El sentido del final de nuestra vida

vida Desde que nacemos nos encaminamos sin escapatoria hacia nuestro final. Pareciera esto un destino amargo, tener que atravesar por eso que llamamos nuestra vida y que contiene de modo inevitable su buena carga de sufrimiento para que, al final, nos convirtamos en una historia de vida que desaparece lentamente en la memoria y el recuerdo de los demás. La vida está, sin embargo, llena también de encuentros fabulosos, eso es indudablemente cierto, pero de igual modo contiene sus desencuentros y despedidas. Y estas pérdidas se hacen irremediablemente más frecuentes conforme avanzamos en edad. Pocas cosas ensombrecen tanto nuestros encuentros como saber que eventualmente nos despediremos. Y no es que haya un por qué o un para qué de tanta rudeza y dolor en la vida, es simple y llanamente así nos guste o no.

Sin embargo, y a pesar de lo desconcertante de nuestra situación de vida, contamos con sólo dos caminos a elegir cuando intentamos aproximarnos a la verdad desnuda de la vida humana, así, cara a cara, y nos preguntamos por el sentido que puede tener nuestra vida dado el hecho de nuestra caducidad.

Por un lado, y para poder conferirle algún sentido a nuestra vida, podemos elegir intentar negar nuestro destino y luchar para aumentar nuestra fortaleza frente a la vida, con la quizá soñadora esperanza de vencerla. Pero, para qué desearíamos vencer a la vida si no hemos sido capaces de asignarle un sentido a nuestra estancia aquí. Es decir, cuál es el caso de simplemente “permanecer” e irnos llenando de experiencias así como se llena un contenedor si no le atribuimos un sentido a nuestro tránsito por la vida. Me parece que sería un verdadero infierno de sufrimiento y aburrimiento que nos iría socavando el espíritu hasta alcanzar un estado de completa indiferencia vital tanto para el mundo como de nosotros mismos, un abandono al amor por la vitalidad que implica un cierto riesgo. Las caprichosas aspiraciones de inmortalidad que tenemos no parecen reflejar un deseo de movimiento y continuidad, el cambio constante, sino que parecen expresar el terror que sentimos al caer en cuenta de que tenemos fecha de caducidad y de allí es que nace el deseo de “congelar” el movimiento de la vida para continuar aquí, permanecer, así porque si, aún sin propósito, lo cual lleva al estancamiento y la inmovilidad. Con este camino no veo la manera de escapar de la vulgarización y trivialización de la propia vida por el miedo a morir, la caída en la desesperanza y la desolación de la muerte en vida.

Por otro lado, la segunda opción que tenemos para enfrentar nuestra caducidad es aceptar la fragilidad inherente que conlleva el estar vivos y que tenemos por ser seres humanos. Afirmar que la fragilidad es quizá el mejor camino para darle sentido a nuestra vida y en contraposición a la fortaleza, parecería un absurdo cuando es mirado desde el imaginario contemporáneo de nuestras aspiraciones y ese vanidoso valor autoasignado, que algunos confunden con la autoestima. Sin embargo, es posible pensar que la fragilidad se termina por convertir en nuestra mayor fortaleza cuando se traduce en el impulso de nuestro movimiento vital. Es la necesidad generada desde nuestra fragilidad la que nos moviliza y nos mantiene vigentes no sólo como seres vivos sino también como humanos que se miran distintos a quienes carecen de sueños. Esto es, precisamente porque somos concientes de ser tan frágiles y nos resulta tan abrumador oponernos al mundo para continuar vivos y porque queremos develarnos al modo en el que nos hemos soñado, es que nos descubrimos como seres que hacen nacer la esperanza dentro de si. Aún si se trata de la esperanza de los bobos, es tan fuerte ese empuje que nos motiva a enfrentar hasta lo racionalmente imposible. Y resulta que es justamente ahí donde encontramos nuestro valor, el sentido de nuestra vida y la puerta a nuestras propuestas de espiritualidad. Saber que nuestro recorrido en la vida tendrá fin nos impulsa hacia lo vital, al movimiento y a postularnos a nosotros mismos de un modo determinado.

Racionalizar nuestra caducidad, como lo han hecho grandes autores, ofrece algunas claridades sin duda, pero esa claridad no alivia el dolor de nuestra fragilidad. Tal vez, y sólo tal vez, sea la poesía la que revela con más éxito nuestra deseo de vida y de lo que oculta esa añoranza de paz que habita en nosotros.

Fragilidad

¿Quién dijo que la vida es frágil?
Más bien la fragilidad, como las trepadoras,
se enraiza en el tronco de la muerte,
vive de ella
se alimenta de su sábila
hasta el punto de dejarla inmóvil,
estática
condenada a contemplar la vida.
Lo humano, que se cree un simple espectador de esta escena,
se convierte, sin darse cuenta, en un campo de batalla
en donde la vida se reproduce a sí misma,
en donde la muerte lucha por mantenerse muerte
abrazada hasta la asfixia.
Sin más, la vida reclama para sí lo humano
mientras que lo humano
secretamente anhela algo más
quizá por ello, y a hurtadillas como un roedor,
de a poco, troza las guías de la fragilidad
aunque se contamine por su esencia.
Pobre humano, infectado hasta la médula
por la fragilidad, se entiende al fin
como lo que es:
un arrebato de vida
un anhelo de muerte.
Pero… no fueron la vida, la muerte
o la fragilidad quienes lo hicieron ser
lo que es.
El amor, tal vez… de ser así
no habrá descanso
hasta fundirse con él en un abrazo
y, más allá de la vida, la muerte y la fragilidad
se convertirá en el rabillo de esperanza
que se cuela en todo suspiro.
Y… mientras la vida reclama lo humano,
lo humano no se conforma con la vida
quiere acaso tocar lo divino
quiere acaso saber que lo humano
nunca muere.
Y… mientras lo humano reclama para sí la muerte,
ve en la fragilidad la posibilidad de reencontrarse
con quien despertó lo humano en él.
                                                                       -Marcel Salles-
 Sin importar la dirección de nuestros pasos, caminamos hacia nuestra muerte, eso es un hecho. Y aunque aceptemos que nos inclinamos a rechazar la muerte porque nos gana el hambre de experiencias vitales, lo cierto es que serán estas experiencias las que nos irán consumiendo a nosotros hasta no dejar ni los huesos. Conforme el tiempo avanza y la vida nos ofrece el mundo, al mismo tiempo nos devora. Es aquí donde nuestra fragilidad se hace más notoria, cuando nuestra muerte se hace presente en cada latido con una promesa de paz en medio de la explosión vital. Es entonces que nuestra fragilidad hace que nos preguntemos por la meta de la esperanza, pues deseamos vivir pero queremos también alcanzar la paz. No puedo imaginar el valor de la vida sin necesidad de la muerte. La vida exige su muerte, de otro modo no cabrían siquiera las valoraciones en torno a la fragilidad o a la vida y, con ello, se esfumaría la posibilidad de otorgarle cualquier sentido a nuestra vida. Es pues el sabernos con fecha de expiración y en condiciones de fragilidad lo que, finalmente, nos pone en el umbral de poder soñar en alcanzar un estado en el que seamos capaces de recordar y quizá revivir en paz lo recorrido en la vida, vernos esperanzados en…

 

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El sentido del final de nuestra vida por Marcel Salles Mora se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional.