La educación humanista estéticamente orientada

Educacion humanista  Para quienes trabajamos en el medio de la educación, se ha convertido en un problema a resolver la elección de la metodología más apropiada para trabajar en el aula con los chicos de hoy. Esto tiene que ver con el reconocimiento de una de las características más llamativas que parecen tener los jóvenes actuales: una incansable búsqueda de experiencias que les hagan vivir emociones intensas. Esto ha hecho que el esfuerzo que hacemos en nuestras aulas durante el interjuego de enseñanza-aprendizaje parece querer capitalizar esta búsqueda de emociones a través de la incorporación de elementos lúdicos en las clases como vía para incitar el interés y fomentar la apropiación del conocimiento.

Este cambio en nuestras metodologías se convierte en un nuevo estado de la cuestión en la educación y se puede expresar como la generación de un movimiento educativo que se se traslada de una actitud de “veneración” intelectual del conocimiento que supone debería producir asombro y alegría a quien lo alcanzara, como pudo ser en el pasado, hacia una actitud contemporánea que estima al conocimiento de un modo diferente y en el que se reconoce la necesidad de estimulación lúdica bajo el presupuesto de que ha de impactar nuestra esfera emocional, además de la intelectual, para con ello alcanzar una apropiación del conocimiento más efectiva y significativa a través de la emoción de aprender. Este movimiento no es de ningún modo una nimiedad pues significa un completo cambio de perspectiva en el que el ejercicio educativo traslada su atención de lo puramente intelectual a lo estético. Un movimiento así ha ser mirado de modo positivo dado que abraza con más fuerza que antes el carácter humanista de la educación por la necesidad de incorporar intencionalmente una formación que puede dar un sentido más amplio al conocimiento y le imprima el carácter de bueno, bello, válido y verdadero además de sus posibilidades utilitarias.

Este cambio enfrenta dos condiciones. Una que ha venido a ser mirada como acierto y otra que genera riesgos a considerar. Comencemos con lo que causa desconfianza y se presume como riesgo. Fomentar la atención educativa en la esfera emocional de nuestros alumnos es ya una práctica común. Sin embargo, el riesgo directo es caer en enfocar el ejercicio docente, de modo excesivo, en lo puramente emocional a través de lo lúdico. Esta circunstancia puede sucederle con facilidad a los profesores por el éxito aparente que se logra en la clase dado que los alumnos realmente gozan de la lección y viven con ella emociones intensas que los llevan a apreciarla. Pero, y al mismo tiempo, una lección así no necesariamente incentiva el esfuerzo crítico para que quede claro lo que aprenden, asunto que debe también ser trabajado en clase y que por supuesto resulta menos divertido. Si le damos un carácter global a esta dificultad presente en la tendencia estética actual en la educación, nos encontramos con voces que alertan sobre consecuencias que comienzan a aparecer en las universidades, como la expresada en el artículo El estudiante eunuco de John Carlin que pongo aquí de relieve y donde sugiere que estamos alentando a nuestros alumnos a una especie de fascismo light en el que señala que Antes… los estudiantes censuraban a los que llamaban fascistas. Para bien o para mal, lo hacían a partir de un proceso de razonamiento político. Los militantes universitarios anglosajones de hoy censuran sobre la base de lo que sienten.- Esto es, la valoración de los alumnos se hace exclusivamente en una lógica emocional que asumen como si fuera argumentativamente válida, y que simplemente niega lo que les disgusta por el hecho de sentirse ofendidos, justificándose en ese “respeto a todo” que genera una especia de aura con la que se protegen de todo lo desagradable y a la que consideran un derecho. Sabemos que las políticas institucionales en las que se fomenta la apertura a la diversidad como un ejercicio de la expresión libre requiere del ejercicio crítico, y que puede y ha de enlazarse con la inteligencia emocional de los alumnos, no obstante parece terminar en la práctica como una suerte de política universitaria encaminada a –proteger “el bienestar emocional” de los estudiantes, convirtiendo los campus en “lugares seguros” donde “jóvenes adultos están protegidos contra palabras e ideas que les hagan sentirse incómodos”.-, asunto con el que, como diría la abuela, “les salió el tiro por la culata” a las instituciones puesto que parecerían fomentar, en lugar de apertura, una suerte de cultivo de jóvenes adultos mimados emocionalmente que terminan por caer en esa especie de fascismo al que alude Carlin. Esto hemos de verlo como un riesgo implicado en la necesaria pero delicada incorporación de la dimensión emocional como objetivo en la práctica educativa y que si bien en términos estéticos es necesaria para el humanismo conlleva la obligación de lograr sortear este espinozo derivativo.

Abordemos ahora el acierto, ese carácter positivo del cambio de mirada en la educación hacia una perspectiva estética. Con ella, la mirada de las instituciones educativas es hoy más amplia y más ambiciosa y, por lo mismo, se acerque más quizá a la realidad socialmente vivida al establecer vínculos más estrechos con el entorno social y sus necesidades. La escuela o universidad se convierte así en un agente que interviene en la dinámica social. Ahora bien, esta apertura del ámbito de la educación al entorno social a través de vías estéticas le ha implicado a las instituciones incorporar, utilizar y canalizar el ejercicio educativo a través de medios tecnológico contemporáneos. El uso de aplicaciones y plataformas digitales que “democratizan” la mirada estética del mundo y la sociedad ha venido a presentar un doble rostro.

Riesgo de perderse  Por un lado, este rostro democratizado del arte y del conocimiento, a ojos de los estudiosos, ha vulgarizado en extremo la percepción general del mundo al facilitar el acceso a la creación y divulgación del arte y conocimiento a través de aplicaciones y el internet, de modo que “cualquiera” alcanza la capacidad de expresar lo que se le antoje sin restricciones y con una audiencia potencialmente global. Nadie ha sido tan crítico al respecto como Umberto Eco y el sonado escándalo que generó al afirmar que han sido las redes las encargadas de propiciar una –invasión de los imbéciles– con lo que -hasta el idiota del pueblo-  puede subir información, imágenes y demás y tener así una voz en el mundo, pero que, a juicio del citado autor sería una voz trivial, desautorizada y no necesariamente válida. Aunque, en atención a la libertad de expresión y esa famosa cita de Voltaire “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”, esta democratización del internet y su consecuente vulgarización abre también la posibilidad de integrar la experiencia estética del mundo a cualquier persona, asunto que de suyo es deseable en términos humanistas puesto que fomenta la sensibilización más allá de lo utilitario e introduce esa condición de ser “tocado por las emociones” que requiere el carácter estético.

Por otro lado, las redes ponen a la mano de quien lo desee aplicaciones tipo Instagram, Twitter, Facebook y muchas otras para ensayar y divulgar ideas, imágenes y videos como medio de expresión sensible y emocional. Con ello, y dada su rapidísima adopción e integración a la vida cotidiana de las personas, se genera esa suerte de democratización del arte y conocimiento. El efecto ha sido lo que Gilles Lipovetsky apunta como una –desjerarquización de la cultura… que tiene como consecuencia haber conseguido “que el arte no permanezca envasado en los museos sino que impregne nuestro mundo común, tal y como hoy sucede”.- De este modo, se le abre la puerta a la belleza para penetrar todas nuestras actividades, sea el trabajo, el estudio, salir con la familia o la convivencia cotidiana y, de allí, ayudarnos a integrar una mirada estética del mundo y nuestra condición humana más allá de los museos y lo presuntamente bello de acuerdo a la cultura. El riesgo de esto es alienar nuestra mirada con las tendencias estéticas populares y perder la capacidad de encontrar nuestra propia mirada del mundo. Por ello, en la escuela el esfuerzo estético ha de consistir en favorecer el acto creativo puesto que no basta con sentir y emocionarse sino que el esfuerzo ha de ser también el de generar. Es por eso que Lipovetsky afirma que –la batalla humanista hoy está en la lucha por la calidad.- En ese sentido, si bien nuestras metodologías en educación buscan incorporar las dimensiones sensibles y emotivas a las puramente intelectivas, el uso de las bondades de las redes e internet, nuestros gadgets y sus aplicaciones permiten convertir nuestra dimensión imaginativa en un crisol donde la intelección, sensibilidad y emoción se fusionen para motivarnos a la creación. Es sin duda ambicioso un proyecto de tal naturaleza pero ciertamente atractivo y potencialmente poderoso como trampolín para una educación humanista.

Humanismo integral  Trasladar la mirada educativa de lo puramente intelectivo a lo estético implica entonces un esfuerzo notable que, de momento, obliga a todo docente a cambiar, a renovarse a sí mismo, a poder ampliar la propia mirada más allá de su especialidad e incorporar el ejercicio creativo en un carácter no sólo multidisciplinar sino que, cuestión de crucial importancia, que lo lleve a mostrarse como humano, sensible y emotivo, y con una particular mirada sobre el mundo y los demás. Su experiencia vital, profesional y humana se convierten en sus mejores herramientas para mostrarse a sus alumnos con transparencia, no como un empolvado erudito que se maneja distante de sus alumnos sino como una persona que se compromete con ellos, que se emociona al buscar soluciones en el entorno donde se desenvuelve y para quien las acciones creativas ayudan a fortalecer el sentido de la vida humana. En suma, la calidad humanista se expresa necesariamente de modo estético por su capacidad para integrar la enorme complejidad de la naturaleza humana y su capacidad de involucramiento con la vida y los demás.

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La educación humanista estéticamente orientada por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.