistirá durante toda la Edad Media pero se verá alterado con las guerras de la Reforma en Europa para devenir en el legítimo derecho divino de la gente a gobernarse a sí misma y que cristalizará finalmente en la Revolución Francesa. A partir de allí, el anarquismo, las propuestas de Karl Marx y otras varias propuestas no han podido desembarazarse de la persistencia en intentar responder a la pregunta sobre quién ha de gobernar. Respuestas todas ellas que han tenido mayor o menor éxito pero que tienen el común denominador de que son respuestas que han cobrado una cuota excesivamente alta en derramamiento de sangre, asunto que todas han justificado como necesario, o por lo menos como un mal menor.

camino Hasta aquí con la historia y el recorrido de la legitimización del poder en la gobernanza, ahora queda preguntarnos sobre lo que quizá, dado nuestra historia y contexto actual, debería de ser trabajado en las aulas universitarias si lo que deseamos es precisamente educar de un modo que genere la posibilidad de ofrecer alternativas a la legitimización del poder para gobernar sin que esto conlleve a un innecesario derramamiento de sangre. Es en esta lógica, que me parece meritorio y pertinente que exploremos en nuestras aulas particularmente dos elementos temáticos.

El primero, es una invitación que nos hace Popper y que consiste en trasladar la mirada del problema de la legitimización de la pregunta sobre quién ha de gobernar hacia un nuevo problema, más práctico, que puede formularse de la siguiente manera: ¿Cómo puede constituirse un Estado para que sea posible remover a un mal gobernante sin caer en la violencia y en un baño de sangre? Este cambio de mirada no resuelve, naturalmente, cual pueda ser la mejor opción para gobernar, de entre uno, pocos o muchos, pero sí puede generar un cambio de perspectiva relevante en torno al poder y su legitimización, además de ser viable como exploración por parte de individuos miembros de la sociedad y profesionales que inciden en el ejercicio de poder. Todo esto al aceptar el hecho de que hay gobiernos, y que tenemos la necesidad como sociedad de que exista un gobierno, en particular de carácter democrático dado que hemos visto históricamente que es la opción menos destructiva. Al parecer, las democracias contemporáneas se han estructurado, conciente o inconcientemente, con esta nueva visión problemática pues consideran que un gobierno puede ser modificado o cambiado por la vía del voto pupular. Sin embargo, esta nueva visión problemática no sustrae a las democracias actuales de seguir estando sujetas al problema anterior pues frente a la pregunta sobre quién ha de gobernar la respuesta automática continúa siendo -el pueblo-, atrapados aún en esa muy impráctica ideología popular que genera tantos problemas, aunque quien gobierna en realidad no es el pueblo, los individuos que conforman el grueso de la sociedad, sino el Estado. Es en esta condición que Popper pone sobre la mesa una nueva ideología cuya proposición consiste en comprender que la democracia no es «el gobierno del pueblo» sino que debiera ser «el gobierno de la ley». Esta simple idea, me parece, es sumamente rica en contenidos y posibilidades para pensar alternativas realmente viables en la vivencia social del manejo de poder y la estructura e implicaciones de la gobernanza de una sociedad. No obstante, requiere comenzar por demoler el prejuicio de la democracia como gobierno del pueblo por su irrealidad, herencia difícil de sacudir. Trasladar el problema a uno tan práctico como este no quita, por supuesto, vigencia a la pregunta original -quién ha de gobernar- que se mantiene como faro y que debe continuar siendo explorada y reflexionada, pero, mover la perspectiva por plantear un problema que sea más aprensible como lo sugiere Popper permite hacer más accesible la exploración, más técnica si así se desea, y con la ventaja de que puede ser realizada por los actores sociales mismos, incluyendo futuros profesionales, nuestros estudiantes, que pueden así sentirse más involucrados en la indagación en torno al poder y a su vez reconocer que de ellos depende en parte el encontrar nuevas soluciones.

El segundo elemento temático tiene que ver con generar en nuestras universidades el impulso de una actitud específica: el deseo de cooperación con otros miembros de la sociedad en beneficio de todos. Promover una actitud así puede resultar benéfico en términos tanto sociales como personales para los miembros de una sociedad y la intención para provocar dicha actitud tiende a buscar lograr dos metas. Por un lado, influye en el empoderamiento de los futuros profesionales para que, con ello, se conviertan en actores sociales activos que no sólo contribuyan a mantener el statu quo de la sociedad sino que, por el contrario, puedan ofrecer alternativas para transformar el ejercicio de poder imperante y quizá hasta encontrar nuevos caminos de legitimización para el uso del poder por parte de quienes detentan la gobernanza. Por otro lado, y como segunda meta, intencionar dicha actitud serviría a modo de contrapeso contra el pujante egoísmo que genera el individualismo contemporáneo y que dificulta notablemente la construcción social de modo colaborativo. Ahora bien, habilitar en la cooperación es un reto sumamente ambicioso dado el contexto de esta suerte de «aislamiento interconectado» que viven nuestros jóvenes hoy en día, y es por ello que elegir la vía de habilitación de una actitud de cooperación debe ser revisada con detalle y cuidado puesto que la pura intención de provocar el ejercicio de caridad no es suficiente para generar la necesaria satisfacción por ayudar. Esto, dado el contexto de jóvenes que, aunque muy entusiastas, se muestran como fuertemente ensimismados y quizá hasta frágiles emocionalmente y donde si se desea ayudar o contribuir a mejorar la sociedad, dada una cesión de recursos personales y tiempo asignado a ello, lo cierto es que se requiere del fortalecimiento de una actitud propositiva hacia los demás para el bien común en el que se demuestre que la inversión en tiempo y esfuerzo resulta no sólo satisfactorio y redituable sino que además genera un impacto transformador identificable con claridad y posiblemente hasta mesurable en algunos casos. Para lograr esta ambicionada actitud se pone sobre la mesa la creciente tendencia del altruísmo efectivo. Esta propuesta de Peter Singer -puede verse de modo sucintamente explicada en TED Talks– y puede sintetizarse como la búsqueda por intencionar la vivencia de nuestra condición humana desde la ética y que además ello nos implica utilizar parte de nuestros recursos personales para contribuir a la construcción de un mundo mejor (definición básica, organización). Esto resulta relevante porque puede contribuir a romper el aislamiento que, paradójicamente, vivimos en este mundo interconectado a la vez que se convierte no solamente en una visión que construye una comprensión de la naturaleza humana de un modo diferente y sólido sino que además se convierte en vía para encontrar alternativas de legitimización en el uso del poder y quizá, algún día, en propuestas de nuevas formas de gobernanza.

IMG_0441 Así pues, si deseamos incentivar la ruptura de la indiferencia colectiva frente a las necesidades sociales y al mismo tiempo queremos generar vivencias sociales que provoquen transformaciones en el uso de poder a la par que reflexiones que puedan replantear la legitimización del poder y la gobernanza, hemos de, primero, abrazar con fuerza el carácter ético como parte de nuestra identidad personal, forjar individuos íntegros, sólidos y fuertes. Hemos pues, de comenzar con la consolidación de ciertas actitudes y el fortalecimiento de ciertos contenidos temáticos y cognitivos dentro de nuestras aulas universitarias que impulsen el desarrollo de individuos que abandonen la ausencia para convertirse en presencia. Responsabilidad que parece recaer, de momento, en esas, las llamadas materias complementarias y ejes transversales de la formación profesional que, vistos en la lógica de este escrito, parecerían así alcanzar el carácter de materias preponderantes.

 

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Filosofía de emergencia para nuestros sistemas educativos

Filosofía de emergencia Es casi una contradicción de términos, cuando no una suerte de herejía, pensar siquiera en el título de esta entrada, debido a esa condición tristemente sectaria y aparentemente anquilosada en la que se ha convertido la filosofía académica de nuestros tiempos y que, por lo mismo, suele generar un pobre entusiasmo en el alumnado. Y me parece que igualmente podría llamarse Emergencia de la filosofía puesto que la intención es poner de relieve la, hoy más que nunca, necesidad de regresarle a la filosofía su origen y razón de ser.

Y es justamente ahora, cuando vivimos en un mundo volcado hacia un pragmatismo e individualismo tan acusados que la filosofía se torna en la alternativa necesaria para replantearnos como humanidad y sociedad. Y no sólo eso, sino que además, el lugar más apropiado para ser practicada es en todos los niveles de la educación escolarizada. No es ésta afirmación ninguna exageración, como veremos a continuación.

Me parece atinado decir que compartimos hoy en nuestras universidades alumnos que poseen un gran entusiasmo por salir adelante, que buscan con claridad hacerse de un modus vivendi a través de las profesiones que estudian, e incluso que muestran una gran pasión por aspectos específicos de sus profesiones que posiblemente los llevarán a ser especialistas algún día. Sin embargo, todo ese entusiasmo y toda la pasión se atoran por un par de carencias muy específicas: pensamiento crítico y habilidades de comunicación efectiva. La falta de ambas competencias es patente en nuestra sociedad actual, baste con realizar análisis del discurso en el terreno político, es de lamentar -al menos en México-. Y vemos como se van imponiendo la violencia física y verbal en la sociedad en lugar de un diálogo frente a un desacuerdo. Como si ser más apasionados en torno a una causa conllevara una mayor razón. La falta de argumentos con los que explicar y dialogar temas de tanta importancia como derechos humanos, cambio climático, racismo, violencia de género y muchos más, llevan a jóvenes y adultos por igual, a utilizar otros recursos, a denostar, radicalizar e imponer sus opiniones más por la fuerza del estómago que por la de la cabeza.

Parece que una sociedad que idealmente se abriría a la inclusión por vía de nuestras tecnologías de comunicación contemporáneas, se encamina en cambio y por la misma vía, hacia la exclusión, sectarismos y peor aún, radicalismos. La impresión que me da esto es que partimos bajo el supuesto de que teníamos una sociedad sólida y medianamente crítica y que lo que necesitábamos era el empuje de la tecnología para compartir con otras sociedades en términos de interculturalidad. Pero, más bien parece que la sociedad no sólo no era sólida sino que además pareció sufrir una cierta degradación que contrasta con el avance de nuestras tecnologías, de modo que podríamos decir que vivimos una suerte de barbarie altamente tecnificada. Lo cual, dicho sea de paso, no es muy meritorio.

No podemos soslayar el hecho de que dos de los elementos que se consideran claves para crecer y tener éxito en la vida son justamente nuestra capacidad de socializar a través de un pensamiento crítico y capacidad de comunicarnos con claridad. Y son justo estos dos elementos los que no parecen ser fortalecidos en nuestras escuelas y universidades. Andamos englorietados con teorías, muy ricas y esclarecedoras ciertamente, como que si somos homo videns, que si el alfabetismo trans-media, que si la sociedad del cansancio, que si el aprendizaje en red y una miríada de agudas reflexiones y propuestas todas ellas, eso si, con mucho sentido y pertinentes a nuestra situación actual, de eso no hay ninguna duda. Pero, y esta es la piedra en el zapato, todas ellas asumen un cierto grado de reflexión crítica y diálogo para convertirse en ideas que tengan valor a niveles tanto profesional y social como personal; y es justamente aquí donde está flaca la caballada.

Educacion humanista Y resulta que es también aquí, donde el aprendizaje de la filosofía puede contribuír más que ninguna otra disciplina a subsanar estas carencias. Es común ver en la gente un fruncir de labios con la sola palabra de filosofía, y en el imaginario de las personas aparece un sillón y una persona enfrascada en profundas lecturas y cavilaciones que lo alejan por completo de su experiencia vital, o dicho de modo menos romántico, sumida en pensamientos inútiles. Sin embargo, ese imaginario actual respecto de la filosofía no puede estar más lejos de su sentido real, que es no otro que el ejercicio de pensar la propia mente; un llevar al gimnasio esa «musculatura» que fortalece nuestra comprensiones en torno al bien y el mal, el devenir del mundo, las fuerzas que nos gobiernan y desgobiernan en cuanto que seres humanos e incluso el sentido que nos moviliza a vivir y a morir de ciertas maneras y por ciertas causas.

Y dije que la enseñanza de la filosofía se vuelve necesaria a todos los niveles de escolarización. Y no es que se trate de que chicos de primaria tengan que estudiar el imperativo categórico de Kant o la alegoría de la caverna de Platón, sino que podemos intencionar desde muy temprano dentro de nuestras aulas la condición de seres sociales, ciudadanos o miembros de una comunidad en nuestros niños, lo que Dewey apunta como sociedad embrionaria. Se trata de enseñarles a socializar sus propias preguntas y buscar respuestas, a ser Sócrates desde pequeños. Pues es sólo así, que conforme esos niños vayan creciendo y aprendiendo más de filosofía junto con sus demás materias, que la reflexión crítica se fortalecería y, desde allí, es cuando surge la necesidad de poner de relieve sus argumentos para discutir con los demás y mejorar tanto nuestras preguntas como las respuestas.

Entonces, los grandes avances técnicos en comunicación podrán quizás alcanzar un uso más vinculante entre los miembros de la sociedad y quizá lleguemos a superar esta lógica solipsista, plasmada como ejemplo en las interminables colecciones de «selfies» de alta tecnología, para tener realmente algo que decir y compartir con los demás para bien de todos.

Convertir la enseñanza de la filosofía en una línea no sólo transversal en la currícula universitaria sino más aún, en ejes básicos de toda carrera profesional sería atender a esta emergencia de la filosofía que nuestra sociedad actual parece requerir con urgencia notable. Enseñar a asombrarse y a convertir ese asombro frente a la vida y a nosotros mismos en preguntas y después en caminos de respuestas es lo que detona ese pensamiento crítico con el cual rebasamos la pura discusión técnica y que nos impulsa a depurar nuestra calidad argumentativa para ponerla en juego en la sociedad. Bien fue señalado por F. Douglass que «es más fácil hacer niños fuertes que enmendar adultos rotos».

Coincido con lo que señala Valerie Strauss en su editorial y que me inspiró a realizar este escrito, en que finalmente lo que deseamos con el fortalecimiento de la enseñanza de la filosofía en las escuelas es lograr modificar la vivencia de sociedad de como la vivimos hoy, y para eso debemos hacer que nuestros jóvenes estudiantes se conviertan en Sócrates, de otro modo terminaremos educando en las escuelas y universidades a jóvenes que serán excelentes en hacerse de un modo de vida, pero que quizá fracasen por incompetencia en ser constructores de una sociedad civil sólida que nos rescate de este estado ensimismado en el que nos regodeamos de nosotros mismos como ajenos a la sociedad en la que vivimos pero de la cual no participamos salvo con nuestros conocimientos técnicos. Dicho de otro modo, somos funcionales y útiles para mantener el statu quo de la sociedad a través de nuestras licencias profesionales pero estamos fallando en enriquecerla con nuevas posibilidades de crecimiento y cambio y, eso, sólo podrá ser cuando seamos las personas, críticas y con algo que decir, quienes tomemos el dominio de nuestras herramientas informáticas para crecer y hacer más y no que sean nuestras propias herramientas las que tengan el poder de definirnos a nosotros y nos constriñan con sus limitaciones.

 

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Para comenzar…

 Enfrentar la vida diaria, buscar los significados de lo que nos acontece o el sentido de lo que hacemos en el mundo, no es asunto menor. Lo inesperado, los planes que se ven truncados por todo tipo de acontecimientos, nuestras decisiones, buenas y malas, y todo aquello que simplemente sucede nos generan angustias, indecisiones y desconcierto. Nuestro mundo actual, tan lleno de conocimientos y técnicas, tiende a querer identificar, clasificar, analogar o definir todos los acontecimientos, sean físicos, mentales o lo que se sume en el camino. Y si bien no hay queja en cuanto a la continua búsqueda por ampliar nuestros conocimientos como humanidad, el modo de hacer esto ha generado dos grandes problemas que dificultan el acercamiento no sólo a la verdad del hombre y su mundo sino a que tantos conocimientos terminen por no ayudarnos a resolver nuestras angustias o dificulten nuestras comprensiones. Vida y conocimiento

Por un lado, existe un muy fuerte celo cognitivo que resulta singular, muy propio del siglo XX, y que tiende a compartamentalizar los conocimientos y las técnicas, un celo que se esfuerza por llevar cualquier fenómeno al propio territorio profesional y mirar cualquier acontecimiento solamente desde la óptica de las teorías de un ámbito explicativo exclusivo. Esto genera una dificultad específica: Convierte el conocimiento en botín y, quizá peor aún, en mercancía. De allí que un cúmulo de condiciones sociales obstaculicen el flujo continuo del conocimiento y que se impregne de otros conocimientos, como si su pureza fuera una virtud a resguardar. Esto nos ha llevado a construir instituciones que, literalmente, resguarden y gestionen el conocimiento. Este acaparamiento y administración del conocimiento a niveles de instituciones, educativas y profesionales, ha fomentado tanto la fraccionalización del conocimiento como su reducción a bien de consumo. Así, cuando buscamos en el conocimiento ayuda para solucionar problemas de la vida o para encontrar un apoyo con el cual tomar mejores decisiones, nos encontramos con retazos de conocimientos, guías y recetas, que hay que «adquirir» para poderlo «aplicar» y solucionar una parcela del problema que buscamos resolver. Si eso no resulta satisfactorio, entonces tenemos que contratar servicios profesionales que nos absorven y, hasta cierto punto, ofrecen veladamente soluciones posibles a todos nuestros problemas desde su amplia perspectiva profesional. Así, nos encontramos hoy en día con la desmesura de las profesiones que intentan atrapar el todo de la naturaleza humana pero encajonada en una visión teórica usualmente excluyente. Por ello, en este sitio intento desembarazarme de muchas de las restricciones metodológicas y fronteras teóricas y ustedes encontrán aquí reflexiones que buscan relacionar aspectos teóricos con aspectos de la vida humana de un modo un tanto ecléctico, sin las ataduras de los medios profesionales a quienes les pido una disculpa por no respetar siempre los límites teóricos, pero, al fin y al cabo, se trata de encontrar nuevos caminos que contribuyan a que las personas puedan encontrar medios que les permitan acercarse a sus muy particulares metas y objetivos, a encontrar finalidades, conocerse mejor o al menos a que puedan ver su preguntas, sus problemas y posibles soluciones con una nueva mirada, pretendidamente de modo más integral. Apalancarnos en la filosofía, vista como un ejercicio de reflexión en torno a nuestro mundo y nosotros mismos, puede llevarnos a distanciarnos de la vida ordinaria para incursionar en sesudas reflexiones, hondas, que inviten a una mayor y mejor comprensión. Si bien esto es en parte necesario, igualmente lo será regresar a nuestra vida con una mayor luz, una luz propia resultante de la reflexión y la inspiración que nos dejan otros para encontrar sentido en lo que hacemos y, quizá, ver con mayor claridad nuestros problemas y posibles soluciones, encaminarnos tal vez a nuevos caminos a seguir o viejos caminos a retomar pero, con mayor seguridad, mayor valor y determinación. Esto es lo que llamo filosofía práctica. Se realiza en ejercicio filosófico pero para encontrarnos y que sirva a nuestra vida.

Por otro lado, nuestro segundo problema, tiene que ver con un aspecto un tanto oscuro de algo que asumimos como muy positivo, esto es, los enormes avances en los conocimientos y técnicas científicas en torno al ámbito de la salud, asunto que abordaré en el siguiente post.